La música de El Último de la Fila al principio te llama la atención, te parece diferente a todo, no sabes si realmente te está gustando, pero cada vez te parece más bueno
Escribo estas líneas pocas horas antes de encontrarme con El Último de la Fila. Junto con otros cuantos miles de personas, cierto, pero con la música y los artistas que una ha escuchado a solas en su habitación se tiene una relación personal, intransferible e incomparable. Manolo García y Quimi Portet, con 70 y 68 años respectivamente, vuelven a subirse juntos a un escenario, como no lo hacían desde que tenían 40 y 38, hace 30 años.
Yo tenía 16 cuando conecté con algo de su música que, como no soy crítica musical, me voy a permitir describir como un paisaje al principio extraño y persistente. Singular. Algo a lo que, canción tras canción, uno se vuelve adicto. Como hablamos de los sentidos, mi cabeza -y sus recorridos poco disciplinados- me han llevado hasta la pasta en salsa veneciana de cebolla dulce y anchoas que preparan los hermanos Colombo en su restaurante Xemei, en Barcelona. Es lo mismo. Al principio te llama la atención, te parece diferente a todo, no sabes si realmente te está gustando pero no lo dejas porque el plato está ahí, la música está sonando, y cada vez te parece más bueno, y sabroso, hasta que simplemente te encanta y solo quieres más.
Es bonito cuando algo es distinto y no encaja del todo con nada. Es bonito porque ocupa un lugar propio, esquiva las comparaciones y la indiferencia se le resiste. El Último de la Fila o te gusta mucho o eres de los que no entiende cómo puede gustar tanto a algunos. Eso es mil veces mejor que ser corriente.
En su momento, el grupo no respondía demasiado a lo que se escuchaba. Ni en la manera de sonar, pero tampoco en la manera de estar en el escenario y en las portadas. No había exhibición, creo que es más bien lo contrario. Como si el centro no fueran ellos, Manolo y Quimi, sino que fuera lo que pasa entre la canción y los que escuchan. Tuvieron una manera singular de estar en el mundo de la música.
Dentro de unas horas iré a su encuentro. Hace 30 años apenas había ido a algún concierto con mis padres (el de Madonna en 1990, con apenas 10 años, merece un artículo aparte) así que va a ser mi primera y última vez con El Último. Estoy un poco nerviosa. No sé si sonaran igual. Supongo que también debe ser algo que les preocupe a ellos. Aunque, en realidad, tampoco importa demasiado. Hay cosas a las que volvemos solo para comprobar si aún nos dicen algo.
Fuente: Agnès Marquès – El Periódico de Catalunya – La singularidad

