MG: Crónica Teatro de la Axerquía. Córdoba, 22-06-12

¿El décimo, el undécimo tal vez? Vale, dejémoslo en el enésimo… y los que nos queden. Sí, cuando uno es fiel a un artista, a una trayectoria y a unas canciones que le han acompañado durante casi la mitad de su vida, ya ni cuenta los conciertos que ha tenido la oportunidad (y el gustazo) de disfrutar desde que, hace casi treinta años (se admiten comentarios respecto a la edad de este cronista, siempre que sean benévolos), una de las carreras musicales más ricas, completas y coherentes del pop-rock de este bendito país echaba a andar. Entonces, cuando la década de los ochenta en España, como casi todo, era diferente a la del resto del mundo, dos músicos llamados Quimi Portet y Manuel García, tan humildes como valiosos, unían fuerzas y proyectos para dar luz a El Último de la Fila, y a partir de ahí todo fue creciendo hasta hacerse grande, enorme podríamos decir. Precisamente porque la bola del éxito y el agotamiento de una fórmula con un final anticipado propiciaban el cambio de aires y, en el caso del primero, de planteamientos artísticos. Los objetivos iniciales eran otros, y no iban más allá del placer de parir canciones, grabarlas y presentarlas ante una audiencia más o menos entregada, pero el barco necesitaba cada vez más camarotes, una tripulación dedicada full-time a sus timoneles y un perjuicio de la calidad artística por la que no estaban dispuestos a pasar. Sin embargo, esas canciones, muchas de ellas redondas e imprescindibles en el imaginario pop de siempre, aún perduran en nuestra memoria, imborrables y evocadoras, y es totalmente legítimo que quien las coescribió en su día se apropie ahora de una nueva piel que las envuelve sin restarles ni un ápice de emoción.

Que a Manolo García siempre se le puede pedir más cuando se mete en el estudio es algo que la mayoría de sus seguidores deberían entender, por mucho que les ciegue su desmesurado poder de convocatoria o la carga poética (ripiosa, para sus detractores) de la mayoría de sus letras. Por algo es un músico de los pies a la cabeza, de los de vocación y dedicación plena, que está en esto por puro amor al arte y que además tuvo la suerte del reconocimiento público y económico; pero también es igualmente cierto que siempre ha hecho lo que sabe hacer, y muy bien por otra parte, con un nivel máximo de autoexigencia y siempre consciente de que a estas alturas tampoco se va a dedicar a grabar arias de ópera ni nada por el estilo. El riesgo queda para otros a los que no les asusta salir mal parados, aunque dudo que un artista de sus características quedara en mal lugar si intentara sacar los pies del tiesto alguna vez.

A eso se dedica en cuerpo y alma, recién salido de una operación nada complicada pero que requirió el necesario periodo de recuperación, y a eso fueron convocadas las casi cuatro mil almas que, como aquella noche de hace muchos años que recordaba desde el escenario, abarrotaron el recinto donde este catalán de nacimiento y manchego de adopción (su querencia por el sur de España y su pasión por Andalucía en general y Córdoba en particular es algo que, sin una razón explícita, también lleva incluido en los genes) repasó las canciones de su más reciente entrega, ‘Los días intactos’, más inundada de electricidad que de costumbre y grabada en Los Angeles, con genios como Waddy Wachtel (lugarteniente de Bob Dylan durante una larga etapa de su carrera), Leland Sklar o Kenny Aronoff en los míticos estudios Ocean Way, al calor de la misma mesa de mezclas que alumbró discos de Michael Jackson, Green Day, Radiohead, Eric Clapton o los mismísimos Rolling Stones. Otra cosa no, pero clase no le falta al individuo. ‘Un año y otro año’, ‘Todos amamos desesperadamente’ (una de las mejores canciones que ha grabado jamás), ‘Estoy alegre’, ‘Lo quiero todo’, ‘Sombra de la sombra de tu sombrero’, ‘Estamos ahí’, ‘Compasión y silencio’ (primera aparición de la bailarina, más bien contorsionista, Marta Fernández) y sobre todo ‘Un alma de papel’ y el tema que eligió para presentar el álbum, ‘Un giro teatral’, (re)conquistaron a un público que en ningún momento echó de menos la parte más “tradicional” de su repertorio, la que juguetea con los palos flamencos con el respeto y la distancia de un aficionado ejemplar e incluye cuerdas e instrumentos exóticos que adornan unas historias de amor, sueños e incluso utopías personales que en su voz se transforman en universales.

Al margen de triunfos y baños de multitudes, que los hay en cada uno de sus conciertos, y de forma literal (desde el escenario a lo más alto del teatro, suele recorrerse el graderío, la platea, las barras laterales y lo que encuentre a su paso con tal de sentirse cercano a su gente, como ya contamos en nuestra anterior crónica), también ofrece rock and roll de primera mano en ‘Somos levedad’ (impresionante solo de guitarra a cargo del director de la banda, el gran Ricardo Marín) y ‘A San Fernando, un ratito a pie y otro caminando’, para cerrar la primera parte del show y ponérselo difícil a sí mismo para superarse en la siguiente, algo que consigue al situarse ‘Sobre el oscuro abismo en que te meces’ y dejar al respetable de nuevo con ganas de más; y puro compás por rumbas en las remozadas ‘Aviones plateados’ (otra canción imprescindible) ‘La sombra de una palmera’ y la inesperada revisión de ‘En el batir de los mares’, otro de esos temas camuflados entre los surcos de discos que sólo los que suelen estar muy atentos, es decir, escucharlos de pe a pa, apreciarán en su justa medida. Valiente el gesto de cerrar el concierto justo como empezó, con el mismo decorado e idéntico recogimiento, y eso que no hemos hablado de la impresionante versión sólo a piano y voz de ‘Disneylandia’, el país al que quería viajar a lomos de Los Burros cuando era casi un advenedizo en un terreno en el que ahora se mueve como pez en el agua. Ni de la nueva ‘Insurrección’, cuya única pega sería la innecesaria intro con la voz del ubicuo Marín, que poco o nada aporta a un tema sencillamente perfecto que no quiere ni debe dejar de cantar nunca. Como la ranchera final, un género que tendría en él a un intérprete más que digno y que hace que su garganta siga brillando después de tantos años de combate. Y a los que sigan buscando el porqué de una lírica tan ornamental o de un minutaje tan extenso, un consejo: paren de hacerse preguntas y déjense llevar… o mejor no, así tendremos más espacio los que sabemos leer entre líneas. Una vez más, a sus pies, maestro.

Set list:
1. Disneylandia
2. La sombra de una palmera
3. Aviones plateados
4. Los ángeles no tienen hélices
5. Un alma de papel
6. Malva
7. A veces se enciende
8. Para que no se duerman mis sentidos
9. Sabrás que andar es un sencillo vaivén
10. Todos amamos desesperadamente
11. Compasión y silencio
12. Sin que sepas de mí
13. Sombra de la sombra de tu sombrero
14. Estoy alegre
15. Estamos ahí
16. Nunca el tiempo es perdido
17. Un giro teatral
18. Un año y otro año
19. Somos levedad
20. A San Fernando, un ratito a pie y otro caminando

Bis 1:
21. Cabalgar la eternidad
22. Zapatero
23. Lo quiero todo
24. Prefiero el trapecio
25. Sobre el oscuro abismo en que te meces

Bis 2:
26. Insurrección
27. No estés triste
28. Pájaros de barro
29. En el batir de los mares
30. Cuando yo quiera has de volver

Fuente: Alquimia Sonora – ENLACE

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