MG: ‘Para mí sería un tostón contar las vicisitudes de mi vida de microbio’

‘Qué les doy a mis fieles? Canciones y respeto, por ese orden’

‘Tengo tecnofobia. Soy muy cauteloso con la carrera, con la prisa…’

‘No comulgo con que cada seis meses haya que cambiar el ipad, el ipod…’

‘Ante los problemas graves hay que mover el corazón y el cerebro’

‘Soy de los de morir con las botas puestas. Hay que sacar pecho’

Él cuenta con seguidores fieles, de esos que no renunciarían a sus versos ni a una entrada para sus conciertos. Manolo García (Barcelona, 1956) lleva sobre sus espaldas una larga carrera que le gusta tomarse sin prisas, como sus canciones. Hablamos con él antes de que encadene nada menos que seis fechas en el Palacio de Congresos del Campo de las Naciones y cuando acaba de clausurar una exposición con sus pinturas. La música no es su única pasión. La otra, la de los pinceles, está casi a la misma altura.

“Yo trabajo en una pequeña habitación en donde tengo todos los cachivaches juntos: el caballete, una mesa, los libros, las tizas, ceras, óleos y un amplificador, un par de guitarras, una grabadora… y es mi mundo, donde yo ejerzo de reyezuelo, de déspota conmigo mismo, donde me doy prebendas o me recorto. Donde me aíslo pero a la vez me doy libertad”, explica junto a sus obras, entre las que está el dibujo que ilustra la cubierta de su último disco, ‘Los días intactos’: una vaca que lame la zanahoria que ve en una pantalla televisiva. Junto al álbum también ha publicado un libro, ‘El fruto de la rama más alta’, en el que une a sus dos amores.

“Desde muy jovencito, he tenido la necesidad de dibujar, de invocar a mis pequeños dioses, de alejar sombras, de acudir a una llamada interior, de llenar momentos… y la pintura es una manera estupenda”, revela, del mismo modo que para él es una obligación componer canciones. Confiesa, eso sí, que en ocasiones le asusta saber que sus estrofas significan tanto para tanta gente: “A veces me siento un poco bloqueado. Me dejo llevar por una intuición, por una percepción, por una emotividad, por una pasión por la vida, y lo único que hago es intentar comunicarme con mis congéneres. No quiero ser trascendente, tampoco lo pretendo. Sólo intento ser feliz, como todo hijo de vecino”.

Y feliz le hace ese comunicar, ese transmitir a otros. “A mí esas frases me llegan, no las medito profundamente, soy bastante alocado. Me levanto por la mañana y me pongo a tocar o a escribir o a pintar y entro en mi pequeño mundo de tranquilidad. Pensar que eso puede llegar a otros, pues evidentemente me da alegría”.

Un ‘tecnófobo’ declarado

Pero, sin la cadena de transmisión de una melodía, elige las distancias cortas más que las nuevas tecnologías. Cree que ese afán por estar conectados las 24 horas roba “lo más sagrado: el tiempo y la libertad”, sin dejar de reconocer que es un ‘tecnófobo’ declarado. “Es algo innato. Yo soy muy cauteloso con la carrera, con la prisa, con avanzar, con el progreso, adelante, adelante, adelante… Detrás del tema tecnológico veo un consumismo voraz. No acabo de comulgar con la idea de que cada seis meses haya que cambiar el ipad, el ipod, el ‘nosequé’, el ‘nosecuántos’. Esa es la parte que provoca en mí esa ‘tecnofobia'”.

“Para mí sería un tostón tener que estar cada día contando todas las pequeñas vicisitudes o miserias de mi vida de microbio. No tienen ninguna importancia. Prefiero hablar de cosas inapetentes con el camarero del bar de mi barrio, que igual conozco desde hace 15 años”, asegura en referencia a las redes sociales. Su relación con Internet es un pelín más fluida que antaño. Reconoce que igual que Gutemberg acabó con los amanuenses, hay que adaptarse a los nuevos tiempos.

Pero no perdona que la industria musical no se haya unido para sobrevivir: “El ser humano avanza y no puede estarse quieto… avanzamos como una zarabanda, lo digo en una canción. Lo que me ha sorprendido es que la industria no haya sido capaz de aunar fuerzas y defenderse de la injusticia. Tener que echar a la calle a miles de personas sólo en España. Que no haya tenido la capacidad de haber dicho ‘muy bien, si queréis tener la música para vuestros ordenadores, los dueños de todo esto somos nosotros, tenemos que hablarlo’. No que hayan pasado por encima”.

Cambios y más cambios que también observa en la sociedad que nos rodea. Agradece que la crisis, el tener que conformarse con menos, nos haya ayudado a relativizar problemas que realmente no eran tales. Pero, ante las dificultades de verdad, su receta es clara: “Actuar y trabajar. Hay que intentar no quedarse pasmado ni tan dolido que eso te paralice. Hay que mover el corazón, mover el cerebro, mover el ánimo”.

Pero, ¿no habría una razón por la que tirara la toalla? “Yo soy de los de morir con las botas puestas. Ante las adversidades hay que sacar pecho. Creo que hay que pelear. Puede sentirte paralizado por una situación de ‘shock’, como todo el mundo, pero hay que avanzar. En el sentido de procurar dar lo mejor de ti a los demás, dejar de pensar en uno. A lo largo del tiempo, he visto que los que mejor están en este planeta son los que se olvidan de sí mismos y se dan a los demás”. ¿Y que le da a sus seguidores para que sean tan fieles? “Canciones y respeto, por ese orden”.

Seis conciertos en el Palacio Municipal de Congresos del Campo de las Naciones: 13, 14, 19, 20, 26 y 27 de abril. Entradas agotadas

Fuente: El Mundo – ENLACE

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