Manolo García: “Nos hemos olvidado de estar a solas con nosotros mismos”

El músico, que este año ha girado con El Último de la Fila, inaugura en la Fundación Cajasol una exposición de su pintura, en la que aborda sus inquietudes sociales desde el color y la esperanza.

Después de una gira triunfal que suponía el esperado reencuentro de El Último de la Fila, una reunión de la que dará testimonio un disco que ya se puede adquirir en preventa, Manolo García (Barcelona, 1955) regresa a Sevilla “no como músico, sino como pintor”, para inaugurar Atizar lumbre interior, una exposición que puede verse en la Fundación Cajasol hasta el 28 de octubre y en la que el creador de canciones memorables como Pájaros de barro o Nunca el tiempo es perdido comparte con el público su personal y comprometida obra plástica.

Una vocación en la que García filtra sus inquietudes sociales a través del color, y con la que encuentra el recogimiento y el encuentro consigo mismo que necesita tras los grandes auditorios que visita como músico. “En los directos tú das una energía y recibes muchísimo calor del público, de miles de personas, lo que provoca muchísima alegría pero también es agotador. Y pintar es mi forma de apaciguar ese oleaje”, reconoce el artista, que entiende que “gente que empieza y se embarca en giras potentes acaba deprimida o con pánico escénico. Es una exposición brutal, aunque tú la hayas elegido. Por eso hay que mantenerse pegado al suelo, para que el porrazo, si te caes, sea más suave”.

Situarse a solas ante un lienzo, en esa quietud, manifiesta García, le recuerda a otros tiempos “en los que las personas estaban más consigo mismas y con los seres queridos y los vecinos. Los paseos por las ciudades y los pueblos eran más silenciosos: se oía el martillo del herrero sobre un yunque, la risa de los niños, los juegos en las calles”. Pero hoy, por el contrario, “nos hemos olvidado de eso, estamos saturados de publicidad y de ruido. Tenemos música a todas horas, en todos sitios, como si nos diera miedo nuestra intimidad, no quisiéramos enfrentarnos a lo que somos realmente”. Porque “el corazón no está en internet, y las luchas importantes no se llevan ahí, sino en las calles, en la vida”.

En una sociedad donde “las piezas del puzle son malas”, reivindica, la cultura, “la música, el arte, el teatro, los libros son un balón de oxígeno, y las ideas de pensadores que han atravesado los siglos nos dejan una enseñanza para que la tengamos en cuenta”.

García ubica cuándo arrancaron sus inquietudes artísticas. “El pintor nació con 14 años”, precisa, sobre una edad en la que recuerda un caballete que aguardaba expuesto en una tienda a que alguien lo comprara. “En esa época no había tecnologías y lo analógico, lo manual, imperaba, nos daba alegrías, nos hacía avanzar en la vida”, evoca el intérprete y compositor. “Yo me empeñé en tener ese caballete. Y mi madre lo compró con gran esfuerzo y a hurtadillas de mi padre, que era un obrero, un peón, un trabajador que no quería historias de hippies ni de melenudos”. Medio siglo después de aquello, repara en su fortuna: “Yo empecé a trabajar muy pronto, pero siendo un chaval pensé en dedicarme a la música y la pintura, y los dioses me han ayudado. Con la edad, cada día pinto más”.

Una de las salas de la exposición.
Una de las salas de la exposición. / Antonio Pizarro

El catalán conserva aquel primer cuadro de la adolescencia, que hoy juzga “espantoso”, pero de la mano de aquella pintura, cuenta el creador, llegó el júbilo. “Estoy feliz, que es lo más importante de la vida. Si la felicidad se entiende como estar en calma, abstraerse, atizar ese fuego interior que todos llevamos dentro, yo lo estoy”, dice García, que en la última gira tuvo como costumbre, antes de enfrentarse a los intensos directos con los que deleita al público, “sentarme en la mesa de la habitación de hotel y dibujar. La gente me pregunta si no me pongo nervioso antes de actuar, pero no: yo dibujaba, yo cogía un lápiz y una goma de borrar, y a mí se me olvidaba el mundo”. Una actividad que no ha decaído en estos días: horas antes de la inauguración de la muestra, el autor estuvo perfilando nuevos esbozos en sustitución de unas obras sobre papel que habían quedado olvidadas en Barcelona.

El músico cree que “todos queremos la pasión de la vida, y la pasión de la vida está en mis cuadros, en las canciones, en el paisaje”. En su charla volverá varias veces a una idea: ante el dolor del mundo, el cromatismo ayuda. “Las cosas están feas, pero hay que rebelarse, hay que ponerles color. Quieren que estemos agachados, y reír es levantar la cabeza”, sostiene el cantautor.

“Las cosas están feas, pero hay que rebelarse, hay que ponerles color», defiende el artista

Esa defensa de la dicha no es precisamente consecuencia de la ingenuidad: a Manolo García le pesa el mundo. “Siento dolor cuando veo un paisaje mancillado, asco cuando veo asfalto, asfalto, asfalto, antenas y cables de alta tensión. El hombre ha creado un camino engañoso para avanzar, en una dirección que no sabemos adónde nos llevará”, lamenta.

Pero Manolo García, que no se esconde en sus cuadros y al que se le escapa “la conciencia social” en sus pinceladas, quiere permitirse la esperanza. La encuentra “en la gente que está acampada por la vivienda, que rema en la dirección correcta”, opina un ciudadano que en su pintura habla de “la necesidad de que las personas nos tratemos como seres humanos, todos, no digamos ya en las partes más desprotegidas del planeta. Todos sabemos que un solo hombre no puede cambiar el mundo, pero en mi obra está la pregunta de si podemos salvarnos y yo quiero pensar que sí, porque hay que tener fe”.

La naturaleza, la “advertencia” que está lanzando con riadas y otras catástrofes, preocupa al cantante. “Cuando acabo un concierto, una gira, no me voy de vacaciones al Caribe, no me monto en un yate con mis amigos y me tomo una caipiriña, sino que me voy a pasear al bosque”, revela el cantante. “Cuando me bajo del escenario yo me voy a la pradera a coger piedras. Me gusta pintarlas. Quiero pensar que las piedras tienen vida, tienen rostro. En otro tiempo, en un mundo prístino, con la naturaleza impoluta, con los ríos y los mares tal como los crearan los dioses, era diferente, pero hoy nos es muy importante la cultura, es la única poesía que nos queda”.

En su obra pictórica, intuitiva y aventurada, García admite una deuda con el surrealismo, que “siempre” le ha “subyugado”. “Antes, en otras épocas”, argumenta, “el arte era un privilegio de las élites, y por ejemplo era la Iglesia quien contaba la historia con la pintura religiosa. Pero hoy el arte ya es de todos. Yo vengo del cómic, de los grafiteros, que en la Barcelona de los años 70 tenían mucha importancia”, expone, antes de recordar un gesto de generosidad que tuvo Ouka Lele cuando García y sus compañeros empezaban. “Queríamos una fotografía suya como portada de un disco. Le dijimos que no teníamos mucho dinero, que cuánto nos cobraba, y ella se ofreció a regalárnosla. De gente así hemos aprendido como esponjas, y ahora somos nosotros quienes damos nuestra visión del mundo”.

El ex integrante de bandas como Los Rápidos y Los Burros se despide hablando de la gira que le ha reunido con Quimi Portet de nuevo, tras casi 30 años de la separación de El Último de la Fila. “Nosotros nos seguíamos viendo, porque la amistad nunca la perdimos, y un día nos dijimos que volver podía estar bien. La noticia, para nosotros, ha sido descubrir que las canciones siguen vigentes, que han pervivido a lo largo de estas décadas y que aún ocupan un hueco en el corazón de la gente”.

Fuente – Diario de Sevilla – Manolo García: “Nos hemos olvidado de estar a solas con nosotros mismos” – Foto Antonio Pizarro