El Último de la Fila actúa mañana en el estadio La Cartuja con Manolo García y Quimi Portet al frente de una gira que recupera sus canciones sin convertirlas en nostalgia
«Nos metimos en la música para desobedecer», afirman
l Último de la Fila viene mañana al Estadio de la Cartuja con algo más que un regreso. Manolo García y Quimi Portet han reabierto una historia que parecía cerrada desde hacía décadas, pero que el tiempo, lejos de desgastar, ha ido agrandando en la memoria de varias generaciones. La gira recupera aquellas canciones en su forma más reconocible, con buena parte de la banda histórica y una producción pensada para grandes recintos. Antes de ese reencuentro sevillano atienden a este periódico con la misma mezcla de lucidez, ironía y complicidad que siempre sostuvo a la banda. Son dos músicos muy distintos que, juntos, siguen pareciéndose solo a aquello que inventaron.
Pregunta.-Cuando grabaron ustedes Desbarajuste piramidal, releyendo aquellas 24 canciones, ¿descubrieron primero que seguían vivas las canciones o que seguía vivo el grupo?
Respuesta.-(Portet) Creo que ambas cosas. Primero, quizá, las canciones. Pecamos de optimistas, pero las consideramos vigentes en ese momento y las releímos. Obviamente no tenía ningún sentido ir al estudio y grabarlas exactamente igual que las habíamos grabado. Pero lo pasamos realmente bien con Manolo. Nos dedicamos bastante tiempo a esos temas, a los textos y a las músicas. Revisamos canciones que eran rápidas y las hicimos lentas; otras que eran lentas, las hicimos rápidas. Algunas quedaron irreconocibles. Lo pasamos muy bien y de ahí surgió un poco el germen de este proyecto actual. Ahora estamos totalmente al revés. Estamos yendo a las versiones más primitivas de cada uno de los temas. Buscamos en Enemigos de lo ajeno, en la primera edición, a ver cómo era aquello, e intentamos hacer eso.
P.-Durante años parecía que El Último de la Fila pertenecía a ese territorio intocable de las cosas que fueron tan felices que era mejor no tocarlas. ¿En qué momento dejó de dar miedo volver al lugar donde fueron ustedes felices?
R.-(Portet) Hay una frase que dice que a los sitios donde has sido feliz hay que volver siempre que puedas. (García) Hemos sido atrevidos y nos ha salido bien. Yo digo que el mundo es de los valientes, y hemos sido valientes. Para un músico volver a tocar siempre es atractivo, y más cuando tienes un buen recuerdo. Luego, además, percibes que el público también está deseoso. La gente te lo dice de una manera muy sencilla, por la calle: “Qué bonito sería que volvierais”. Todas esas razones sumadas dan este resultado: vamos a tocar de nuevo, vamos a pasarlo bien, y está saliendo bien. Por suerte, la gente lo está pasando también muy bien. Se trabaja mucho mejor que en aquellas épocas en cuestiones técnicas, de sonido, de luces. Todo es mucho más sofisticado y eso nos proporciona un resultado de más calidad sonora. Las canciones, por suerte para el grupo, han pervivido en el tiempo. Han pasado de padres a hijos. Eso es palpable y cierto. Estamos disfrutando y aprovechando esa situación que los cielos nos han regalado.
El Último de la Fila está por encima de Manolo y de Quimi»
P.-La risa es la prueba de que algo sigue vivo. La risa entre ustedes ha debido ser más importante que la nostalgia para decidir esta gira…
R.-(Portet) Creo que la nostalgia se acabó en el momento en que la lista de canciones estuvo acabada. En cuanto empiezan los ensayos, la nostalgia se acaba. Por supuesto que puedes pensar: esta canción es de 1985. Pero en el momento en que cuentas uno, dos, tres, empiezas a establecer los arreglos, Antonio toca el bajo, Manolo canta el texto y estamos en el presente. Yo, que soy optimista, diría incluso que estamos en el futuro. Si una canción resiste a nuestro gusto actual y al del público, está en el presente. Puede haber algún momento en el que pienses: “Esta canción la compuse cuando tenía 29 años”. Eso sucedió en los ensayos y dejó de suceder desde el primero de ellos. Ahora estamos tocando este material, que es nuestro. Somos sus compositores, la banda es la original que tocaba ese material y lo estamos tocando en el presente. Por supuesto que mucha de la emoción que causamos en el público tiene que ver con recordar el momento en que esas canciones entraron en sus vidas y les hicieron conocer a aquella persona o vivir aquella experiencia. Somos conscientes de eso. Pero, en nuestro caso, creo que interviene en esa ecuación un porcentaje muy pequeño de nostalgia. Y no es algo malo.
P.-¿Hubo alguna canción que, al volver a tocarla o grabarla, les dijera algo completamente distinto de lo que les decía en los años 80 o 90?
R.-(García) Eso es personal, depende de cada uno. Pero, como bien decía Quimi, es una nostalgia bien administrada. También es cierto que hay canciones que un compositor prefiere y otras que deja un poquito a un lado. No es que haya un hijo feo, pero a veces hay un hijo muy guapo y te agarras a él, perdón por el símil. La verdad es que está siendo muy divertido. Al volver a tocarlas, las canciones se rehacen, se hacen de nuevo, y el público así lo percibe. Fueron hechas en un tiempo de mucha vitalidad. Ahora es diferente, pero gracias a las canciones, y hablo por mí, me están haciendo mucho bien. Me está haciendo bien volver al escenario a tocar estas canciones. No lo sabía, prometo que no lo sabía, pero estoy disfrutando mucho tocando canciones que compusimos Quimi y yo hace 35 años. No es nada fatigoso. Incluso Insurrección, que quizá sea la canción que más hemos tocado, cada vez que suena con ese riff de entrada, con esa rueda de acordes, es alegría. Te llega una bocanada de aire fresco. Es curioso el poder de la música.

P.-Hablando de rehacer canciones, ¿hay un momento en la vida de un músico en que la mayor audacia ya no es cambiar, reinventar, una canción, sino respetarla?
R.-(Portet) Sí. Y eso se aprende bastante mayor, porque en los primeros años de tu carrera normalmente estás constantemente retrabajando las canciones, buscándoles nuevas versiones. Me acuerdo de El Último de la Fila, en cada gira nos comíamos el tarro para cambiar las canciones. Esta ahora la haremos heavy, esta ahora la haremos reggae… Y hay un momento en que descubres que la versión más primitiva, más rudimentaria, la más cutre, entre comillas, era eso lo que pretendías compartir con el prójimo. Vuelves a ella y ves que allí está el secreto de la canción. Los arreglos eran muy simples porque éramos dos en el estudio. Apenas venía un batería de vez en cuando, lo exprimíamos en una mañana, y cuando se iba, caja de ritmos y adelante. Era lo que había. No había más dinero, no había más presupuesto. Y creo que eso, aunque no lo sabíamos en esa época, jugó a favor de las canciones. Las hizo simples y diáfanas. La voz de Manolo lucía muchísimo. Ahora, con la tecnología actual, la taparíamos rapidísimamente entre capas y capas de teclados y guitarras. Entonces no era posible. Todo era diáfano por su simplicidad y por una urgencia real, porque no teníamos dinero, pero también por una urgencia emocional, porque éramos jóvenes y teníamos muy buena salud.
P.-Hay canciones de esas que dice, como Insurrección, Aviones plateados, Querida Milagros o Como un burro amarrado en la puerta del baile, que el público no solo canta, casi las reclama como algo propio. ¿Cómo se sostiene sobre el escenario una emoción colectiva tan grande sin que os aplaste?
R.-(García) No hay problema, porque es muy auténtico. Esas canciones llegaron a nosotros y a todo el mundo. Nosotros hicimos como de hilo conductor. Las mejores canciones, las que llegan a cotas de popularidad más altas, las que tocan la fibra de miles de personas, son las que te vienen dadas, no las que tú quieres hacer. Llegan y no sabes cómo. No sabes cómo has hecho ese ritmo, ni cómo alguien ha cantado esa melodía. El equipo empieza a funcionar y hay una energía intangible, inasible, que no puedes ver, pero está ahí y te da esa canción. Porque no es para ti. Esa canción va a ser para todo el mundo. Mediterráneo, de Serrat; The River, de Bruce Springsteen; Angie, de los Rolling Stones… Ellos no tienen ni idea de cómo las hicieron. Son tres acordes. Pero perviven en el tiempo porque alguna energía las trajo. Tengo estas teorías muy peregrinas, pero me las creo.
P.-Yo también me las creo, porque me pasa con Insurrección, que siempre que me preguntan digo que está en mi Top 3 de canciones españolas, junto a Lucha de gigantes y Evolution. Concretamente, Insurrección ha terminado siendo una especie de himno moral de varias generaciones. ¿Les sorprende que haya acabado hablando de tantas formas de desobediencia?
R.-(Portet) “Desobediencia” es una palabra magnífica. Se ha dado tanto valor a la obediencia en nuestra sociedad judeocristiana… La obediencia ha sido un gran error. Ha sido el elemento de sumisión, de esclavizar a la gente, de reprimirla. Hay que obedecer lo que sea razonable. Pero creo que hay que desobedecer mucho para crecer saludable. Unos tíos de 70 años ya no estamos para desobedecer mucho, pero la desobediencia ha sido la herramienta de liberación más importante en todos los casos, desde la religión a la política, al arte. No olvidemos que nos dedicamos a la música popular, somos autodidactas y nos metimos en la música para desobedecer. (García) Aprovecho la ocasión para decirlo por primera vez. Nunca lo he dicho claramente, siempre han sido conjeturas: que si esta canción era para una chica, para el amor, para un sello, para una compañía de discos que nos trataba muy mal… Era para todos, sí, pero lo primero que apareció en la canción fue la palabra “Insurrección”. Porque pienso que aquí no hay que obedecer. Suscribo lo que dice Quimi. Hay que obedecer hasta cierto punto cuando las cabezas de tren son sensatas, justas, razonables y nos llevan por buen camino. Cuando nos llevan al abismo, hay que desobedecer completamente. La palabra “Insurrección” viene al pelo. Pacífica, por supuesto, vaya eso por delante, pero hay que negarse a los disparates a los que se somete al colectivo humano, planetario, global. Para mí el título es lo que manda: Insurrección. Insurrección pacífica.
La versión más rudimentaria suele esconder el secreto de la canción»
P.-Esta música tiene una cosa curiosa, que fue popularísima sin sonar nunca domesticada. ¿Se sintieron alguna vez dentro del centro de la industria o siempre un poco en el margen, incluso cuando llenaban grandes recintos?
R.-(Portet) Tenemos una teoría curiosa. El Último de la Fila es una cosa que se creó entre Manolo y yo, una cosa tan curiosa que podíamos ser un grupo de rock oscurísimo y súper underground y, a los tres segundos, la orquesta de verbena más pachanguera de Europa. Y eso es un placer. En esa época resultaba desconcertante incluso para nosotros. Yo, por ejemplo, con Como un burro amarrado en la puerta del baile me repetí durante meses: “¿Cómo puedo haber hecho este disparate?”. Yo soy fan de The Clash, The Cure, Joy Division, de las cosas más oscuras… (García) Es que yo lo lié… -risas-. (Portet) Yo creo que entre los dos hacíamos algo muy gracioso. Primero, respetarnos mucho. Somos personas con opiniones muy diversas sobre las cosas, pero nos respetamos y nos admiramos. Y dejamos fluir esas paradojas. Grupos de rock oscuro había muchos y muy buenos. Grupos pachangueros también. Este país ha sido muy pachanguero, con todos los respetos, y muy bueno en eso. Me refiero a lo pachanguero como lo hiperpopular. En nuestro caso, en pocos segundos podíamos pasar de un extremo a otro. Creo que eso nos diferencia totalmente de otros grupos de aquella época.
P.-Y quizás por eso funcionó tan bien. Manolo, usted tiene una presencia escénica física, casi teatral; Quimi, usted parece sostenerse desde otro lugar, más guitarrístico, más irónico. ¿El Último de la Fila funciona porque nunca han intentado parecerse?
R.-(García) Por supuesto. La suma posibilita un resultado mayor. La parte de Quimi y la mía, por cuestiones casuales del destino, vete tú a saber por qué, funcionó. Él traía una parte más rock. Yo venía de orquestas de baile, había tocado diez años en orquestas. Mi arma secreta era esa. La parte pachanguera soy yo, no hay ningún problema. Recuerdo exactamente el día que compusimos Como un burro amarrado en la puerta del baile. Quimi es mucho de la broma, de la risa, del cachondeo, y yo me apunto. Tenía unos acordes y se reía como haciendo un tumbado cubano, lo tomaba a broma. Yo le decía: “Bueno, venga, vamos a trabajar”. Y él decía: “No, el trabajo está aquí”. Yo pensaba: “Vamos a hacer una canción de verdad, Quimi”. Pero la parte pachanguera afloró en mí y dije: “Aquí hay color”. Y empezamos a trabajar. (Portet) La realidad de esa canción es que luego Manolo hizo una letra buenísima y me preguntó: “Quimi, ¿cómo titularías esta canción?”. Me dijo: “Cuando tú vas a un sitio pero no pintas nada allí, ¿cómo lo dirías?”. Y a mí, no sé, algún espíritu me bajó aquello de Como un burro amarrado en la puerta del baile. En una mañana, en un par de horas, tuvimos armada la cosa más pachanguera. Íbamos a grabar rock súper intelectual y al cabo de dos años estábamos con esa canción, éramos los más pachangueros del mundo.
Podíamos ser un grupo de rock súper underground y a los tres segundos la orquesta de verbena más pachanguera de Europa»
P.-Han recuperado a buena parte de la banda histórica, con Ángel Celada, Antonio Fidel, Juan Carlos García, Josep Lluís Pérez o Pedro Javier González. ¿Era importante que esta vuelta no fuera solo cosa de dos, sino de una vieja familia sonora?
R.-(García) Era muy importante porque ellos han dado una parte de la impronta de El Último de la Fila, una parte del sonido. En directo somos un grupo, y en el estudio su manera de hacer también cuenta. Tú puedes pedirle un arreglo a un músico, pero según a qué músico se lo pidas lo tocará de un modo u otro. La forma de tocar de Antonio es personalísima. Juan Carlos también tiene una manera de hacer. (Portet) La batería de Ángel Celada es un mundo. Josep Lluís Pérez, el guitarrista, es un personaje rarísimo, lo digo por experiencia. Me costaría mucho tocar con una persona diferente a él. Logra ser buenísimo y humilde al mismo tiempo. Pedro Javier González, con la guitarra española y los laúdes, es un hombre que ha llegado ahí por el lado del intelecto, no físicamente o tradicionalmente. Ha llegado intelectualmente a esos instrumentos tan tradicionales y eso le da valor a la mayonesa general. Y luego, si se me permite, tenemos un frontman inhabitual como mínimo. Yo lo presento como audaz o intrépido, y realmente lo es. Se toma el trabajo de frontman de una forma que no se lo toma nadie. Eso acaba de redondear las canciones y el grupo. En el momento en que salimos al escenario nos convertimos en un grupo. Venimos del rock, de un género que se basa en eso, en una gran conexión entre los músicos, no en una suma de virtuosismos. Cuando empieza el concierto nos convertimos en un grupo de rock.
P.-Y ya mismo va a empezar el concierto del Estadio de la Cartuja, un sitio enorme, con pantallas, producción, miles de entradas, logística ¿Les interesa más la idea de concierto como espectáculo o como reunión multitudinaria de gente que se reconoce en las mismas canciones?
R.-(García) Como reunión para escuchar música. Las condiciones físicas del espacio te dan unas condiciones sonoras y físicas variables. Un teatro y un gran estadio son muy diferentes, pero vamos a todos los sitios a lo mismo: a tocar unas canciones. Y el público viene a lo mismo: a oír esas canciones y a cantarlas, porque las canta con nosotros. El intercambio de energía es diferente. En un concierto grande, en un estadio o en un lugar inmenso, tu posición física y mental es otra. Tienes que levantar más peso. Levantar en peso a 2.000 personas tiene un desgaste y levantar en peso a 60.000 tiene otro. Se trata de no desgastarse dando todo lo que puedas dar, que finalmente son esas canciones.
Nosotros luchamos para ofrecer precios justos. Es una batalla perdida porque quien tiene que tomar medidas no las toma»
P.-Han sido ustedes muy críticos con la especulación, la reventa y el encarecimiento de entradas. ¿Es incómodo volver a los grandes recintos sabiendo que para hacer posible una gira así también hay que pasar por mecanismos de la industria que no les gustan?
R.-(Portet) Todo lo que hemos podido controlar para que fuera lo más razonable posible, lo hemos controlado. Luego hay dimensiones en esta gira en las que las producciones son muy grandes, todo es gigantesco, pero lo que hemos podido controlar, lo hemos controlado. (García) El tema de las redes y de la venta online es pasmoso. Lo extraño es que quienes tienen que tomar medidas para cortar estos abusos no las tomen. La reventa era punible hace unos años, cuando la venta de entradas era algo muy sencillo: había una ventanilla en una calle de tu ciudad o en una tienda, podías comprar ocho entradas como máximo, y la reventa estaba penada por la ley. Lo de ahora es cometer barbaridades. Entradas revendidas que no existen, gente que paga una cantidad absorbente de dinero, entradas que valen 70 u 80 euros y se venden por 900, y además llegan y son falsas. Parece mentira que la gente siga picando, pero ocurre. Se dice y se repite: no os sometáis a ese tipo de abusos. Nosotros luchamos para ofrecer precios justos, acordes a lo que vais a ver. Es una batalla perdida porque quien tiene que tomar medidas no las toma. Y es algo global, no está pasando solo aquí.
P.-Manolo, estuve en la entrega de la Medalla de Honor de la SGAE y aunque en actos así se espere que los discursos de agradecimiento sean para que el premiado dé las gracias, sonría y no moleste demasiado, usted dio uno largo y poco complaciente. Y necesario. En esa intervención vino a decir que una entidad como la SGAE debe servir para que la gente pueda llevarse “el pan a la boca” gracias a su trabajo. ¿Creen que en España todavía cuesta entender que una canción no es solo inspiración, sino también salario?
R.-(Portet) Cuesta en todo el mundo, porque la industria de la música siempre ha encontrado una forma de pervertir la creación. Antes de las discográficas ya era así, pero en la época de las discográficas aquellas estructuras corporativas grandes sacaban el jugo a los creadores de una forma increíble. Cuando las discográficas se han convertido en streaming, el streaming ha sido todavía más parásito de la creación. Lo que Manolo decía es que una entidad como una sociedad de compositores debería servir para contrarrestar ese parasitismo. Debería inyectar sangre a los creadores. Y normalmente, como mínimo, hay cierta pasividad, por decirlo de una forma suave.

P.-También criticó usted, Manolo, el uso “cicatero, molesto y abusivo” de la inteligencia artificial con la imagen y la obra de las personas. ¿Le preocupa más que la inteligencia artificial copie canciones, que falsifique voces o que acostumbre al público a pensar que la creación humana es prescindible?
R.-(García) Eso último sucede desde la Revolución Industrial. Mi abuelo era segador. Iban a La Mancha a segar hectáreas de centeno, de avena, de trigo, 150 segadores con sus mujeres, que ayudaban a formar los haces, preparaban la comida, hacían equipo. Y un día llegó un señor y dijo: hemos inventado una máquina, una trilladora, que le echas un poco de gasolina y te trilla; ya no hace falta nadie. Seguimos igual. Y ya no solo en la música, en todo. Están desapareciendo empleos, oficios, todo lo hacen máquinas. Es una deriva muy extraña la que está tomando la humanidad porque, además, paradójicamente, la demografía va hacia arriba. Cada vez somos más gente en el planeta y cada vez damos más trabajos a las máquinas. Parece que va a ser estupendo porque nos van a dar un sueldo por estar tomando el sol en el parque a todos, pero sabemos que eso no es posible. Alguien debería empezar a pensar, los mandamases del planeta, aunque quizá el problema sea que es un plan ideado ya a conciencia.
P.-Por eso las sociedades de gestión deberían ser más combativas ahora; sin embargo, parece que se alían más a favor de las transformaciones tecnológicas que de los creadores…
R.-(Portet) Pero siempre ha sido así. El feudalismo ya era eso. Ahora es una forma súper sexy de feudalismo, una forma del siglo XXI, feudalismo 3.0. Siempre es lo mismo: la explotación de la mayoría por una minoría para sacar todo el rendimiento posible y dejarla reducida a una forma de esclavitud u otra. Nuestra esclavitud es mucho más bonita. Puedes ponerte colonia, tener un Fiat Panda y firmar autógrafos, pero no deja de ser una esclavitud. Todo el flujo de beneficios siempre va hacia un sitio. La historia de la humanidad es una historia de explotación constante y la historia de la gente es una historia de intentar luchar contra esa explotación. Cuando más o menos ves dónde está la grieta para luchar, ya se han inventado otra cosa, como la inteligencia artificial. Ahora que teníamos clarísimo lo del colonialismo, lo del racismo y todo eso, aparece otra herramienta. No creo que ganemos nunca, pero a la edad que tenemos sabe mal por los hijos y los nietos. Ellos ya irán buscando su sistema.
Si yo hubiera nacido ahora en Cataluña, cantaría en catalán segurísimo, porque en las escuelas se estudia en catalán»
P.-Ya que estoy con usted, aunque Manolo, durante años mantuvo vivas muchas canciones de El Último de la Fila en sus conciertos en solitario. Quimi, usted en cambio ha tenido una trayectoria más apartada de ese gran circuito popular. ¿Eso hace que vuelvan a las mismas canciones desde lugares emocionales distintos?
R.-(Portet) No creo. Manolo y yo, cuando estamos juntos, nos convertimos en una entidad muy curiosa. Somos amigos, por supuesto, y los dos somos conscientes de que El Último de la Fila está por encima de Manolo y por encima de Quimi. Es una cosa que creamos juntos y que, si no nos hubiéramos conocido, no habría existido. Manolo hubiera sido un frontman increíble y famoso igual, quizá en las verbenas interestelares de mi pueblo. Yo hubiera sido un músico oscuro cantando en tugurios oscuros cosas muy intelectuales que no entendería ni yo. Pero estamos juntos y El Último de la Fila es eso. Llegamos a esta fase y a estas canciones igual que llegamos cuando éramos jóvenes, recuperando una parte de esa energía de la juventud y recuperando qué es lo que nos une. Todos estos años nos hemos ido viendo y compartiendo cosas. Manolo conoce mi material, yo he hecho doce discos, él ha hecho un montón de discos y conciertos casi con la misma intensidad que ahora. En mi caso he continuado siendo músico. Ángel Celada, por ejemplo, lo he aportado yo de mi pequeño conjunto intelectual. Venimos de sitios un poco diferentes, pero no mucho. Nos vemos, hemos hecho proyectos en común, hicimos el revival de Los Burros y Los Rápidos hace 16 años, tramamos cosas comunes. No todas son públicas. Algunas son simplemente privadas: arroces, paellas y pequeños homenajes. Venimos con la amistad de siempre y nos sentimos cómodos en el escenario.
P.-Manolo, ¿ha tenido que “desaprender” algo de sus versiones en solitario para volver a cantarlas como canciones de El Último de la Fila y no como canciones de Manolo García?
R.-(García) Fíjese que no hacía tantas. Tenía un límite. En mis conciertos hacía tres temas de El Último, y en la última gira sí hice cinco: Lápiz y tinta, Aviones plateados, Cuando el mar te tenga, Querida Milagros… e Insurrección, claro. Pero no hay problema. La capacidad del músico es alta. Cuando un músico es profesional, va con él esa capacidad para cambiar partes, hacer nuevos arreglos. No hay problema en desaprender y volver a aprender. Se trata de sentirse cómodo. Yo hacía una versión de Las hojas que ríen —o de Las leyes de los hombres— mitad lenta y mitad arriba, y lo pasaba muy bien. Ahora es diferente. Hay otra sonoridad. Ahí está también la clave del éxito: pasártelo bien con todo lo nuevo que va sucediendo. No estar dormido, no decir: “Venga, voy a tocar otra vez esa canción”. Cuando en el repertorio llega el momento de Dulces sueños o Las leyes de los hombres, estoy esperando ese momento. Me encanta. Llega un petardazo de energía. Es nuevo, siempre es nuevo. Hay un mecanismo raro que se dispara en todos nosotros; cada noche la canción es nueva.
P.-La leyenda de que el grupo se separó por el catalán y el castellano ya la han desmentido muchas veces, pero quizá se les ha preguntado poco por lo contrario, por cómo dos imaginarios lingüísticos y culturales distintos convivieron de manera natural en su música mucho antes de que todo eso se volviera tan inflamable. ¿El Último de la Fila fue también una forma muy libre de entender España?
R.-(Portet) Tan libre… El castellano era obligatorio. Yo solo estudié en castellano. Ya está todo explicado. (García) Yo soy, por cuestiones históricas de inmigraciones dentro del país, castellanoparlante. Pienso en castellano y no me he negado nunca al catalán. He cantado en catalán, he cantado en euskera con Ruper Ordorika, he cantado con María del Mar Bonet. Es una cuestión de que, en este caso, yo soy el cantante de esta banda y canto en castellano. Sería una impostura extraña hacerlo de otra manera. Ahora sería diferente. Si yo hubiera nacido ahora en Cataluña, cantaría en catalán segurísimo, porque en las escuelas se estudia en catalán. Eran otros tiempos, tiempos de represión. Se vivía en dictadura y Cataluña vivía con una bota encima, con una represión por la cultura y por la lengua. Si ahora naciera y dentro de veinte o cuarenta años existiera un Último de la Fila con un Quimi y un Manolo, sería en catalán, porque yo ya pensaría y hablaría en catalán. Son cuestiones históricas que son como son. (Portet) Yo aprendí a escribir en catalán a los 30 años. Los grupos en los que estuve antes de los 30 años solo podían escribir en castellano, aunque no fuera mi lengua en absoluto. Pero, como fui escolarizado solo en castellano, pude escribir las canciones de El Último de la Fila, y fue un placer hacerlo. También ha sido un placer hacer once discos en catalán a partir de los 30 años, un poco para compensar. En esta vida hay que tener buena salud de espíritu, salud física y mental. Con buena voluntad se hace todo.
Fuente: Diario de Sevilla – Jose Miguel Carrasco – https://www.diariodesevilla.es/ocio/industria-musica-encontrado-forma-pervertir_0_2007200029.html
Foto Juan Carlos Vazquez

