Manolo García y Quimi Portet: la química atómica de rock’n’roll, poesía y desvarío de la que nació El Último de la Fila

Aunque de lejos encarnen personajes muy distintos, el cantante y el guitarrista, que ofrecen este domingo el primero de sendos conciertos de su gira de reunión en el Estadi Olímpic, armaron un artefacto más grande que ellos porque conectaron intuitivamente a través de la pasión musical, el humor, el surrealismo, la simpatía libertaria, la desconfianza hacia los planes ideados por otros y el afán de hacer algo único y de ser dueños de su destino.

Hace tres décadas que funcionan cada uno por su cuenta, en solitario, y se han hecho visibles sensibilidades y roles que antes quedaban compactados en la dinámica de grupo. Tenemos a Manolo García, el hijo del aluvión migratorio crecido en el Somorrostro, voz imbuida de cante flamenco, poeta cautivado por horizontes oníricos, y a Quimi Portet, el ‘astre intercomarcal’, guitarrista intempestivo y fan de lo tribal, portador de una ironía antiheroica alimentada en la Plana de Vic. El primero, estrella pop en toda España; el segundo, catalano-cantante por vocación, casi un desconocido tierra adentro.

Pero la reunión de El Último de la Fila, histórica y difícil de prever hace solo cuatro días, nos lleva de vuelta al origen de todo. Al encuentro entre Manolo García y Quimi Portet, del que salió, en 1985, algo más grande que la suma de ambas partes. Un artefacto atómico hecho de la confluencia de esas diferencias y de las muchísimas afinidades: musicales, ideológicas, anímicas. Una combinación de las que se da una entre un millón y que produjo unas cuantas docenas de canciones, en seis álbumes de estudio, de las que este domingo y el próximo jueves sonará una selección en sendos conciertos en el Estadi Olímpic.

Revelación en Els Hostalets

En los albores del vínculo Manolo-Quimi asoma una escena de revelación evocada por su amigo Toni Coromina en el libro ‘El que la sigue la persigue’ (“biografía tolerada” de 1995), cuando coincidieron por primera vez en un festival en Els Hostalets de Balenyà, en 1981, organizado por los quintos del pueblo. Ahí estaban Los Rápidos (con Manolo García) y Kul de Mandril (el grupo de Portet), así como Evo (con una jovencísima Carmen, hermana de Manolo, como vocalista). A Manolo García y al bajista Antonio Fidel les impresionó el toque salvaje que Portet imprimía a su ajada guitarra eléctrica. Hablaron, se dieron los teléfonos, quedaron para verse en el Zúrich.

Manolo García y Quimi Portet, durante la presentación de  la gira del regreso de El Último de la Fila en mayo de 2025 en Madrid.
Manolo García y Quimi Portet, durante la presentación de la gira del regreso de El Último de la Fila en mayo de 2025 en Madrid. / José Luis Roca

Al poco tiempo, Portet dejaba Vic y se plantaba en Barcelona con una maleta y la guitarra, a instalarse en el Guinardó. “Parecía un inmigrante yugoslavo”, diría el cantante. El ingreso en Los Rápidos fue inmediato, si bien al grupo le quedaban un par de telediarios. El tándem García-Portet comenzó a solidificarse en la siguiente aventura, Los Burros (1983-84), y despegó con El Último de la Fila.

Esos nombres disparatados sugerían un fatalismo sarcástico, fruto de la resignada sucesión de fracasos anotados por ambos. Manolo, antes de ponerse ante el ‘micro’, en su primera juventud (años 70) había sido batería de grupos como Materia Gris y Salma y su Conjunto, adscritos al circuito BBC (bautizos, bodas y comuniones). Entrenamiento pachanguero casi ineludible en aquel tiempo, que también vivió Quimi con Kilimanjaro’s. Pero ambos alimentaban sus inquietudes: Manolo había asistido a bolos reveladores en el Gran Price (Lone Star, Smash) y había descubierto el ‘underground’ de Zeleste. Kilimanjaro’s tocaron en las Jornades Llibertàries del Park Güell, en 1977, mientras Manolo García se sentía atraído por el perfume ácrata del Poble Nou industrial, que emanaba del Ateneu Popular La Flor de Maig.

Copla y King Crimson

El cantante venía de recoger el flamenco y la copla de su ambiente familiar y de barrio y juntarlo con la disrupción rockera de Led Zeppelin y King Crimson. Es natural que le atrajeran Smash, y luego Triana, en un camino que le llevó a adoptar cierta melisma en el canto, distintivo del pop con raíces establecido en El Último. A Portet le chiflaba la música contagiada de primitivismo: el soul más físico, el grupo nativo americano Redbone, la percusión hipnótica y ‘afro’ de la tropa vanguardista alemana Can.

El regreso de El Último de la Fila, en Fuengirola el pasado 25 de abril.
El regreso de El Último de la Fila, en Fuengirola el pasado 25 de abril. / Marenostrum Fuengirola

Ese es un territorio en el que ambos se encontraron, conjugando el impulso eléctrico del rock’n’roll con el eco ‘jondo’, y enredando todo ello con la propensión al desvarío lírico. Como apunta Albert Balanzà, periodista, tal vez el mayor conocedor mundial de El Último de la Fila, “hay un hilo de conexión entre ambos a través del surrealismo: entre el ‘Jamón de mono’ que Quimi cantaba con Kul de Mandril y el Manolo que se ponía embudos en la cabeza y rompía televisores con Los Rápidos”. El humor como salsa aglutinadora, ideas que “les hacían partirse de risa y pasarlo bien”. Y las ganas de distinguirse del resto de bandas, “de hacer algo diferente”.

Palabras de ayer

Surrealismo, sí, que cada uno ha incorporado a su manera: el guitarrista, en una clave irónica, apuntando a las grandezas y miserias de la identidad catalana, y el cantante, tendiendo a la magia de lo inalcanzable y lo soñado. Ambos han cuidado mucho del lenguaje poético y han mostrado una inclinación por el pasado y por recuperar palabras en desuso, cada uno en su lengua. Portet ha apelado al trazo irónico o sarcástico de Pitarra, Pujols o Rusiñol. A García le marcaron textos más duros como los de Baroja y Pérez Galdós.

Manolo García, durante un concierto de Los Rápidos en Barcelona en septiembre de 1981.
Manolo García, durante un concierto de Los Rápidos en Barcelona en septiembre de 1981. / FERRAN SENDRA

Les une una actitud de escepticismo ante la idea de progreso y desarrollo económico, la estresada vida moderna, el culto al bien material. Va a juego con la defensa del medio ambiente, ya practicada de un modo temprano por El Último (aquella gira de 1990 a favor de 18 ONG ecologistas), y un humanismo tierno, compasivo, porque para Portet hay que tomarse las cosas con deportividad y, para García, no somos más que “monos que hacemos lo que podemos”. Pulsión política, manifestada solo entre líneas en las canciones, con prevención. Quimi insiste en que se hizo músico para evadirse de la sociedad, como Sisa. Manolo tiende a lo etéreo en sus textos, si bien en los últimos tiempos ha alzado el tono en su narrativa ‘civil’: llamamientos a la abstención, parlamentos a favor del uruguayo Mugica, Palestina, payeses y autónomos.

Fuera de Barcelona-92

Coincidieron ambos en atar en corto sus vínculos con la industria musical, eso cuando El Último ya pudo permitírselo. Aquel paso, en 1990, de dejar atrás el sello PDI para fichar por EMI solo como distribuidora, al tiempo que creaban una discográfica propia, Perro Records. Oficina pequeña, manejada por personas de confianza. Pocos años después, cuando el grupo ya estaba en lo alto, se le ofreció la perspectiva de una apuesta fuerte por Latinoamérica, incluyendo una larga gira, y ellos se desmarcaron, recelosos de perder el control de sus vidas.

Manolo García y Quimi Portet, en un concierto de Los Burros y Los Rápidos en febrero de 2016 en Barcelona.
Manolo García y Quimi Portet, en un concierto de Los Burros y Los Rápidos en febrero de 2016 en Barcelona. / FERRAN_SENDRA

Pero hablamos de un grupo que, en 1992, declinó participar en la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Aquel año, ellos estaban de parón, preparando ‘Astronomía razonable’ (1993), y la única actuación que ofrecieron fue en el concierto de protesta contra la ‘Operación Garzón’ (detención de 45 independentistas por presunta pertenencia a Terra Lliure), junto a artistas como Lluís Llach, Els Pets y Sopa de Cabra. Fue el 29 de julio, en plena celebración de los Juegos. En los años del ‘procés’, Portet dijo haberse ilusionado para proceder después a la decepción. García publicó una carta, en vísperas del 1-O, en la que pidió “diálogo” y preguntó “por qué no se puede escuchar la opinión del pueblo catalán”.

Las coincidencias entre Portet, el catalán “de soca-rel”, el ‘punkie’ pero fino guitarrista, y García, el hijo de la inmigración, poeta con ‘duende’ y encantador de auditorios, son muchas, seguro que más que las distancias, también en el modo de gestionar su popularidad y negarse a ejercer de ‘celebrities’, con su vida privada cerrada a cal y canto (aunque en esta gira se les ha colado una joven guitarrista, de nombre Sara García, que delata una paternidad hasta hoy mantenida con absoluta discreción). Como señala Albert Balanzà, un punto de coincidencia definitivo es su voluntad de “ser amos de sí mismos”, dueños de su destino, sin permitir que otros decidan por ellos. Siempre en la medida de lo posible.