Manolo García: «Soy feliz con poca cosa, no necesito tener un yate»

Alcanzar la felicidad y la sabiduría prescindiendo de las comodidades, los bienes materiales y la fortuna. Esa es la filosofía de Manolo García (Barcelona), un estoico que ve la vida como la canta y la pinta. Y para que sirva de ejemplo, el cantautor catalán lanzó en 2020, año de la pandemia, dos publicaciones para crear escuela: el libro El fin del principio (Aguilar), con poemas y dibujos inéditos en el que demuestra que es imposible volver de una travesía siendo el mismo, y el dvd Acústico, acústico, acústico, con el que cierra el ciclo de tres álbumes en vivo editados desde 2016 (Todo es ahora en directo y Geometría del rayo en directo). 

El artista es puro sentimiento y reconoce que el mundo va por el mal camino y que solo la naturaleza y un cambio de actitud nos devolverán a la senda correcta.

No ha parado de trabajar en este tiempo de pandemia: nuevo trabajo discográfico, cd-dvd, y libro de poemas y dibujos.

Uno, como bicho viviente, intenta adaptarse a la situación y buscar su lugar. Por cosas de la vida el hecho de pasar más horas en casa a mí me cuadra, no me es extraño. Yo estoy libre dentro de mí. Desde  siempre he pasado muchas horas en estudios, en casa, pintando a solas… Me gusta el trabajo de cuartel de invierno.

Parece que es de los pocos que se ha sentido cómodo en el confinamiento.

Estoy en el grupo de los estoicos y veo la vida con cierta distancia. Tengo todo controlado, ya sé qué hacer para no sufrir, y aunque doy palos de ciego, como todo bicho viviente, tengo bien agarrado mi palo para dar esos palos de ciego. Yo nunca he creído lo que el mundo me ofrece. He creído en la naturaleza. Soy un poco rústico, un poco pastor, y lo soy de verdad porque mi infancia ha sido una infancia semirural, con una familia que poseía dos cabras para el gasto de la casa y un pequeño huerto familiar para autoconsumo y eso me ha marcado. Luego, claro, soy urbanita. He nacido en Barcelona, vivo en Barcelona y las urbes son mi lugar de trabajo.

Es decir, mi pequeña alma de animalito es rural y los abalorios que me ofrece el hombre blanco -yo soy el indio de la pradera, es decir, las cuatro botellas de whisky y los cuatro abalorios- no me los creo. Creo que con cuatro escasas pertenencias se puede tirar palante con menos problemas. 

¿Se siente un bicho raro?

No sé porqué cuando los críos de mi barrio estaban jugando al balón, yo con 15 años me cogía una bicicleta y me iba a un museo de arte que había cerca de mi casa, que era el Nacional de Arte de Cataluña. ¿Por qué?, no tengo ni idea.

Precisamente otra de sus aficiones es la de pintor. ¿Dónde se siente más cómodo, como cantautor, en el escenario, componiendo o con un caballete delante?

Unas disciplinas se complementan con las otras. Forman un todo que es mi personalidad. Recuerdo la primera caja de pinturas, el primer caballete que conseguí con 14 años rompiendo la hucha. No he bajado de esa idea nunca. La pintura es una isla paradisíaca donde ejerzo un reinado absoluto. Justo ahora estoy  viendo unos cuadros míos, pequeños, de cuando tenía 15 años, no los ve nadie y me siento satisfecho por ellos y por todos los demás que he pintado después. 

Además, la tela en blanco me entusiasma. Levantarme, tomarme un café y ver que tengo un cuadro que pintar y no tengo ni idea sobre qué, me entusiasma. Es descubrir un nuevo continente, es avanzar con una calavera… Es una situación dulce, es hacer lo que quiero.

¿Cómo recuerda sus primeros pinitos en Los rápidos y Los burros?

Desde los 30 años hasta ahora he vivido. Antes, malviví. Comprobé a esa edad lo que es trabajar en empleos que no te gustan. Hubo un tiempo que trabajaba en sitios que no me interesaban nada y por dignidad personal intentaba hacerlo bien, pero había algo gris en mi vida. Cuando empecé en la música y a pintar por gusto, empezó otra vida.

Soy un poco como los indios, que cambiaban de lugar. Territorio de invierno, de verano y de primavera. Yo soy igual, tengo que ir cambiando, no me gusta la monotonía y no me gusta la idea de acumular. Al final si estas demasiado en un lugar empieza la cabeza a embotarse. 

¿Qué les diría a los jóvenes que no puede hacer lo que usted hizo, trabajar en aquello que les gusta?

Lo tienen más crudo. No sé qué está pasando en el ser humano, estamos solos, solo servimos para consumir y pagar impuestos; no hay un aporte general de unos a otros en el aspecto espiritual, filosófico, humanístico o teológico. A pesar de que hay religiones en el mundo y las religiones al final poseen ideas básicas comunes como la compasión o fraternidad, lo cierto es que nadie las sigue. Los dioses deben empezar a hacer algo porque sus representantes en la Tierra, que somos nosotros, han enloquecido. Hay que compartir, el mundo es de todos, no es de cuatro. 

El problema es que cada vez estamos más solos y la gente joven necesita vivir, aprender la vida en grupo, en tribu y no en soledad. 

¿Qué pasos deben darse, según su perspectiva? 

Lo cierto es que la visión de este mundo neoliberal furibundo complica las cosas a los humanos, aunque aparentemente las facilite a unos pocos, que son pobres diablos. Por ejemplo, es una incongruencia cuando leo a uno de los factótums de Google que ellos en Silicon Valley llevan a sus hijos a escuelas donde no hay wifi, ni los chicos pueden usar el móvil. Estos señores que incitan a la población a pasar por unos cauces de enganche, dicen en entrevistas sin ningún pudor que sus hijos van a colegios en la naturaleza.

Es una persona preocupada por el medio ambiente y el cambio climático como lo demuestra con su último libro. ¿Cree que es lo más preocupante actualmente?

Somos una tribu muy grande, ahora todos necesitamos coches, televisores de plasma gigantes, suscripciones a Netflix. ¿La comida? ¡No, tranquilo! La comida la hacen unos señores que se llaman x. ¿Qué es esto? Somos tribus muy grandes, con muchos cacharros, arrastramos muchas cosas: una casa y el que puede tiene otra en la playa y otra en la montaña, dos coches… Estamos violentando el planeta, nos lo estamos comiendo. Somos muchísimas hormigas y vamos a ser muchas más en 2050, de 7.500 a 10.000 millones malavenidos. Esto es apocalíptico. Hay que hacer una llamada a la razón, a la reflexión. Calma, vamos a organizarnos. Hay que pensar en los mayores y en los jóvenes, y los que están en el centro tienen que atender a los dos lados. Los mayores nos dan sabiduría y fuente de calma y los jóvenes necesitan dar un sentido a la vida, sino enloquecen.

¿Cuáles serían entonces sus recetas contra ese apocalipsis que dice que se avecina?

Si nos alejamos cada vez más del humanismo, de las claves básicas para vivir en comunidad, nos ensuciamos más. La solución está en la educación, en la moral, en la cultura, en la ética. Hace tiempo, el de arriba intentaba machacar al de abajo, ahora el de arriba se ha subido más arriba, está más solo, y ha conseguido que el de abajo machaque al de al lado.

¿Antes había mas solidaridad y humanismo que ahora?

Yo creo que sí. En las comunidades rurales hay una mayor solidaridad ante un problema. Con el confinamiento muchos han descubierto que estar tranquilo y que caminar un poquito por el entorno está muy bien y leer un libro también. Estaban haciendo 40 cosas en un día y se han dado cuenta que 39 eran un coñazo y no servían para nada. Estaban abducidos por un frenesí absurdo.

¿Cree que la pandemia nos va a cambiar a mejor?

No. Estamos muy adentrados en el programa y es muy difícil volver atrás. Pero entre el tren a 50 por hora y el de 300, o entre el teléfono en casa puesto ahí y estar enganchado todo el día hay un punto intermedio. ¿Necesito dos casas, dos coches, dos garajes…? No, obviamente no.

Pero no hay pócimas mágicas.

Hay muchas diferencias económicas y sociales entre unas personas y otras y para que no haya revoluciones lo importante, y lo saben los dirigentes, es que la población coma. Gran parte de esa población es feliz con comer, somos así se simples. La gran mayoría de la humanidad proviene de una clase baja, y con poca cosa somos felices. Yo soy feliz con poca cosa, no necesito tener un yate o que me den un Grammy, con una cervecita y un pincho soy feliz. 

Bueno, de vez en cuando darse un capricho tampoco está mal, ¿no?

No. Yo soy austero. Me complacen mis pequeñas cosas, mis cuadros, mis cuatro pinceles y dos telas. Yo soy feliz así. Sacar el caballete al campo y pintar las montañas. Tengo eso y no necesito lo otro.

Sus canciones han calado en muchas generaciones con Los Rápidos, Los Burros y sobre todo con El último de la fila y la última etapa en solitario. ¿Añora de alguna forma esa época? 

Siempre he sido músico de carretera. En 2019, hice una gira de teatros y el anterior una eléctrica. Yo vivo el presente, no tengo añoranza de la época del Último. Y no tengo añoranzas porque estoy en activo.

Como catalán que es, ¿cómo observa la escalada política que vive su comunidad?

El mundo vive en una especie de sueño. En esta parte del mundo que habitamos hay una serie de diferencias históricas ya dadas: comunidades forales que recaudan unos impuestos mayores por unos derechos antiguos, y regiones que requieren inyecciones constantes de dinero. Es como una organización muy peregrina. Ahí empezamos con la injusticia. Llegamos a una organización no demasiado justa, donde siempre hay gente agraviada. 

Pero, en concreto, respecto al asunto independentista

Yo respeto a todo el mundo, pero al final me remontó un poco a tener una visión más global. Es decir, el mundo es como una pequeña bolita azul en el Universo, por eso creo que el gran problema es el cambio climático, va a ser el tsunami que va a tapar cualquier agujero político. Si ese problema no se solventa, todas estas cuitas quedarán en nada. 

Al final, lo menos importante, lo de aquí, es un reparto de la caja de tomates, es dinero. Si el Estatuto de autonomía hubiera tirado para adelante, seguro que no habría habido este desaguisado. Cuando la gente se va enconando y enfadando es cuando no hay nada que hacer; cuando los presidentes no se hablan, eso no va bien. Lo mejor es realizar una política de tira y afloja, cuerda para aquí, cuerda para allí. Diálogo, diálogo, mesa, mesa, hablar, hablar. Pero la madre de los problemas es el cambio climático.

Hemos pasado un año extraño y no sabemos cómo será 2021, ¿qué le pide al futuro?

Que cese esta angustia. A partir de ahí, hincarle el diente al tema de la justicia social y el cambio climático. Y pensar en la gente joven, que hay que darles cancha para que salgan adelante. Esa es mi petición para 2021 y los años venideros, repartir lo que hay y repartirlo de una manera ejemplar.

Fuente: Diario de Burgos – Javier Villahizán – Foto Luca Piergiovani – ENLACE

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