MG: Manolo García, el primero de la fila

El autor de ‘Arena en los bolsillos’ y el novelista Manuel Vila Matas reflexionan en el Auditorio Manuel de Falla sobre las relaciones entre poesía y canciones.

Manolo García y Manuel Vila Matas se enfrascaron ayer en el Auditorio Manuel de Falla en la típica discusión sobre quién liga más, si un músico o un escritor. “Imagino que hubieses querido ser cantante por eso del ligoteo”, le espetó el autor de Arena en los bolsillos. “Bueno, con la literatura también se apaña uno, aunque hay que trabajárselo más”, le respondió el novelista. Pero lo cierto es que, antes del encuentro organizado por el Festival Internacional de Poesía (FIP), Vila Matas entró en el auditorio como si fuera un espectador más y Manolo García tuvo que aguantar una sesión de fotos con los fans de más de un cuarto de hora.

El ex de Último de la Fila habló de libros con soltura y el escritor se mostró como un erudito melómano. El primero confesó que llevaba la música “de serie” y que luego comenzó a interesarse por la literatura y el segundo dijo lo mismo, pero al contrario. Los más de 1.000 espectadores, que acudieron al acto, con la secreta esperanza de que el cantante apareciese con una guitarra, rieron con ganas con la sencillez de Manolo García, con una camisa desabrochada de esas que no se compran en las boutiques, pantalones vaqueros y unas zapatillas que dejaban entrever por los tobillos unos calcetines de rayas. Las carcajadas llegaron cuando confesó que, hace años, hacía guardia en el Corte Inglés para ver cómo se vendían sus discos. “Si veía que el de Radio Futura estaba delante del nuestro lo cambiaba y lo ponía detrás”. Y hablando de los tópicos, se rió de la imagen del escritor “escribiendo en casa en zapatillas y fumando en pipa mientras el rockero está de fiesta en la piscina”. Pero cuando dijo que “muchos músicos son unos vanidosos que se creen dios y en fondo son unos gilipollas”, al contrario que los poetas, el experto escritor no tuvo más remedo que corregirle: “También hay poetas tremendos, la mayoría son condenables directamente”, precisó el autor de Aire de Dylan, que exhibió una gran candidez cuando se mostró sorprendido de que, recientemente, entró en el bar de unos amigos con Cristina Rosenvinge y, de inmediato, se convirtió en el hombre invisible

El músico se mostró muy crítico con la situación actual de la música en España, que en su opinión se ha “banalizado” porque los poderes atacan su línea de flotación. Pero rescató a bandas granadinas como Lori Meyers, “un grupo que lucha por su dignidad aunque no es tan fácil porque es algo que se pierde por el camino con el dinero y con las ventas de discos”. Y aunque dijo que no quería ser crítico, afirmó que al sistema le interesa la música del chun-chun, “que es muy respetable pero no alimenta la reflexión”. Aquí, Vila Matas sacó a relucir su disco duro de la mitomanía y recordó una frase de Bob Dylan: “Sin miedo, sin envidias, sin rencores”. Retomó la conversación el artista para recordar que “cuando la música comenzaba a tener fuerza en los 60 con Jimi Hendrix o los Stones el músico no ganaba dinero, lo hacía la gente que estaba a su alrededor, el músico era feliz porque se drogaba, bebía y hacía el amor”. Y recordó el caso de Janis Joplin, ilustre integrante del club de los artistas que murieron a los 27 años. “Ella contaba que se había pasado por la piedra a todo el que había podido, pero esa libertad dejó de estar vigente en cundo el músico comenzó a ganar dinero y se aceporró”, continuó el cantante que ha conseguido crear imágenes tan rotundas para definir la sensación de ser un cero a la izquierda como la de “un burro amarrado a la puerta del baile”. “Las buenas letras son veneno para la taquilla porque ahora todo se basa en sacar un estribillo pegadizo”, dijo Vila Matas aunque el cantante, después de admitir que “lo de vender discos se ha acabado”, opinó que la situación actual está separando “el grano de la paja”. “En estos momentos, el que se dedica a la música lo hace por amor al arte, sabiendo que a priori no va a poder vivir de sus canciones, lo que por otro lado implica poner mucha pasión, algo que se había casi perdido”, confesó un artista que, pese a vestir con marcas blancas y ser el vivo retrato de la normalidad, ha vendido millones de discos y, todavía, es de los pocos capaces de llenar auditorios.

Y todavía tiene el veneno de los escenarios porque necesita cantarle a la gente sus canciones “después de estar meses encerrado en el estudio”. “Soy nómada y, a veces, hay que irse de uno mismo porque coges unos pedales muy raros”, concluyó uno de los pocos cantantes que son capaces de reunir a más de 1.000 personas simplemente para escucharle conversar.

Fuente: Granada Hoy – ENLACE

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