El grupo regresa en Bilbao con un repertorio fiel a sus orígenes y confirma que sus canciones siguen intactas tres décadas después.
Texto y Fotos: Chema Maestre
Hay regresos que se sostienen sobre la nostalgia y otros que se justifican por sí mismos. El de El Último de la Fila pertenece a la segunda categoría.
El Último de la Fila regresó a Bilbao y el BEC no solo respondió: respiró al unísono. Dos noches, dos llenos absolutos, más de quince mil voces cada vez, como una marea contenida durante años que por fin encontraba orilla
Durante años, la posibilidad de volver a ver juntos a Manolo García y Quimi Portet pareció una de esas fantasías reservadas para las conversaciones de barra y las listas de deseos imposibles. Sin embargo, algunas señales habían empezado a aparecer. En 2023 publicaron una revisión de algunos de los temas más emblemáticos de su repertorio. Aquella relectura despertó rumores, especulaciones y esperanzas. Algo parecía estar moviéndose como si quisieran anticipar que el pasado volvía a estar sobre la mesa, y, lo que pocos imaginaban entonces es que el reencuentro acabaría llegando a los escenarios.
Durante un tiempo, todo quedó suspendido en el territorio de las conjeturas, como si el regreso necesitara madurar en silencio antes de hacerse visible. Hasta que dejó de ser una intuición para convertirse en noticia: había fechas, había escenarios, había una vuelta real.
Y sobre las tablas del BEC de Bilbao, quedó claro que la clave no estaba únicamente en volver a escuchar aquellas canciones. La verdadera noticia era comprobar que seguía intacta la química entre Quimi Portet y Manolo García. Dos personalidades distintas, casi complementarias. El ingenio irónico y aparentemente despreocupado de Quimi frente a la energía inagotable de Manolo, una energía física, desbordante, que parece no obedecer al paso del tiempo y que termina arrastrando al público sin remedio.
Esa misma energía es la que explica que, pese al paso de los años, Manolo siga ocupando el escenario con una vitalidad difícil de explicar. Recorre cada rincón, canta, baila, gesticula y convierte cada actuación en algo más parecido a una celebración colectiva que a un simple concierto. A su lado, Quimi aporta la serenidad, la elegancia y ese punto de complicidad que siempre fue una de las señas de identidad del grupo.
Resultó llamativo comprobar que, pese a las revisiones publicadas hace poco más de dos años, el repertorio recuperó mayoritariamente los arreglos originales. Fue una decisión acertada. El público no acudía a escuchar una reinterpretación contemporánea de aquellas canciones; acudía a reencontrarse con ellas. Y allí estaban, prácticamente intactas, demostrando que habían envejecido mucho mejor que quienes las cantaban desde las gradas.
Y precisamente en esa fidelidad residía buena parte de la emoción de la noche. No tanto en el reencuentro visible sobre el escenario, sino en ese otro, más íntimo y silencioso, que se producía en cada asistente. Las canciones no habían cambiado, pero quienes las escuchaban sí. Y, aun así, o precisamente por eso, seguían encontrándose en el mismo lugar.
Eso es lo que distingue a ciertos artistas: no se limitan a hacer música, levantan pequeños refugios en la memoria. Canciones que se quedan viviendo en nosotros, a resguardo del ruido, y que regresan intactas cuando algo, una nota, una frase, un acorde, vuelve a abrir la puerta.
Porque si algo quedó claro en Bilbao es que las canciones de El Último de la Fila han superado la prueba más difícil: la del tiempo. No son reliquias de una época concreta ni recuerdos encapsulados en los años ochenta y noventa. Siguen respirando con naturalidad, conservan la emoción y continúan encontrando nuevos significados en quienes las escuchan.
Quizá por eso llamaba la atención observar al público. Había muchas canas, sí. Muchas más que en la última gira del grupo. También había hijos que heredaron aquellos discos y espectadores demasiado jóvenes para haber vivido incluso la última etapa de la banda. Durante unas horas, sin embargo, las diferencias generacionales desaparecieron. Todos compartían las mismas canciones y, en muchos casos, recuerdos similares.
Al final, la sensación que quedó flotando en el ambiente fue extraña y hermosa a la vez, como si aquellos treinta años de ausencia hubieran sido apenas una pausa demasiado larga entre una canción y la siguiente.
Al salir del BEC, esa misma sensación seguía allí, adherida a la noche, como si el tiempo hubiera aflojado su paso durante unas horas. Porque hay canciones que no envejecen: esperan. Y cuando regresamos a ellas, no nos devuelven al pasado, sino a una versión de nosotros mismos que creíamos perdida.
Y ahí es donde se reconoce a determinados artistas. No hacen simplemente música. Construyen una banda sonora personal que permanece agazapada durante años y reaparece intacta cuando menos te lo esperas, cuando la vida, o una canción, vuelve a abrir la puerta.
Sobre el escenario, esa memoria también se sostiene en quienes han formado parte de su historia. Manolo y Quimi vuelven a apoyarse en los músicos clásicos de El Último…: Antonio Fidel (bajo); Josep Lluís Pérez (guitarra eléctrica); Pedro Javier González (guitarra española); Ángel Celada (batería); Juan Carlos García (teclados y batería). Les apoyan las coristas Irene Miller y Eva Reina, y la joven Sara García, a la guitarra eléctrica.
Fuente: La Brujula Calahorra – Chema Maestre
El Último de la Fila: las canciones que enseñaron al tiempo a esperar. – La Brújula de Calahorra

