El Último de la Fila, el primero en el refugio de la memoria

Roquetas de Mar, escenario de reencuentro y salitre, acoge una noche en la que la memoria vuelve a sonar en directo

Había algo de ceremonia pagana en el aire, de reencuentro con una parte de uno mismo que permanecía dormida en algún rincón de la memoria, esperando el instante preciso para despertar. El murmullo previo parecía una respiración colectiva, una ansiedad antigua disfrazada de conversación, un temblor de generaciones enteras sosteniendo en el pecho la misma pregunta muda. Qué ocurre cuando regresan quienes escribieron la banda sonora de la intemperie. Qué sucede cuando dos hombres, armados de canciones, vuelven a abrir la herida luminosa de un país sentimental.

La respuesta empezó a escribirse desde el barro de los orígenes. Sin fuegos de artificio, sin solemnidades impostadas, como quien abre una vieja caja de fotografías y descubre que el tiempo no ha logrado borrar el olor del papel. ‘Huesos’ apareció como un fantasma de otro siglo, traída desde aquella época de ‘Los Burros’ en la que todavía estaban aprendiendo a desafiar la gravedad. Sonó áspera, primitiva, casi salvaje, con ese perfume de los años en los que nadie sabía todavía que aquellas canciones acabarían convertidas en refugio. Después llegó ‘Conflicto armado’, otra piedra arrancada de la cantera inicial, como si quisieran recordar que las raíces nunca desaparecen, apenas se entierran un poco bajo el peso de los años.

El viaje avanzó sin prisas, dejándose atravesar por estaciones emocionales. ‘Querida Milagros’ abrió una grieta de ternura entre el gentío, una manera de recordar que hubo un tiempo en el que el amor y la pobreza parecían compartir el mismo portal. Entonces, cuando parecía que la nostalgia amenazaba con instalarse definitivamente, apareció ‘Mi patria en mis zapatos’, esa canción que no necesita bandera porque habla de otra cosa, de la patria íntima, de la que uno arrastra en la suela después de demasiados inviernos. Y ahí estaba la multitud, como peregrinos sin iglesia, buscando in aquellas palabras un lugar donde quedarse.

La sombra de las ausencias

Hubo un instante en el que el concierto pareció mirarse hacia dentro. ‘Sin llaves’ trajo la sombra de las ausencias, la punzada silenciosa de quienes siguen habitando una habitación aunque ya no estén. Las voces del público dejaron de cantar para susurrar, porque hay canciones que no se interpretan, se confiesan. Después, casi como un desgarro inevitable, ‘Aviones plateados’ cruzó el cielo invisible de la noche con ese amor intoxicado de celos y arrepentimientos, con la sensación de estar viendo pasar algo hermoso sabiendo que quizá ya no regrese.

Manolo caminaba por el escenario como quien conoce demasiado bien el peso de las palabras. Había momentos en los que parecía contar historias alrededor de una hoguera imaginaria, con esa mezcla de profeta callejero y poeta de barrio que nunca ha terminado de abandonarle. ‘El loco de la calle’ sonó como una vieja verdad que sigue resultando incómoda, el retrato de quienes viven al margen mientras el resto finge no mirar. Luego apareció ‘No me acostumbro’, y bastaron unos versos para convertir el aire en un álbum de fotos desordenadas, esas imágenes que mienten un poco porque la memoria siempre retoca los bordes del dolor.

Agua de mayo

El pulso fue creciendo lentamente, como sube la marea sin pedir permiso. ‘Dios de la lluvia’ agitó el paisaje emocional con esa intensidad casi litúrgica de los himnos extraños, y ‘Soy un accidente’ llegó después para recordarnos que todos hemos sido alguna vez ruinas sentimentales disfrazadas de fortaleza. En ‘La piedra redonda’ asomó otra vez esa capacidad de convertir lo cotidiano en una reflexión sobre el mundo, de señalar las grietas sociales sin renunciar nunca a la poesía.

Y entonces apareció el mar. Siempre el mar. ‘Mar antiguo’ sonó como si alguien abriera las ventanas de golpe, como si el salitre pudiera servir de medicina para el cansancio acumulado. Fue uno de esos momentos en los que el concierto dejó de parecer un espectáculo y empezó a sentirse como una conversación enorme entre desconocidos que, por un rato, compartían exactamente la misma emoción.

Principio, pero no fin

La excursión a ‘Los Burros’ con ‘Disneylandia’ tuvo algo de travesura, de vuelta al desorden hermoso de la juventud. Aquello no parecía una concesión a los nostálgicos, sino una declaración de principios. Recordar de dónde vienes también es una forma de seguir siendo libre.

A medida que avanzaba la noche, las canciones fueron adquiriendo el tono de las despedidas que todavía no quieren admitir que se acercan. ‘Cuando el mar te tenga’ acarició el escenario con esa melancolía suave de quien aprende a amar sin hacer ruido. ‘El que canta su mal espanta’ y ‘Canta por mí’ funcionaron como un manifiesto involuntario, un recordatorio de que hay heridas que únicamente encuentran consuelo cuando alguien les pone música.

Después llegó uno de esos pasajes donde el tiempo parece detenerse. ‘Llanto de pasión’ apareció desnuda, casi frágil, sostenida sobre el hilo fino de la emoción. El público escuchaba con el respeto con el que se escucha un secreto importante. ‘Lápiz y tinta’ abrió la puerta de la memoria artística, de las cosas que se escriben para no desaparecer del todo. Mientras tanto, ‘Sara’ y ‘Lejos de las leyes de los hombres’ parecían dialogar entre sí, dos maneras distintas de hablar del amor, una desde la frustración, otra desde la libertad.

Monólogo

La delicadeza de ‘Dulces sueños’ llegó como quien baja la voz antes de decir algo importante. Y ‘Ya no danzo al son de los tambores’ terminó de abrir esa veta introspectiva en la que el cantante parecía conversar consigo mismo mientras miles de personas asistían al monólogo sintiendo que, de alguna manera inexplicable, también hablaba de ellos. Hasta que apareció la electricidad de los clásicos inevitables. ‘Los ángeles no tienen hélices’ levantó un oleaje emocional imposible de contener, con esa intensidad casi física de las canciones que uno no escucha, sino que recuerda desde dentro. Y entonces sí, el terremoto. ‘Como un burro amarrado en la puerta del baile’ convirtió al público en una sola garganta, en una celebración salvaje donde desaparecieron las edades, las biografías y las tristezas privadas. Durante unos minutos, todo el mundo parecía tener veinte años, aunque el espejo llevase décadas empeñado en decir otra cosa. Era imposible no rendirse ante ese estribillo que ya pertenece al patrimonio sentimental de varias generaciones.

Pero todavía quedaba el golpe definitivo. ‘Insurrección’ cayó sobre la noche como un manifiesto íntimo, una revuelta hecha canción, una manera de seguir creyendo que la vida merece ser peleada incluso cuando aprieta los dientes. Nadie quería que terminara. Nadie estaba preparado para aceptar que el viaje se acercaba a su última curva.

Y, sin embargo, eligieron despedirse con humildad, como quien sabe que también ha sido discípulo antes de convertirse en leyenda. ‘El Rey’, de José Alfredo Jiménez, apareció envuelta en aroma de cantina, de brindis tardío, de abrazos que duran un poco más de la cuenta. Miles de voces cantaron aquello de vivir con dinero y sin dinero como si no fuera una ranchera, sino una filosofía de resistencia.

Tras la aparente despedida, el grupo regresó al escenario para realizar un único bis. Una última concesión antes del cierre definitivo donde decidieron repetir ‘Llanto de pasión’, volviendo a inundar el espacio con esa misma atmósfera íntima que ya había emocionado al público minutos atrás.

Al final quedó un silencio extraño, hermoso, parecido al que deja el mar cuando acaba de retirarse. La sensación de haber atravesado una noche hecha de recuerdos, cicatrices y canciones que siguen respirando aunque el tiempo insista en pasar. Porque hay artistas que ofrecen conciertos y otros que construyen refugios.

Ellos, una vez más, volvieron a levantar una casa para quienes aún creen que la poesía también puede cantarse.

Escenario y público, en una fusión de sentidos.
Escenario y público, en una fusión de sentidos. (J. J. A.)

El refugio de la estirpe

El Peroles dio cabida a ‘peregrinos’ llegados desde los puntos más increíbles para asistir a uno de los conciertos, sino el que más, que más se quedan en la memoria colectiva. No es sólo música. Tiene ese matiz de haber estado en algo épico sin exclusión por ‘grupos de edad’ porque había espectadores que rondaban los 70 y otros que no llegaban a la veintena y todos tarareaban, al dedillo, cualquiera de las canciones, o ‘sentencias’ de un grupo que sonó igual que en sus comienzos, con la pureza de músicos auténticos por lo que puedan haber pasado los años, pero nunca el tiempo con eternos componentes de la banda como Juan Carlos García, con los teclados, percusión, batería y coros; Antonio Fidel, con el bajo; Pedro Javier González y sus prodigiosas manos para hacer que la guitarra española hablara; Ángel Celada, a la batería, e invitado a hacer sus ‘pinitos’ cantando con los coros de Eva Reina e Irene Miller la sabia nueva de Sara García, con la guitarra eléctrica.

Quimi, compositor de algunas de las mejores canciones del grupo, no se olvidó de contar una anécdota entre ‘Mi patria en mis zapatos’ y ‘Sin llaves’. Recordó los primeros años de ‘Los Rápidos’ y ‘Los Burros’ con conciertos que «éramos más los músicos que los 50 espectadores. Manolo siempre decía aquello de ‘id y multiplicaos’ y fijaros por dónde vamos ya». Él fue el encargado de presentar al grupo, relacionando todos los miembros que permiten que llegue el sonido, que a Manolo no le falte el micro cuando «se pega esas carreras por el escenario o para llegar a vosotros».

El Último de la fila es reivindicación, alineado en causas nobles, lo dicen los mensajes que aparecían sobre el escenario, algunos curiosos. Manolo García dedicó el concierto a «agricultores y ganaderos. Los grandes son los más protegidos, pero ellos y los autónomos, con la que está cayendo…», sin olvidarse del alegato hacia el cambio climático.

Juanjo Aguilera en El Ideal – El Último de la Fila, el primero en el refugio de la memoria | Ideal