El último reencuentro surrealista

Manolo y Quimi han bailado la danza de la lluvia junto a 56.000 incondicionales

El Último de la Fila, banda surrealista al alcance de cualquiera, antihéroes glorificados por una legión de seguidores, ha ejecutado la palabra incumplida de no volver a tocar juntos, y lo ha hecho delante de 56.000 personas como unos Stones cualquiera para darse el gusto de volver a tocar, igual que un par de años atrás se desobedecieron a ellos mismos publicando Desbarajuste piramidal por el mero placer de grabar de nuevo.

Es lo que tiene tomarse a broma algo tan lúdico como la música, y a broma de despedida de soltero sonó la banda mariachi que apareció por sorpresa una hora antes de la actuación, para amenizar a base de rancheras la espera del público, que llevaba 30 años soñando con ver de nuevo a sus compañeros de vida sobre un escenario.

Los protagonistas han dedicado la noche a Llach, Sisa Riba y Quim Monzó, “que sent el terrabastall des de casa”

Una multitud de viejos rockeros ha respondido a la llamada –veteranos, aunque no tanto como los protagonistas de 70 y 68 años– congregados en un estadio multitudinario, cita única en la carrera de El Último, que de esta moda pretenden que nadie se quede sin verles tocar de nuevo las canciones convertidas hace tiempo en protagonistas de fiestas populares, viajes en coche, entrenos dominicales o instantes cualesquiera de melancolía.

Manolo, con americana, pañuelo y gafas de sol, y Quimi, vaqueros, camisa arremangada y también gafas, han soplado al unísono y el barco ha navegado por la senda del pasado con Huesos, el mismo tema de Los burros con que arrancaron su último concierto antes de disolverse. A su lado, algunos de los músicos que les han acompañado desde sus comienzos hasta aquella despedida de 1996.

Allí estaba a la batería Ángel Celada, habitual de los conciertos de Quimi, o Juan Manuel García a los teclados, mientras que Manolo se trajo consigo a Pedro Javier González a la guitarra española, o Antonio Fidel al bajo, compañero desde los tiempos de Los Burros, y a Sara García, la más joven del grupo –y, según parece, hija del propio Manolo– al teclado y la guitarra.

Siete músicos y dos coristas han acompañado al dúo para repasar la carrera de El Último, que actuó bajo un enorme pez iluminado para conjurar la lluvia que cayó a ratos durante la tarde-noche del domingo, y que no pasó de unas cuantas gotas. Otra broma, como el videojuego de matamarcianos (pulpos marcianos, en este caso) que ha aparecido en las pantallas gigantes para quitar hierro a la tan sobada nostalgia que llena estadios desde hace años.

Quimi Portet y Manolo García, juntos sobre el escenario de Fuengirola 
Quimi Portet y Manolo García, juntos sobre el escenario de Fuengirola Marenostrum Fuengirola

“¡Bona nit, amics i veins de Barcelona!” ha saludado Manolo, pidiendo un gran “¡Hola!” como el que sonó en la inauguración de los Juegos Olímpicos, evento tan barcelonés como Querida Milagros, primero de los temas que puso a cantar al público mientras el vocalista se acercaba al borde del escenario para, en solidaridad con los presentes, mojarse bajo el regalo que el Dios de la lluvia ofreció anoche en contrapartida, que “donde hay humedades hay alegría”, recordó Manolo.

“Venc Opel Corsa”, podía leerse sobre el escenario, y las pantallas ofrecían imágenes de pollos rustiéndose al ast. Acompañamiento más que ilógico para Mi patria en los zapatos. “El factor más importante de esta ecuación son ustedes”, saludó Quimi Portet, agradeciendo al público que hubieran hecho tanto caso a Manolo cuando, décadas atrás, pedía a sus reducidas audiencias que crecieran y se multiplicaran.

Y así lo han hecho, sumando a los autores de Aviones plateados al cada vez más numeroso club de artistas capaces de llenar grandes estadios, con el añadido en su caso de no utilizar más que música, que sonó bien, y saber estar sobre el escenario en buena forma, la de aquellos que nunca han dejado de tocar.

La noche ha ido de menos a más, y aunque los asistentes no saltaron desaforados de principio a fin como suele cuando es Springsteen el que sube al escenario, no implica que no hubiera conexión, sólo que esta vino de más abajo, más catalana quizá. De los aplausos que ha arrancado la dedicatoria del concierto a Llach, Sisa, Ia & Batiste y Pau Riba (Quim también saludó a otro Quim, Monzó, “que sent el terrabastall que fem des de casa”) antes de que sonara el suave rock de La piedra redonda y Mar antiguo, con un mar de luces en el Olímpic que acompañó a las imágenes de los primeros años de Manolo y Quimi.

Peces y regaderas han flotado sobre la superficie lunar mientras sonaba la pausada Disneylandia, que Manolo ha cantado tumbado boca arriba sobre un sofá con ruedas, lanzado al final sin miramientos por el borde del escenario a mitad del concierto, que superó por poco las dos horas. Fue entonces cuando la lluvia arreció de nuevo al compás de una segunda parte en la que la banda echó toda la carne en el asador.

Enfundado en un albornoz y quejándose de que “El Dios de la lluvia no nos hace ni puto caso”, Manolo ha disparado balas de plata: Cuando el mar te tengaEl que canta su mal espantaLápiz y tinta o una eufórica Lejos de las leyes de los hombres, con el público de las gradas en pie, esta vez sí, compitiendo con el boss. También Sara, “hay quien dice que le puse a esta canción el nombre de mi hija”, ha comentado Manolo con cierto misterio, y en la pantalla se leía “Catarsi col·lectiva”.

Catárticos han sido los bises, donde Ya no danzo al son de los tambores Como un burro amarrado a la puerta del baile completaron el viaje que culminó, como no podía ser, en Insurrección colectiva, punto final al feliz retorno de Manolo y Quimi, que con esta gira se condenan al acoso de quienes no se conformarán y pedirán que este concierto no sea el último.

Fuente: Sergio Lozano – La Vanguardia – El último reencuentro surrealista
Foto Alex Garcia