En la primera de sus dos noches en Barcelona, y ante casi 50.000 personas, Manolo García y Quimi Portet demostraron que su regreso no se apoya solo en la nostalgia, sino en una energía irrevocable de rock atemporal
En lo musical, hacer estadios está de moda. Lo hacen Aitana, Beyoncé, Coldplay, Taylor Swift, Bad Bunny y hasta Oques Grasses cuatro noches seguidas. Todos los artistas de renombre, y con un séquito de fans lo suficientemente entregados, y con una cartera proporcionalmente gruesa, escogen los recintos con mayor capacidad de cada país. 50.000, 70.000 y hasta 90.000 espectadores de una tirada. Cuantos más, mejor. Esto conlleva semanas, meses, incluso años de preparación. Dar conciertos incansablemente para ganar las tablas adecuadas para presentarse delante de una multitud que cuesta imaginar en proporciones de a pie. Vaya, como quien se prepara para la prueba final de unos Juegos Olímpicos.
Lo que no es habitual, y mucho menos recomendable, es haber estado treinta años de parón y decidir hacer el Estadio Lluís Companys de Barcelona como si nada. Pero ya se sabe: «Lejos de las leyes de los hombres, donde se diluye el horizonte, he visto el paraíso y el infierno sin ni tan siquiera abrir los ojos«. Después de más de treinta años sin pisar los escenarios, El Último de la Fila ha salido a la carretera con doce fechas que les llevarán de Fuengirola a Valencia, pasando por Barcelona, Madrid, Sevilla y Bilbao, entre otras ciudades de la península. Y aunque su regreso dio inicio el pasado 25 de abril, en las malagueñas tierras del Marenostrum, su auténtica presentación iba a ser en su segunda fecha, el 3 de mayo, en el Estadi Olímpic Lluís Companys de Barcelona.
Con anuncio de lluvias, y arropados por un público que estaba más cerca de la jubilación que de las improvisadas noches de juventud relatadas en las canciones, el primero de sus dos conciertos en Montjuic empezaba con el cartel de todo vendido en la puerta. Se jugaba en casa, y los catalanes tenían el cariño de toda esta gente. Quimi Portet y Manolo García lo tenían claro: era hora de hacer un homenaje a su historia y a las de sus fans. Pero aunque ambos miembros han seguido sobre los escenarios con sus carreras en solitario, era inevitable preguntarse si, después de tanto tiempo, y ya con una cierta edad, estarían a la altura de dicho estadio.
En una noche imperativamente nostálgica, había que empezar por el principio. Por eso, mientras que una leve lluvia empezaba a mojar a un público preparado para hacer dos horas de cardio a base de rock, con tintes flamencos, reminiscencias entre árabes y psicodélicas, El Último de la Fila decidió hacer un homenaje a su primera banda, Los Burros. Abrió el concierto con sus temas Huesos y Conflicto Armado. ¡Paraguas arriba! Manolo García, a sus 70 años, estaba dispuesto a demostrar por qué seguía siendo un frontman digno de congregar y dirigir multitudes. «¡Bona nit amics y veïns de Barcelona!» Y si se mojaba su público, él también. «Me voy a meter una hostia de puta madre» bromeó.
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Un escenario sin muchas florituras, que solo es aparentemente justificable en conciertos de rock. Diez músicos sobre las tablas. Viejos conocidos de sus últimas giras como Antonio Fidel al bajo, Ángel Celada a la batería o Pedro Javier González a la guitarra española y tres mujeres: Irene Miller y Elena Reina a los coros, y la joven guitarrista y teclista Sara García. Primero fue la euforia de Querida Milagros y luego Mi patria en mis zapatos. Mientras que ellos aguantaban el pulso, con proyecciones de pollos al ast en las pantallas, el público parecía solo poder aguantar la entrega en las primeras estrofas, una dinámica que se repetiría a lo largo del concierto. «Si hacemos esta pequeña gira es en primer lugar para poder huir de las férreas estructuras familiares. Y la otra es volver a tocar con ellos después de tantos años.» dijo Quim Portet. «Ah, ¡y por vosotros! ¡Por vosotros, primero de todo!«. En retorno, ovación general, ovación cada vez que acabara un tema o hablaran sus ídolos.
Aun así, existen canciones hechas para conseguir arrancar a cualquier fan incluso cuarenta años después de la primera vez que sonaron. Ese es el caso de Aviones plateados, que consiguió que el público cantara incluso cuando no lo hacía García. Sus seguidores, aunque entregados, tenían la energía propia de quien sabe que trabaja mañana. Pero estaban dispuestos a seguir todas las órdenes del frontman. Si García decía cantad, cantaban; si decía palmas, ellos aplaudían al compás de El Loco de la Calle o de No me acostumbro.
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Llegados al ecuador del concierto, Manolo García dedicó el concierto a «la cultura de Barcelona de sempre« haciendo referencia a su ciudad en los 70, en la cual él y Portet se conocieron, y a los músicos que abrieron camino en aquel entonces, como Lluís Llach o Sisa. Y aunque el escenario no tuviera un efecto wow suficientemente impresionante para un estadio, los visuales de la pantalla trasera fueron un entretenido y perfecto reflejo de su universo único, en ocasiones rozando el realismo mágico, en ocasiones cómico, en ocasiones escribiendo COMPRO ORO, pero siempre sorprendente.
Pero volvamos a la música. Era el turno de su particular balada rock Mar Antiguo, que logró levantar las linternas de su público, algo desentrenado en lo que dinámicas de concierto se refiere. Disneyland, tema original de Los Burros, tomó el relevo a dicho momento sentido. Un tema que originalmente contenía la frase «si vuelves, te mataré«, que se decidió omitir en directo. Hay que saber evolucionar, adaptarse o evitar la cultura de la cancelación. Pero si se habla ante decenas de miles de personas, hay que saber qué mensaje se quiere transmitir.
La noche volvió a tener una inyección de energía con los principios de psicodelia de Cuando el mar te tenga, que puso al público a saltar, e incluso logró levantar las gradas que habían permanecido sentadas hasta ese momento. Manolo García se movía por el escenario intentando secarse con un albornoz por capa, cantando aquello de «el que canta el mal espanta» mientras que la lluvia persistía, dando un punto entre medio épico, de estrellas que pueden aguantar un concierto húmedo, y un gag cómico. Y como una rockstar que aún no ve su fecha de jubilación, bajó al público a cantar Llantos de pasión. Una muestra más de que hay temas que logran envejecer como el buen vino. Ovación, saludo a Quim Monzó y sus repetidas quejas por el ruido del estadio, y hacia la traca final.
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El repertorio fue una equilibrada mezcla de sus mejores temas de sus discos Enemigos de lo ajeno (1986) y Como la cabeza al sombrero (1988), sin olvidar los hits de Astronomía razonable (1993), entre los que no faltaron Lápiz y tinta, Sara, dedicada a la hija de Manolo García, que le acompañaba en el escenario, en esta ocasión a la guitarra, o Lejos de las leyes de los hombres. Una selección que a día de hoy ha llegado a influenciar proyectos actuales como los de Alcalá Norte o Corte!.
Casi una hora y tres cuartos de energía incesante en el escenario merecían un descanso. Seis minutos y solo seis minutos después, volvieron a dar un encore para la historia. «Que soc de Barcelona i em moro de calor«. El combo final de Como un burro amarrado en la puerta del baile e Insurrección fue una celebración eufórica de música bien hecha, de aquella que no entiende de modas ni tendencias, sino de una visión que va más allá de lo que se espera de uno. Confeti, fuegos, globos de delfines y todo el mundo en pie después de más de dos horas de concierto. Y como regalo, antes de dejar el escenario, cantaron El Rey de Vicente Fernández. Al fin y al cabo, Quimi Portet y Manolo García, con dinero y sin dinero, ellos han hecho siempre lo que han querido. Treinta años después, El Último de la Fila demostró que el éxito de su regreso no solo se alimenta de nostalgia, sino de una calidad intacta hecha a base de canciones capaces de llenar estadios.
Fuente: Eva Sebastian – El Confidencial – Treinta años después, entre lluvia y nostalgia El Último de la Fila hace vibrar como nunca el Estadio Olímpico de Barcelona
Foto: Lorena Sopena

