Manolo García demuestra en Madrid, dentro de la gira de teatros «Drapaires poligoneros», que la juventud no siempre va ligada a la edad
La luz que despide Manolo García tiene ecos de un tiempo en el que los sabores te explotaban en el cielo de la boca, los olores te entraban en el cuerpo igual que una espada y los ojos, veloces como los dedos de un carterista, atrapaban los detalles más sutiles. Lo adornan ya siete décadas, pero encima de un escenario exhibe trazas de antorcha: baila, camina de un extremo al otro sin evidenciar cansancio y pasa de la risa al calambrazo de emoción en una milésima de segundo. Ofrece, en fin, cuanto tiene y algunos gramos más. Pero ante todo canta como si los años no hubiesen transcurrido implacablemente: sorprende el excelente estado de salud de su voz, que solo puede atribuirse a una naturaleza privilegiada y a una existencia alejada de cualquier exceso que no sea el de exprimir la vida al máximo sin olvidar que tu cuerpo es el resultado de aquello que le das. Y a tenor de lo visto anoche en Madrid, él se emborracha a diario con aire y agua.
Hay días en los que los planetas se abrazan y todo sale mejor que bien, y eso fue lo que sucedió en el Palacio Municipal de Ifema. Manolo se fue desprendiendo de la ropa según avanzaba el concierto, con ese ritmo a salvo de premuras que ha marcado su extensa y magnífica obra. Y el público iba del silencio respetuoso a la catarata de aplausos, si bien estos, y los gritos y un canto general, ocuparon la mayor parte de la noche. El repertorio fue un cóctel en el que convivieron las canciones de su último trabajo, el que da nombre a esta gira, con las del primer disco que publicó tras la disolución de El Último de la Fila, «Arena en los bolsillos» (1998), y en el que casi todos los temas son hits que cualquier seguidor se sabe hasta la última coma. Hablo, entre otros, de «Como quien da un refresco», «Carbón y ramas secas», «La sombra de una palmera», «Sobre el oscuro abismo en que te meces», «A San Fernando, un ratito a pie y otro caminando» y esos «Pájaros de barro» que vuelan más alto que las águilas imperiales. Y sonaron también algunas otras de sus canciones inmortales, caso de «Nunca el tiempo es perdido» y «Somos levedad». La sólida banda que lo acompaña, de entre la que destacan cuatro guitarristas, tuvo sus fragmentos de protagonismo, y Manolo tocó la percusión e hizo solos con la voz como si esta fuese un instrumento más.
«Me gustaría dedicar el concierto de hoy a los autónomos», dijo el cantante
Un concierto en un teatro es un ejercicio sostenido de cercanía, pero en esta primera cita en Madrid (volverá al mismo recinto un día antes de la Nochebuena) lo fue en el sentido estricto del término: Manolo se arrimó a la gente, la tocó e incluso bajó del escenario y caminó entre el público. Y hubo de igual modo varios momentos para la reivindicación, que es la mejor manera de explicar que, por muy bien que a ti te haya tratado la vida, sigues al loro de lo que pasa en el mundo: «Me gustaría dedicar el concierto de hoy a los autónomos», dijo, y el teatro entero rugió. O ya al final: «Justicia social. Los alquileres, la comida… Que la gente pueda vivir». Porque a este hombre en apariencia tranquilo lo que le encoleriza es el desdén de los poderosos hacia quienes los mantenemos allá arriba y, encima, los padecemos.
Cumplidas las dos horas de actuación hubo quince minutos de descanso, tras los cuales García regaló una potentísima traca final que remató con dos rancheras celebérrimas, «Volver, volver» y «El rey». Amagó después con abrochar el concierto con el mayor grito de guerra que ha salido de su cabeza y de sus tripas, «Insurrección», donde el halcón herido que fue se vengó de los todopoderosos que no creyeron en él, y en ese instante una buena parte de los asistentes regresó a los eternos 80. Pero tras la despedida en falso llegó «La bamba», de Ritchie Valens, tercer homenaje de la noche a la mejor poesía popular para ser cantada y el último empujón para el desmelene colectivo.
En una de sus breves alocuciones, el músico afirmó: «Quiero vivir del presente, no de la nostalgia. No quiero vivir en un ay, quiero vivir en un hoy». El concierto de anoche, musculado de memoria, quedará grabado por siempre en el paladar de todos los que estuvieron allí. Pero cada vez que lo recuerden se sujetarán la añoranza y se pellizcarán para sentir tan solo el instante, tal y como Manolo les dictó. Y al sonreír quizá les visite la misma felicidad en estado puro que sintieron entonces.
Fuente: La Razon – https://www.larazon.es/cultura/luz-manolo_20251220694665ba22f0db7daff8988e.html
De Javier Menéndez – Foto Ricardo Rubio

