Manolo García en Logroño: del barro al polígono, canciones que laten despacio

exto y Fotos: Chema Maestre

Manolo García llenó Riojafórum por completo en su regreso a Logroño para presentar Drapaires poligoneros, un disco que rebosa escenas urbanas y cotidianas, esculpidas con un rock más lento, fruto, como él mismo suele reconocer, de esa madurez que cambia el ritmo, pero no la emoción. Por eso fue un concierto que respiraba despacio, más templado, pero igual de intenso por dentro.

El concierto arrancó como arrancan los últimos directos de esta gira de teatros: abriendo la puerta de su nuevo universo. Canciones como Pequeña e ingenua reflexiónZapatero o A quien tanto he querido fueron marcando el pulso inicial, presentando ese sonido más calmado, más áspero y callejero que define Drapaires poligoneros. Ahí quedó claro el tono del concierto: menos carrera, más mirada.

La noche tuvo una clave evidente: el concierto se articuló como un puente entre su primer disco y el más reciente, entre Arena en los bolsillos (1998) y Drapaires poligoneros (2025). Veintisiete años de distancia orbitando en una misma lista, alternándose con naturalidad, como si esas canciones hubieran estado siempre hablándose entre sí. Ese diálogo entre el origen y el presente marcó el tono, la cadencia y, sobre todo, la emoción.

Uno de los grandes momentos llegó con una brutal y sentida versión de Como quien da un refresco, con un final del violín de Olvido que levantó ovaciones largas, de esas que no se discuten. En esa línea dejó caer otra de sus verdades: “Hay que vivir del presente, que es lo único que tenemos”, una frase que dialogó a la perfección con Prefiero el trapecio, ese himno a la dignidad y al trabajo digno.

“En la vida, si no cantas, mal”, dijo entre risas, como quien resume su filosofía en una sola línea; quizá por eso Drapaires poligoneros suena a cuaderno de apuntes callejeros, mientras sus clásicos, Pájaros de barroCarbón y ramas secas, siguen deteniendo el aire en los teatros, como si congelaran el tiempo, las nuevas piezas van apareciendo como respiraciones largas: LloraréFuego fatuoNo estás solo, tienes tu voz… canciones hechas para quedarse, dialogando con las de siempre en un mismo latido.

Ese aire más íntimo no le impidió hacer lo que solo él hace: bajarse del escenario, hasta tres veces, mezclarse con su público, cantar entre las butacas, saludar, abrazar y comprobar que en Logroño había niños, sí, niños, imagino descubriéndolo por primera vez. Todo eso con una gripe que no logró debilitar una voz que sonó sorprendentemente sólida.

Diez minutos de descanso bastaron para que la sala recuperara el aliento antes del último asalto. Y entonces llegó Somos levedad, como un recordatorio urgente: la vida corre demasiado. Después, el tiempo se volvió secuencia: Nunca el tiempo es perdidoUn giro teatralUn poco de amorViernes… cada título como una página arrancada de su propio diario. Y cuando parecía que todo estaba dicho, irrumpieron las rancheras, esas que en su voz suenan a tradición y a fiesta: El Rey y Volver, volver, inevitables, coreadas como si fueran propias. El cierre fue un temblor: Insurrección. Ese himno que atraviesa generaciones y se instala donde duele y donde salva. Escucharlo sin que algo tiemble por dentro es, sencillamente, imposible.

Ese cierre entre lo eléctrico y lo folclórico terminó de sellar un concierto que, sin ser el más rápido, sí fue uno de los más honestos.

anolo García volvió a Logroño con un repertorio que latía despacio, pero con la convicción de quien une los puntos de su carrera sin nostalgia ni impostura: del primer disco al último, del barro al polígono, del origen a este presente cada vez más sereno. Y uno sale con la sensación de haber asistido a algo más que un concierto: una conversación íntima con un artista que sigue sabiendo dónde colocar el corazón.

Fuente: La Brújula Calahorra – Chema Maestre – Manolo García en Logroño: del barro al polígono, canciones que laten despacio – La Brújula de Calahorra