Hay artistas que forman parte de tu vida mucho antes de que te des cuenta. Artistas que se te quedan pegados en las primeras edades en las que aún no sabes muy bien quién eres, pero sí reconoces qué voces ordenan tu mundo. Manolo García pertenece a ese grupo. Su música ha acompañado tantas vidas, tantos comienzos, tantas pérdidas y tantas estaciones intermedias, que cualquier concierto suyo activa algo más profundo que el simple disfrute.
Lo que ocurrió en el Palacio de Congresos de Santiago no fue un directo más. Fue una especie de ajuste de cuentas emocional. Una vuelta a aquello que una vez te sostuvo sin que tú fueras demasiado consciente. Un recordatorio de que hay canciones que se quedan contigo incluso cuando todo lo demás cambia.
La noche arrancó con “Pequeña e ingenua reflexión”, y esa elección no fue casual. La canción abrió una puerta. Una entrada en voz baja, sin estridencias, que permitió que el público —entregado y emocionado desde el primer acorde— ajustara la respiración a la del escenario. Y ahí, antes siquiera de que cayeran los primeros aplausos, ya se intuía que el concierto no iba a apoyarse en la sorpresa, sino en la emoción en estado puro.
Tras ese arranque, García alternó canciones de distintas etapas de su trayectoria. “Zapatero” o “A quien tanto he querido” convivieron con “Subí con la dama”, que funciona casi como una carta de presentación del sonido de “Drapaires poligoneros”, dejando claro desde el principio que la noche iba a moverse entre lo nuevo y lo que lleva años recorriendo los escenarios. A partir de ahí fue desplegando el disco reciente sin necesidad de anunciarlo: “Lloraré” apareció con una vulnerabilidad inesperada; “Del bosque de tu alegría” y “Fuego fatuo” aportaron luz y melancolía; y “Recuerdo vertical” o “Un nudo gordiano” bajaron el pulso para dejar respirar las letras. Nuevas, sí, pero integradas con naturalidad incluso dentro de una revisión especial de “Arena en los bolsillos”, lo que dice mucho del momento en el que está García. Hay continuidad. Hay pulso.
La banda acompañaba con una precisión preciosa, milimétrica, dejando huecos, respirando. Nada sobraba. Cada detalle estaba donde debía. En un espacio como el Palacio de Congresos —grande pero cálido, amplio pero no frío— la música se expandía como quien despliega un mantel conocido sobre una mesa que ha visto muchas noches parecidas. No era intimidad, era cercanía emocional. Una cosa que no depende del aforo, sino de la forma en la que un artista decide ocuparlo.
Después de ese bloque, llegó otro gran momento compartido de la noche. “Pájaros de barro” volvió a hacer eso que hace siempre: detener el tiempo. La cantó mucha gente sin cantar en voz alta. No era un coro estruendoso. Era el tipo de canto que nace en la garganta y se queda ahí porque hay cosas que solo se dicen por dentro.
A partir de ahí, el concierto entró en su tramo final con la aparición de otra de las piezas de su nuevo trabajo, “No estás solo, tienes tu voz”, que funcionó como un puente emocional hacia el cierre. A estas alturas, ya no sonaba como un estreno, sino como una canción que había encontrado su lugar entre las otras. Un hallazgo luminoso, delicado, que actuó como una respiración profunda antes del impulso final. Después llegaría “Prefiero el trapecio” y, ya en pleno desahogo colectivo, “A San Fernando, un ratito a pie y otro caminando”.
El bis llegó con “Somos levedad”, un abrazo colectivo, un recordatorio casi urgente de que, aunque la vida corra demasiado deprisa, hay música que te devuelve al centro. Después, “Nunca el tiempo es perdido”, “Un giro teatral”, “Un poco de amor”, “Viernes”, un par de rancheras, “El rey” de Vicente Fernández no podía faltar, y, como cierre inevitable y conmovedor, “Insurrección”. Ese himno de El Último de la Fila que ya no pertenece a nadie, que ha pasado por tantas —y tantas— generaciones que es imposible escucharlo sin que algo te tiemble por dentro. La cantó medio Santiago.
Cuando terminaron los aplausos, quedó esa sensación —difícil de nombrar pero fácil de reconocer— de haber vuelto a un lugar del que, si me lo permitís, no me había ido nunca. No fue nostalgia. Fue algo más delicado: el reencuentro con la emoción primera, esa que aparece en muy pocos conciertos y con muy pocos artistas.
Bea Camiña en Galicia en Concierto – Crónica concierto Manolo García en Santiago de Compostela 2025 | Agenda Completa Conciertos

