Manolo García: «Desde los 12 años supe que quería ser libre a través de la música»

El artista barcelonés desembarca mañana en la sala Mozart del Auditorio de Zaragoza inmerso en su gira acústica.

Manolo García (Barcelona, 1955) comparece mañana en la sala Mozart del Auditorio de Zaragoza (21.00) inmerso en una exitosa gira acústica que comenzó en abril y que finaliza en diciembre. Durante casi tres horas de comunión con el grupo repasa las gemas de su rico repertorio, desde Los Rápidos a El Último de la Fila, pasando por su fructífera etapa en solitario. Las entradas, que cuestan entre 40 y 55 euros, están a punto de agotarse.

Pasan los años y las décadas y sigue gozando del favor del público. ¿Cómo lo vive? 

Es estupendo. Me propuse ser músico muy jovencito. Tuve esa inclinación desde muy crío. Empecé a querer salir de un mundo que entendía encorsetado, de prohibiciones, de obligaciones, de peligros, de miedos… Yo quise ser libre. Desde los 12 años vi que mi camino iba a consistir en pintar y ser músico. De adolescente comencé a tocar la batería en orquestas de baile. Recuerdo actuar en muchos pueblos de Zaragoza y de Huesca. Igual tocábamos boleros o pasodobles, como nos arrancábamos con temas de la Creedence o de Led Zeppelin. Esa fue mi escuela. Me fui adentrando en ese mundo arrastrando una doble tarea ya que no me daba para vivir, y trabajaba en una carpintería y en otros sitios. Cuando volvía del bolo derrotado en una furgoneta DKW de esas viejas, cargaba y descargaba a las siete de la mañana y a las ocho entraba al taller. A pesar de eso, no me rendía y crecían las ganas de ser músico. Cuando volví de la mili me dí el aprobado y decidí que la música sería para siempre. Y aquí sigo con la misma idea.

¿Qué les diría a los chavales que hoy sueñan con seguir sus pasos y que se topan con múltiples complicaciones?

Que sólo queda el entusiasmo y la fe de cada uno. Hoy en día, quitando el espejismo de un triunfo rápido y fácil (que nadie se lleve a engaño, es para cuatro y es relativo), lo que predomina es el amor al arte. Si tienes amor al dinero, te acabas estrellando porque no hay sitio para tanta gente. El dinero es para los más pillos y listorros. Si no tienes amor al arte, mejor que lo dejes. Hoy más que nunca.

Resulta sorprendente su precocidad vocacional. ¿Le influyó la familia o su entorno? 

Para nada. Yo he sido un menhir, un trozo de pedrusco ahí en medio, contra viento y marea. Me han intentado tumbar muchísimas veces las opiniones, los consejos… Me llamaban loco. Recuerdo que mi padre me decía: “pero sí tú no eres hijo de torero ni de famosos”. Mis padres venían del campo, habían sido labradores pobres en unas tierras yermas desde la infancia. Yo había visto esa historia a través de mis abuelos, con las ovejas y las vacas en plan pobre. En Barcelona, mi recuerdo es de mi padre, un obrero no cualificado trabajando en la metalurgia en fábricas que hacían vías de tren y los primeros trenes de la época. Yo veía trabajar a esos hombres y pensaba que era una esclavitud. Además, en España se estaba saliendo de una etapa gris, en blanco y negro; de carencias y cerrazón. Esos nuevos vientos que llegaban de fuera, en este caso en forma de música, en las radios seguían sonando Valderrama y Molina, pero también cosas nuevas como Jimi Hendrix y Led Zeppelin. Yo estaba con los ojos y los oídos abiertos. Me impregné de eso en una Barcelona que estaba explotando en la contracultura, los cómics, cantautores como Raimon, Pi de la Serra o Labordeta que hablaban de libertad, los rockeros que venían de Sevilla como Smash… Se me iba la cabeza y vi la libertad. No era justo meter vigas en un horno durante doce horas por cuatro duros. La música era el camino para escapar de eso.

¿Sus padres disfrutaron sus triunfos?

Mi madre, por suerte, aún vive y está en sus cabales. Ayer estuve con ella y me dijo que tuviera cuidado en la gira. Mi padre, que ya falleció, me dijo que intentaría que me metieran en la oficina de la fábrica como delineante porque dibujaba bien. Pero yo le dije: papa, yo voy por otro camino. Y él me contestaba: «te vas a pegar una leche, que la música es cosa de vagos, degenerados y drogadictos». Pero poco a poco vio que mi vocación era firme, que no me tiraba al campo a lo loco. En aquellos tiempos la heroína hizo estragos en mi barrio y la música era una buena forma de escapar. Así que mi padre se fue convenciendo. Y cuando El Último de la Fila comenzó a funcionar, me dijo que estaba asombrado, que tenía razón y reconoció su derrota. Comenzó a venir a los conciertos orgulloso y ufano. Lo colocábamos en un sitio de honor y le decía a la gente: «es mi hijo, es mi hijo».

Si viera que en esta gira toca en escenarios tan prestigiosos como la sala Mozart o el Liceu… 

Estaría muy orgulloso y yo también estoy muy contento del viaje que estoy haciendo con esta gira de 50 y pico conciertos desde abril hasta diciembre, compartiendo vía con compañeros y lo pasamos bien porque cada noche vemos que la gente lo pasa bien y, cuando llegamos dos horas y pico, pregunto si quieren un rato más, y siempre nos dicen que sí. Eso es un premio.

Debe ser para usted una motivación darle la vuelta a sus canciones, con laúd y contrabajo, con nuevos arreglos. 

En formato acústico puedo cantar de una forma más suave, modular, me deja más espacio porque los instrumentos acústicos son más dulces. Revisito canciones que llevo tocando 30 años y suenan nuevas. A mí nunca me ha ocurrido cansarme de tocar una canción. Lo prometo.

¿Qué repertorio abordará mañana?

Un poquito de todo. De El Último de la Fila hago un poupurrí. Me complace tocar ‘Navaja de papel’, la primera canción que compuse con Los Rápidos, y la toco muy a gusto con la armónica. Busco ser feliz. El asunto es que cuando me planteo sobre el papel el repertorio de la gira, barajo 200 canciones. Evidentemente me dejo muchas fuera. Lo normal en un concierto es tocar 22 canciones y yo toco 32. Es un bonito disparate.

Usted nació y se crió en Barcelona. ¿Cómo ha vivido los acontecimientos que han sucedido en su ciudad en las últimas semanas?

Con tristeza. Barcelona es el escenario de mi vida. Ver esas imágenes de violencia en una confusión social que es un río revuelto para la ganancia de unos pescadores. El río hay que dejarlo manso. Hace meses en un comunicado dije que una cuestión política hay que solucionarla políticamente. Cuando comienzan los porrazos, no es bueno para nadie. Yo soy muy pacifista. Respeto todas las ideas y creo que hay que arreglarlo en una mesa hablando durante meses o años, lo que haga falta. Debe imperar el sentido común, intentar que las aguas vuelvan al cauce. Los incendios no se apagan con gasolina, sino con extintores. Es muy complicado el asunto. No hay que dar ni un milímetro de pie a la violencia. Puedes tener tus ideas pero sin violencia. Confronta las ideas para que no se confronten las personas en la calle. 

Fuente: El Heraldo – JF Losilla – ENLACE

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