Manolo García: «Soy un insurrecto de mí mismo, pero jamás llamaría a filas a nadie»

Tras 40 años dejándose la piel y el alma sobre el escenario se ha concedido una tregua a modo de gira acústica en la que, eso sí, le acompaña toda su banda. Hoy actúa en el auditorio Mar de Vigo y mañana, en A Coruña

Qué lejos le queda el star system. Su actitud, su pose y sus maneras son las del antihéroe. Las del tipo huidizo que haya refugio en sus libros, en la soledad y en la naturaleza. Hasta que sube a un escenario. Allí se transmuta en el Manolo García indomable, visceral y contorsionista que aparece en la portada de su último disco, Geometría del rayo. En directo. Así ha sido hasta hace un mes. Tras cuatro décadas electrificado el músicos barcelonés ha decidido concederse una tregua a modo de gira acústica. Pero nada de reducir formato. A la vieja usanza. Con toda la banda, nuevos arreglos y nueva instrumentación. ¡Será por oficio!

-¿Se lo toma como una tregua?

-Me lo tomo como un pequeño regalo. Desde el 91 siempre he actuado en eléctrico. Realmente es lo que más me gusta. Pero en esos conciertos me dejo por completo la piel. Y tengo que empezar a cuidarme.

-Pero el de esta gira no es un acústico cualquiera.

-Cierto. Podría haber salido con mi guitarra acústica y un piano. Pero no, llevo mi banda al completo. Eso sí, hemos hecho una auténtica reconversión sonora porque me apetecía que hubiese más variedad. Yo es que siempre he sido muy rococó.

-Eres de los pocos que aún mantienen la pasión por el disco como objeto.

-Es que yo vengo de un tiempo antiguo. A mí, por ejemplo, las redes me importan un pepino. No quiero caer en ninguna red. Y me subleva que unas mentes hayan decidido que todos tenemos que escuchar música o hacer fotos en un trozo de plástico que nos van a vender carísimo. ¡Una mierda! Yo quiero mis libros, mis vinilos y mis cedés. Fíjate lo ladinos que son que ya ni los coches vienen con posibilidad de oír cedés. ¡Dejadme elegir! ¡No me aboquéis a la tecnología! Cuanto más me abocan yo más me pongo de codos.

-Dice que le gustaría no estar en Spotify.

-Ni en Spotify, ni en YouTube… Mira, ni en Wikipedia. Es que es indignante que lo que sale de nuestro intelecto lo manejen ellos como les sale de la breva a cambio de una migajas y sin pedirte permiso para nada. En mis conciertos no prohíbo los móviles porque no me gustan las prohibiciones. Pero les pido que no cuelguen las imágenes en las redes. Se lo pido como favor. Les explico que puedo llegar a entender que quieran tener un recuerdo del concierto pero que yo cuando llego a un paraje con una laguna increíble no me pongo a filmarla. Me pongo en pelotas y me doy un baño. Yo no quiero filmar la vida, quiero vivirla.

-¿Se siente respetado por las nuevas generaciones de músicos españoles?

-No estoy al tanto. No tengo ese punto de vanidad de pervivir en el tiempo o que los nuevos músicos me admiren. Creo que en los 80 en España hubo una magnífica cantera de creadores de música popular. Pero bueno, las nuevas generaciones, que son nuevas pero no tontas, tendrán que hacer una criba y decidirán quién pervive y quién no.

-Parafraseándole, ¿hubo algún tiempo perdido?

-No, el tiempo es válido siempre. Yo me siento el mismo que hace 40 años. De jovencito mi sueño era ser músico. Y lo bueno es que a día de hoy lo sigue siendo. Quiero seguir siendo músico. Mi amor por el escenario, mi pasión por el oficio y mi respeto por el público están intactos. Antes aún me distraía con otras cosas. Ahora todo lo dirijo a la música, a la pintura, a la literatura… La cultura me vuelve loco. Y ese tiempo de cultura siempre es un tiempo muy bien aprovechado.

-En el 2004 ya nos ponía sobre aviso para que no se nos adormecieran los sentidos. ¿Qué le mantiene alerta?

-La curiosidad y las ganas de aprender. Y la política también. Muy decepcionado siempre, eso sí. Pero mi gran tema de cabreo es el cambio climático. Me parece que esa es la madre de todas las batallas.

-En el 2019 sigue arengando. «No os durmáis, no paréis, no perdáis esa llama febril», canta en «Las puntas de mis viejas botas».

-No es mi intención adoctrinar pero, quieras o no, al escribir una canción asoma tu espíritu. Claro que no hay que dormirse ni estar atemorizados. Es que a poco que nos durmamos esto se convierte en un disparate.

-Ha definido el tiempo que vivimos como el de la ansiedad. ¿Es ese el nuevo pecado capital?

-Los estudios corroboran que las nuevas generaciones sufren más de ansiedad y de estrés. ¡Hostiá! El progreso era otra cosa, ¿no? Se suponía que el mundo tenía que ser más confortable y socialmente justo. Alguien está haciendo algo muy mal.

-¿Cuál es su «gran regla de la sabiduría»?

-Es esa de la que hablo en la canción. Simplificar, necesitar lo menos posible. No estar obcecados por consumir. Que cada uno pudiese decidir qué quiere tener. Mi regla de la sabiduría sería no molestar y no ser molestado. El problema es que el poder no deja vivir a nadie si no es bajo su paraguas, entre comillas, protector.

-¿Aún se siente llamado a las filas de la insurrección?

-Yo soy un insurrecto de mí mismo pero jamás llamaría a filas a nadie. Hay cosas del mundo actual que me sublevan e intento no caer en esas trampas. Pero no pienso llevar ninguna bandera. Lo que tengo que decir lo digo en mis canciones, pero de un manera poética, sin ningún afán práctico. No quiero liderar a nada ni a nadie. Bastante tengo con llevar mis propias bridas para no encabritarme yo solo.

VIGO AUDITORIO MAR DE VIGO VIERNES, 21.00 48,15 EUROS

A CORUÑA PALACIO DE LA ÓPERA SÁBADO, 21.00 42,80 EUROS

Fuente: La Voz de Galicia – Carlos Crespo – ENLACE

X