NUNCA DIGAS, NUNCA JAMÁS, MANOLO GARCÍA EN EL SANT JORDI

La siempre Layetana ciudad ha sido engalanada, escrita y musicalizada por grandes nombres propios nativos como el siempre eterno Antoni Gaudí, responsable de esa aura de fantasía y creatividad de la orografía urbana. Salpicada por la siempre presente visión del subconsciente infantil de Joan Miró y la voz de la no menos inmortal Montserrat Caballé, no sólo junto al mítico Freddy Mercury, con aquel timbre de soprano que recorrió el mundo entero sin apagar, ni por un momento, la rota voz de Joan Manel Serrat, que convirtió ese casi lago que baña las costas de la ciudad en el origen de muchos porqués. Incluidos a los que se agarran los personajes marginales de las descriptivas novelas de Eduardo Mendoza y el estilo de aquel enamorado del Egipto de los faraones y uno de los primeros en manifestarse en contra de la inexplicable homofobia, Terenci Moix. Y desde luego, el talante reivindicativo, realista y romántico de quien sigue haciendo historia y que, sorprendentemente, ha sido capaz de encontrar la manera de medir una exhalación. Mostrándolo el pasado día veinte de octubre en el “Palau Sant Jordi” en el concierto que forma parte de la Gira de presentación de su último trabajo, “Geometría del Rayo”, el siempre hijo del Poblenou layetano, Manolo García.

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Tras la Intro, “Malva”, fue el primero de los treinta temas que tenía preparados para esa noche, apareció Manolo sobre el escenario con el talante de ese barrio de la ciudad donde el obrero luchaba y sigue luchando desde los ateneos y las asociaciones vecinales para la mejora laboral, social y, casi por encima de todo, cultural. Unas raíces que Manolo demuestra no sólo por su cercanía para con los casi diecisiete mil espectadores que reventaban el Palau, sino que se encuentra presente en cada una de sus letras y, desde luego, en el elenco de músicos que respaldan su trabajo. Porque, Manolo, tras toda una vida de música ha entrado en ese reducido grupo de los grandes que, cómo no, van acompañados por otros grandes, como su propia hermana, Carmen García, compartiendo micro en un par de temas y dos bandas que, casi al final del concierto se convertirían en una sola. Con Charly Sardá, a la batería; Iñigo Goldaracena, al bajo; Olvido Lanza, al violín; Ricardo Marín, a la guitarra y coros; Víctor Iniesta, guitarra eléctrica y española; Juan Carlos García, teclado, percusión y voces; Mone Teruel, coros; Gerry Leonard, guitarra; Meghan Toohey, guitarra; Sharah Tomek, batería y Jessica Hume, al bajo. Además del aderezo visual, tanto como espectáculo como por la grabación del concierto, de Joëlle Zilberman, una reconocida “Camera Dancer” que engrosaba esa entrega de Manolo.

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“Alma de papel”, “Prefiero el trapecio”, “Hombres azules”, “Ardieron los fuegos”, “Océano azul”, “Humo de abrojos”, “Campanas de libertad”, “Como un burro amarrado a la puerta del baile” o “Somos levedad”, uno a uno iban sonando los temas de su nuevo trabajo “Geometría del rayo”, su particular homenaje a “Triana”, sus trabajos anteriores en solitario y del siempre presente “El último de la fila”, interactuando en todo momento con el público. Aseverando la conocidísima paremia “nunca digas nunca jamás”, con la humildad de quién un día negó categóricamente poner un pie en el Palau y, encontrándose en él, admitir que es imposible gritar “de éste agua no beberé”.

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Descendiendo del escenario y mezclándose son el respetable, lanzándose sobre aquellos que, ávidos, le sustentaban eufóricos, pidiendo un pasillo por el que arribar hasta las gradas lejanas enfrentadas al escenario, yendo de unas a otras gradas sin dejar de cantar mientras, sobre el enorme entablado, la banda seguía tocando. Creando ese particular espectáculo manolesco donde las imágenes de animales y juegos visuales en las dos pequeñas pantallas, acompañaban a las tres más grandes mostrando el visible juego de luces, con abejas colgando, un sillón chéster y, casi, en su totalidad el escenario convertido en una acogedora sala de estar a la que Manolo nos invita a entrar. Y disfrutar con la gracilidad del violín de Olvido, como siempre portentosa, de Ricardo, volcado sobre las seis cuerdas como Víctor, ambos capaces de retarse sin necesidad de batirse pero mostrando una calidad innegable, igual que la base rítmica, Iñigo y Charly, el primero proveyendo de personalidad a sus cuatro cuerdas a la par que sustenta la cadencia junto al segundo, Charly, golpeando los cueros con el carácter de la creatividad y la rabia de la inspiración. Mimética que no idéntica a la de Juan Carlos con los teclados y la percusión en el centro de la sala de estar, con esa autoría tan característica como su voz a los coros y las voces. De Mone aportando esa voz tan particular a los coros además de sus elegantes y gráciles movimientos que, al igual que Juan Carlos, se mantuvo en el escenario cuando hubo el cambio de banda y ocuparon la espectacular sala de estar el maestro Gerry, rasgando las seis cuerdas con la calidad de quién ha tocado con los mejores. Meghan, igualmente con la media docena de alambres rasgando con la fragilidad de la contundencia y la jaez evidente, apoyados en la impagable cadencia de Jessica al bajo, con el temperamento del estilo y la medida del acompasamiento perfectamente enlazado con la brutalidad natural de las baquetas de Sharah.

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Una espectacularidad engalanada por Joëlle, cámara en mano, moviéndose cual bailarina de clásico de un lado a otro sin perder ni un solo detalle relevante que encuadrar, siempre presente pero, a la vez, ausente como Manolo en esos instantes en los que sucumbe a la relevancia de sus músicos y parece desaparecer del escenario. Para volver, por ejemplo, amenazando con la posibilidad de que un simple trago de la bota de vino, regalo de un espectador, pueda provocar que no saliera nadie del Palau hasta el día siguiente. Y que, desde luego, el público aplaudió deseoso de que así ocurriera, esperanzado aún más cuando Manolo repartió tragos a cada uno de sus músicos hasta, finalmente, él mismo darse una larguísima deglución del líquido morado que, sí, casi estuvo a punto de provocar que público y cantante amanecieran en el Palau. Tomado por el eco del respetable, rendido a Manolo, coreando cada uno de los temas, ovacionando solos de guitarra o ese excelso pique casi final entre Shara y Charly a las baterías que embelesó a todos.

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Nadie quería abandonar el Palau y menos aún Manolo que, si bien debería estar sin aliento, no sólo por su incesante movimiento de un lado a otro o sus carreras en el escenario o después de tocar la armónica en “La Llamada interior”, no le faltó hálito par para magnificar la incredulidad de la todavía marginada posición de la mujer en la sociedad y, desde luego, expresar su felicidad por encontrarse como en su barrio, entre amigos saboreando una noche de otoño. Camaradas de los que se despedía, una vez más, con el tema “A San Fernando, un ratito a pie y otro caminando” y que, como bien sabía, estuvo a punto de hacer caer abajo el abovedado palacio aunando en una sola voz a músicos, cantantes y público coreando cada estrofa y cada estribillo.

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Una bomba humana cuyo detonante era un Manolo que no pudo evitar constatar la evidencia de un momento social convulso que afecta a todos por igual y que, ya puestos a colación, le llevó a tocar un tema más que no se hallaba en el repertorio, “Insurrección”. Y, todos, como halcones heridos por las flechas de la incertidumbre utilizaron el tema como pequeña treta para seguir en la brecha y, de nuevo, los cimientos del lugar asemejaron resquebrajarse con el apoteósico y, finalmente sí, postrero tema que, tras tres horas y cuarto de concierto, puso punto final dejando sobre el escenario únicamente a un Manolo agradecido al que, casi seguro, y no especialmente por el largo trago de la bota de vino, si alguien hubiera dado tres notas de cualquiera de sus temas, no habría abandonado el entablado. Habría permanecido para continuar con aquello que más feliz le hace, compartir su expresividad de tú a tú con quiénes la comprenden y la comparten, esos que, una vez más, están provocando que se cuelgue en cada concierto de ésta gira, “Geometría del Rayo”, el cartel de “Soul out”. Porque, Manolo García, como Gaudí, Miró, Caballé, Moix, Mendoza o Serrat, sin ser producto de su ciudad, sino de ellos mismos, ha dejado en su obra el talante moldeado en los adoquines y el asfalto layetano a la par que, como aquellos, él mismo ha formado parte del cincelado, no sólo del carácter de su propia urbe, sino de todas aquellas en las que es inimaginable pensar que el eco no ha repetido todas y cada una de las composiciones de Manolo García.

Texto por yon raga kender y fotos por Cristian Espinel. Fuente: Dirty Rock Magazine – ENLACE

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