“Prometeo en Hispalis”, crónica concierto Manolo García, Sevilla 8/09/19 (De José Angel Lucena)

La mitología griega nos cuenta que Prometeo era un titán que osó robarle el fuego a Zeus con la única intención de entregarlo a los mortales para que no murieran de frío y pudieran alimentarse y protegerse. Ese fuego, es el que alumbra los rincones oscuros y aniquila el miedo, es el que arde apasionadamente en el arte y el que derrama cada uno de los temas de Geometría del Rayo.

El concierto del sábado pasado quedará latiendo en los anales de la historia de sus 8.000 € espectadores. Se convertirá, con el paso del tiempo, en uno de los rincones favoritos en los que la memoria se recree. Tres horas, intensas, vehementes y desafiantes. Tres horas aniquilando el tedio, robándole el aliento a la tristeza. Tres horas de una entrega, como no podía ser de otra manera, titánica.

Este espectáculo ha evolucionado hasta encajar perfectamente sus piezas, dosificando un ritmo que no decae y que sorprender siempre que se visita. En esta ocasión La Llamada Interior, con su fuerza creciente, marcó el inicio, como una saeta con dirección inequívoca y a partir ahí, se abrieron los abismos del sentimiento. Humo de abrojos, Campanas de libertad, Las puntas de mis viejas botas, así hasta 30 canciones cosidas con paciencia de artesano, de oficio perdido … ¡Qué bien acostumbrados nos tiene el señor García!

A Sevilla se le encogió el alma con la versión de Todo es de Color; De la Rosa y todo el duende de la tierra se hicieron patentes de repente. Manuel Molina se abrazó a su guitarra como a esa novia a la que no puede soltarse, allá en el cielo en el que esté. Es curioso como las voces se unen, como el espíritu vibra en la misma frecuencia, como estamos más cerca los unos de los otros, de lo que pensamos. El público necesitó seguir cantándola, robándole la palabra a García, haciéndola suya y él respondió como sólo los grandes saben hacerlo con ese gesto de emoción que traspasa y abraza, a lejos, en los límites de la mirada. El auditorio ardió entre las notas de la guitarra de Iniesta y su visita a las calles de Triana; inmensa esa versión de Recuerdos de Una noche, volvía el chico que una vez soñó ser un cantante, aquel que aprendió los secretos del aire del rock andaluz. A su término, “Con los hombres azules” con una cinta de arabesco y flamenco asomado al pozo de la guitarra. ¡Ya no tengo ramas para tanta savia, ya no quedan trinos en esta garganta!

Manolo hizo pájaros de barros, pintó piedras, invocó el rayo que no cesa, dejó al descubierto la pasión y sus secretos. Cuando escribo estas palabras entiendo tantas cosas, entiendo que la nueva versión de “Como un burro” transforme el recinto en una verbena y que el jolgorio y la fiesta se apoderen de los cuerpos. Entiendo que los ojos se busquen, leyendo los labios, para compartir alguna frase que no empuje al abismo, al dulce abismo. Entiendo que el vello se erice con ese “Quiero esa Pasión” o que se pronuncie muy lentamente, como una oración que recitas de niño, “Nunca es tarde”. El duende de la música llama a la puerta y siempre nos coge indefensos y desprevenidos.

Y vino de nuevo Juan Carlos a templar los ánimos con esa melodía con cadencia de gota de lluvia, regalándonos una composición que atempera la respiración, que susurra en el interior. Y Ricardo con su fiereza eléctrica de ojos de amigo, y Charly de canalla inspiración, de ternura disfrazada, y Mone, que se hace imprescindible con esa sonrisa que arrebata en cada tono. Esta banda no tiene fisuras y eso se hace patente en cada tema. Danzó Olvido soltando su alegría de cascabeles y su violín se dedicó a afianzar amoríos, a unir manos, a sellar amistades e Iñigo vibro profundo, en su péndulo de 5 cuerdas, y nos mantuvo el corazón alerta.

Prometeo y sus secuaces nos regalaron el fuego, esa luz con sonido a repiqueteo de campanas, ese milagro de azahar y hoja perenne a las puertas de otoño. Porque si todo arde, arderemos… si el mundo para, continuaremos. Y cuando los meses pasen y los inviernos lleguen, abrirán las semillas en el corazón del sueño, por imposible que a Lorca le pareciera, nacerán regadas de música y poemas, y volveremos a cantar “en tu voz” como la miel que alivia la nostalgia y volveremos a visitar “Levedad” y su verdad a dentelladas, correremos huyendo de ese Crepúsculo creciente que trepa hasta el alma con la primera nota. — en Auditorio Rocío Jurado.

De José Angel Lucena.

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