“Geometría del rayo”, de Manolo García: “Letras al alcance de muy pocos, empapadas de alegría, amor y surrealismo”

El rayo es una de las condiciones básicas de la geometría, una línea que comienza en un punto determinado y se extiende al infinito. Para Manolo García, el rayo es también un latido interior “hernandiano” que no cesa, una búsqueda continua en la poética de lo cotidiano, un darle alas al pensamiento y, con la ayuda de la imaginación, pescar esa chispa de magia y felicidad que a veces es esquiva en nuestro día a día. Por eso, este “Geometría del rayo”, su séptimo álbum en solitario, va dedicado expresamente a todos aquellos que no pueden vivir sin arte, en cualquiera de sus manifestaciones o modalidades, y que no se quieren conformar con la cultura del entretenimiento fácil de nuestro tiempo.

Cuatro años han pasado de su anterior trabajo de estudio (“Todo es ahora”, Sony, 2014), y unos meses de su primer álbum en vivo, el que capturó la vitalidad desbordante de su última gira (“Todo es ahora. En directo”, Sony, 2017). Casi un lustro pero, como canta Manolo, “el tiempo nunca es perdido si el verso cunde”. Y ha cundido tanto que hasta la frase que da título al disco es parte del texto de una canción que se quedó fuera de este trabajo y saldrá en el siguiente. Los surcos de “Geometría del rayo” se han cocinado a fuego lento, registrados a caballo entre Rhinebeck (Nueva York), en un estudio cerca de Woodstock, donde Bowie paraba el reloj de arena, y Girona.

Con letras al alcance de muy pocos, empapadas de alegría, amor y surrealismo. De “te quieros escritos entre pucheras” a “ditirambos en tu honor”, demostrando su pasión por el lenguaje, “esa maravilla que hace que el cerebro viaje y se libere a través de las palabras”. Cada pista destila serenidad y paz, y un mensaje central palpita: la constatación y necesidad de utilizar bien el tiempo, “porque en nuestra sociedad el estrés y las prisas forman parte negativa (…) y hay que tomar el instante con calma y lo demás no existe, ni el pasado ni el futuro”.

El primer adelanto, ‘Nunca es tarde’, ya nos muestra en pocos segundos las claves de esta puesta de sol dividida en dieciséis pasos (incluida una doble versión de ‘Océano azul’): “Nunca es tarde para echarse a la calle,/ nunca es tarde para el asombro,/ no es tarde nunca para unos ojos/ de sereno cielo y águilas al aire”. Música llena de luz que cura heridas, donde “el verbo vivo nace de la carne”, la paz brota de reducir necesidades y el escaqueo emocional de vivir poéticamente, nunca olvida la urgencia y el dolor de la calle.

Comenzamos el viaje con ‘En tu voz’, mirándonos a los ojos y aceptando la realidad para seguir adelante, con un piano que nos da cobijo bajo la tormenta y García cantando a corazón abierto, recorriendo y saboreando cada verso, bajándonos y disparándonos las pulsaciones a su antojo. “Mírame a los ojos, dime que eso es cierto /que ya no me quieres ni para un consejo./ Y si no te vienes, yo te convido / a la fragancia que llega del río…”.

Dejamos atrás el mal sueño y el día empieza con ‘La llamada interior’, para volar ya muy alto con ‘Las puntas de mis viejas botas’, una explosión de energía que se antoja inolvidable en vivo. Donde Manolo, que canta como nunca y como siempre, baila sobre el ‘No volveré a ser joven’ de su admirado Gil de Biedma, convenciéndonos de que estaba equivocado y que aún podemos “llevarnos la vida por delante”, bajo un sol que es el mismo de ayer.

Y volvemos al punto de partida, al ‘Nunca es tarde’ que nos recuerda al poema hermano de mismo nombre de Benjamín Prado, con el que comparte el alma dylaniana de un “Forever young” que sopla en el viento: “Nunca es tarde para empezar de cero,/ para quemar los barcos,/ para que alguien te diga / yo solo puedo estar contigo o contra mí”. Versos de mil colores de Prado que bien podrían haber pintado a cuatro manos, como el cuadro de la portada y los de las páginas interiores del libreto, en los que Manolo comparte otra de sus pasiones junto a la artista Montserrat Clausells.

‘Humo de abrojos’ es otro de esos temas que se te quedan pegado como salitre a la piel, musicalmente perfecto, lleno de matices, subidas y bajadas, y ese quejío eléctrico, arañándonos, eternamente joven. Tras el recuerdo de “volver a tu fuego, volver a tu vera”, llegamos al ‘Océano azul’ y atrapados, remamos, sin querer salir de allí, en la misma dirección.

Seguimos “el tenue brillo de las estrellas, (…) buscando la traca, la fiesta y el escarceo”, en la incendiaria ‘Ardieron los fuegos’, para salir luego sin pensarlo al ‘Frío de la noche’, con Manolo cantando a tumba abierta, el aura de Triana brillando muy fuerte y unos coros espectrales y aflamencados que le dan el empaque definitivo, a otra letra que más de un poeta de renombre, habría dado una mano por firmar.

‘Urge’ y no lo olvida, una “canción protesta” para abrir las puertas y que nos dé de nuevo el sol en el rostro. Y siempre queda tiempo para homenajear a tres inmensos maestros, en dos canciones en las que se respiran aires mediterráneos por los cuatro costaos. Toti Soler, que nos regala su guitarra en ‘Me gustas’, encontrando caminos ocultos y la clave del disco. Y Jordi Sabatés y Carles Benavent, que al piano y al bajo le inyectan una luz casi cegadora a ‘Dime dónde está’, una deliciosa pieza de jazz que huele a mar y al folclore más puro.

Como dijo Caballero Bonald, “somos el tiempo que nos queda” y, nos quede lo que nos quede, “nunca es tarde” para “vivir un poco cada día”. Esa es la “Geometría del rayo” que te iluminará incluso mucho después de parar de girar.

Fuente: EFE EME – David Perez – ENLACE

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