Manolo García: “Con la música digital, cuatro se forran y muchos se mueren de hambre”

Manolo García ya se había solazado entre sonidos griegos y jugueteado con ritmos brasileños antes de decidir que ‘Todo es ahora’, su último disco, se miraría en las guitarras de la música norteamericana. Trabó una banda de currículum legendario y se dio el gustazo de bañar de rock los temas. Él, que lo mismo admira a Juanito Valderrama que a Van Morrison, no se aleja de la senda coherente de sus principios. Hace lo que le apetece sin traicionar el deje flamenco y los versos de lengua añeja en tirabuzón. Observa el devenir de la industria de reojo y sigue a lo suyo: los directos. Actúa el sábado 18, a las 22 horas, en Son Fusteret de Palma.

“Todo es ahora. Precario y falaz. Detrás no queda nada”, canta usted, que defiende las raíces y la tradición. ¿Reniega del pasado o no ve futuro?
Jamás reniego del pasado y el futuro es incierto. Arrastramos la esencia y la enjundia. Soy lo que fui y no lo veo como una carga sino como bagaje. Todo lo que me ha sucedido ha sido estupendo. Puedo acunarme en mis canciones, en un mundo con direcciones con las que no estoy de acuerdo, pero sólo sufro por las vías impuestas.

¿Le ha resultado difícil que grabaran con usted músicos que lo han hecho con Bowie, Lennon, Springsteen o Michael Jackson?
Siempre he sido muy seguidor de bandas anglosajonas, más de las americanas que de las británicas. Y no soy mitómano, pero Bowie me ha dado muchas alegrías. Todo lo que he oído de él me ha llegado. Nunca me ha decepcionado. El penúltimo disco me entusiasmó y a través de un amigo localicé a su guitarrista, Waddy Wachtel (el socio de Keith Richards en los X-Pensive Winos). Vive en Los Ángeles y me pidió una semana para averiguar quién era yo y qué hacía. Después me llamó y me dijo: ‘He oído lo que haces. Dame fechas’. Se da cuenta de que hago música popular de raíz anglosajona y que mi propuesta no es nada de otro planeta. Él trajo al resto de la banda y vieron que yo no iba buscando un hit, que no estaban obligados a repetir esquemas. Lo sencillo funciona, pero si la mezcla es eficaz.

¿Grabar un disco es para usted lo más parecido a la sorpresa del directo?
Aplico un método de búsqueda que, modestamente, llamo inteligente. Yo tengo mi fórmula, maqueta y arreglos. Si alguien tiene una idea mejor, estoy abierto. Mi manera de producir mis discos es muy democrática. Pido parecer al acabar una canción y hay una votación. Quienes participan van a dejar su nombre en la canción y quiero consenso. Si alguien no está contento, seguimos trabajando.

De ser una pintura, ¿cuál sería este disco?
Una con púrpuras y amarillo. Son colores muy antagónicos, pero me gusta la mezcla mística del violenta con el tono alocado y vital del amarillo.

¿Y si fuera un libro?
Uno de Vila-Matas o Los detectives salvajes de Bolaño. A veces mi trabajo es deslavazado, pero con el paso de lecturas va apareciendo un paraguas que da sombra al proyecto.

Resulta paradójico que la canción que dedica a Bowie sea la más aflamencada con la guitarra de Cañizares.
Siempre tengo presente la guitarra española y siempre llevo una conmigo. Es muy importante el sello y sé que con ese instrumento mágico y maravilloso tengo un pellizco ganado. Por mucho que me gusten Queen y Van Morrison sería una impostura no usarla. Soy un músico pop-rock de música popular al que le sigue ganando el amor por el rock, una marca indeleble. Entiendo que Antonio Molina tenía una voz espectacular y disfruté con Los Bravos y Los Brincos, pero cuando descubrí a Led Zepellin lo entendí todo.

¿Qué aprendió de Bowie?
Hay un bagaje y él ha sido maestro en muchas cosas. Estaba muy dotado para dejar una impronta estética, algo que me fascina. Puedo haber aprendido las ganas de ‘marear’, de sorprender y divertirme. Es muy importante no aburrir, incluso jugándote el fracaso o desatando la ira de los fans. Tengo derecho a ‘marcianear’ todo lo que quiera. Mientras, hago canciones, una forma de sonreír.

¿Se atrevería con un disco de flamenco?
No puedo cantar flamenco. Puedo darle mi aire a una canción y podría hacer rumba, pero no tendría la desfachatez de cantar flamenco. Sería un caradura si lo hiciera porque es una música grande, como el blues. El camino del flamenco es cortito en el tiempo y está hecho de mil mezclas, pero está reservado a sólo unos pocos grandes.

¿Qué noria es ésta que gira aquí que necesita repetir unas elecciones generales?
Una de egos desmesurados, de ansias de poder, de mentiras y de decir que todo lo hacen por el pueblo. Y no, lo hacen por ellos. El político cae en el error de creer que somos gilipollas. Las mentiras cansan y hacen un daño real. Una parte de la población está angustiada, jodida y asombrada. Deberían tratarnos con respeto. Hay que dar explicaciones a todas horas y no pensar: ‘dame tu voto y te olvido’. La prepotencia repugna a la población. ¿Qué me da el Estado si privatiza y me pide dinero? Aquí nadie devuelve nada, te dicen que ‘Hacienda somos todos’ y luego hay un partido político con una caja b.

¿Cree que del 15-M nació una nueva política?
En el corazón de la ciudadanía hay un germen, pero ha sido un error presuponer que la democracia consiste en votar y luego irse al fútbol. Hay que controlar a los políticos. Admitiría cualquier color político que sea honesto y procure dignidad, como dice la Constitución.

Su último disco, tiempo después de su publicación, no está disponible en Spotify. ¿Sigue creyendo en el sistema clásico de la venta física de discos, pese a su retroceso?
Ahí no tienes el taxímetro. A ratos me han engañado y a ratos me han cabreado. Hago lo que puedo con la llegada de las ventas digitales, pero me molesta que la música ha pasado de dar para vivir a muchas familias a sólo unos pocos. Con lo digital, cuatro listos se forran y muchos se mueren de hambre, se han quedado en el camino. Es como una revolución industrial, como cuando el trabajo de cien segadores pasó a hacerlo una máquina. Algo falla y nadie piensa en los damnificados. Me siento herido y me parece injusto. Igual que con la piratería. No pretendo enriquecerme, sólo que no roben mi trabajo.

¿Ha hecho alguna concesión tecnológica en su vida?
Tengo un móvil de 29 euros, sin WhatsApp, sin cámara ni nada. Me niego a estar todo el día enganchado. No quiero ser un esclavo, pese que respeto a todo el mundo. Más allá de eso, sólo tengo una maquinita de música [iPod] y una cámara de fotos digital. Uso la mínima tecnología. Mi palabra favorita es libertad.

Fuente: El Mundo – ENLACE

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