Feliz disparate descomunal!

Los Rápidos y Los Burros regresan excepcional y apoteósicamente a los escenarios después de disolverse en los ochenta.

Esteban Linés – La Vanguardia 21/2/2016 – Foto Dani Duch

La excusa oficial era que el año pasado se cumplió el treinta y cinco aniversario de la formación de Los Rápidos, ya saben, ese grupo que practicaba un rock refrescante pero que vivieron poco. De aquel combo, también deberían saber, acabaría naciendo al cabo de pocos años El Último de la Fila, y eso ya son palabras mayores en donde Manolo García y Quimi Portet consumaron una manera de hacer pop-rock que ha quedado para la historia. Pero más allá de aniversarios o de discos recuperados, ampliados o remozados, la afición necesitaba saber cómo suenan ahora esos trabajadores del ritmo.

La Riviera presentaba la noche del viernes un aspecto no sólo repleto sino expectante. Era la primera noche de cuatro que los músicos que dieron en su día vida a los citados Rápidos ya su continuación natural, Los Burros, han decidido regalarse y regalarnos para ver cómo funciona al cabo de tantos años. Allí arriba en el escenario la veteranía biológica fue un hecho, pero no así la creativa, en la que demostraron estar en espléndida forma. Y allí abajo, había un segmento nada desdeñable entre los 1.800 congregados que disfrutaron como el que más y conocían el repertorio…y que no habían ni nacido cuando Manolo las cantaba en su día.

La cosa arrancó a las nueve de la noche, hora bastante poco rockera. El orden de juego estaba milimetrado: primero Los Rápidos con trece descargas, y el batería de aquel entonces, Lluís Visiers, dándole a las baquetas; después, unas nueve de la época burril, con Ángel Celada como batería titular y después…

García, Portet, AntonioFidel, Josep Lluís Pérez y Esteban Hirschfield demostraron haberse preparado el reto de una manera intensa. En la piel de Los Rápidos, enseñaron que eran un grupo con convicción y bien afinados. Y con ese guiño habitual, en esta ocasión con todos los músicos ataviados con americanas de lentejuelas. Había cierta inquietud con la voz de García, pero falso temor: desde la primera nota, su voz sonó en su sitio, y eso que había llevado una semana con las cuerdas renqueantes. A la tercera canción, después de abrir con No, no, no y Septiembre se presentó a sí mismo y a sus colegas como “los responsables de un disparate descomunal como este”, y fueron siguiendo otras “canciones aletargadas” como dijo en un momento dado el rockero del Poblenou. Uno se quedaría con Misa de cinco y allí Quimi ofreció su primer recitado de lo que es la eléctrica en su vocabulario, contención, precisión y nervio.

La canción San Gennaro sirvió de transición entre un cancionero y el otro, con García cantando casi a cappella con el acompañamiento de Hirschfield. Una composición que Manolo dedicó a Quimi, que agradeció en italiano y que el público respondió con un imperativo “que se besen” no correspondido.

A partir de ese momento, la galaxia burra se adueñó de la escena y de la noche, con un arranque en forma de la inolvidable Mi novia se llamaba Ramón, una pieza que exuda esa habilidad textual que se convirtió en otra de las características del patrimonio Manolo/Quimi. Aquello mantuvo su intensidad hasta que de pronto comenzó a sonar Huesos, y esa misma peña ya no paró en el rush ascendente: era impagable ver los rostros de la gente en estado coreando los estribillos de ese pedazo de canción. Cuanta alegría por volver a oír esas canciones indispensables.

Oficialmente el concierto se había acabado allí, pero, claro, la gente se quedó y solo gritaba “último, último, último”. Y tardaron solo un minuto en atender a las peticiones del siempre supuesto respetable. Ya al primer rasgueo de Disneylandia el griterío estalló. Siguió Llanto de pasión. Veías a Manolo recitarla con ese acento único, arropado por el rasgueo de Quimi y uno entendía sus efectos demoledores en personas de todo sexo, condición y predisposición, y la plena vigencia hoy de ese tsunami emocional y sonoro. Aviones plateados, Sara, Mi patria en mis zapatos y apoteosis total con la demoledora Insurrección: ¿se lo imaginan?, todos botando, desgañitándose, llorando, ceremonia abierta a la felicidad.

Más tarde, en los camerinos, aseguraban ambos dos que no volverán a los escenarios, después de los dos bolos de este fin de semana en el Razz, y que nunca lo harán como El Último. Pero se dicen tantas cosas…

Por cierto, la nostalgia no apareció ni se la echó de menos.

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