“Mas que antisistema, soy otro-sistema”, Manolo García en el Magazine de La Vanguardia

Cantante y compositor desde los años ochenta y pintor, Manolo García (Barcelona, 1955) sigue expresándose a través del arte sin prisas pero sin pausas. Disco nuevo cada tres años, exposiciones, discurso reivindicativo y la premisa de siempre: preservar su vida privada de los focos.

En una cafetería de su barrio, el Poblenou, y tras hacerse unas autofotos con unos jardineros municiPales que afirmaban conocerle, Manolo García sostienE que la “felicidad consiste en enconTrar la calma”. Aunque su elocución es pArsimoniosa, muy bien estructurada y sazOnada con una inusual riqueza léxica, sorprende que se defina como una persona “nervioSa”. Sea como fuere, su carrera discoGráfica ha tomado un rumbo sólido, que repite periodicidAd y modus operandi: disCo nuevo cada tres años, grabado en el extranjero (Estados UnIdos, Brasil, Grecia) y con músicos que desconoce. IguAlmente férrea es su voluntad de mantenerSe ajeno a la vanidad y los flashes de las alfombras rojas. El autor de Arena en los bolsillos preserva la intimidad de su vida privada con celo. Eso no va con él. Lo suyo es la música el arte, el rock.

Las guitarras y el rock invaden su disco Todo es ahora. ¿Vuelve a los inicio, a Los Rápidos?
Mis primeros grupos eran de rock. Pero antes estuve 10 años con formaciones de baile y verbena, en las que aprendí el oficio e intentábamos colar temas rockeros de madrugada, para los jóvenes que quedaban. En los setenta había mucha música nueva. Yo era un chaval del Poblenou y descubrí a Bowie, Hendrix, Dylan, unos tíos peludos que venían de lejos en un disco que me traía un colega y me dejaba patidifuso.

¿Aromas de revolución?
Sí, de un nuevo mundo. De los hippies, Mayo del 68, autogestión, comunas, porros, amor libre. Entonces se llamaba amor libre, que es muy bonito. Claro, con 16 años, yo pensaba que quería eso. Y es que lo que tenía detrás olía a quemado, por lo menos en este Estado, que antes no lo era. Era el aliento en el cogote del monstruo, represión, los grises, palos en la universidad. Esto era una bocanada de aire fresco. Por eso hago ahora un disco con guitarras, porque mi pasado es de rock. Aunque en tres discos míos quizás me puse más pop, menos rock.

Con 16 años quería ser hippy. ¿Sigue pensando así?
Sí, siempre, aunque te conviertes en un burgués para bien y para mal. Pero sigo creyendo que un mundo más sencillo y con menos consumo sería más razonable. El tema medioambiental, algo que me preocupa, iría mejor, y viviríamos de forma más pausada. No hablo de miseria, sino de equidad en el modo de funcionar. Repartir tareas. Y eso nos lleva a la palabra mágica utopía.

¿Hay que soñar?
Por supuesto. Conozco a gente que ha sacado adelante proyectos utópicos, comunas en pueblos abandonados, y van viviendo. Si todo un país intentase cambiar radicalmente de un día para otro, el modo de vida sería una revolución y habría que ver cómo se manejaba eso. Pero sí es cierto que la actitud personal de cada uno puede contribuir a eso. Tampoco hace falta que salgamos de caza en taparrabos. El progreso nos ha aportado cosas magníficas. Pero hay que gestionar bien ese progreso, y se está haciendo mal.

Su canción Subo escalas, bajo escalas habla de los políticos. ¿Qué haría con la clase actual?
Les llamo “mentes de páramo gélido”. Ese es mi insulto, bastante inocente (se ríe). Es la rabia que tenemos un poco todos. Lo que yo haría es controlarlos. Lo que hacen ellos con nosotros por nuestra seguridad lo haría yo con ellos. Pondría cámaras en sus despachos, como ellos hacen en las autopistas. Una vez les has dado el voto, la sociedad civil tiene que seguirles la pista pegados a su cogote. Esto está empezando allegar, aunque no va a ser fácil, pues mucha gente vota pero luego se desentiende. Pero hay ejemplos: el 1.5M o los nuevos partidos que parece que proponen una nueva vía en la que el gobernante sea seguido de cerca. Alguien dijo que “la política es una cosa demasiado importante como para dejarla sólo en manos de los políticos”. Es complicado. Somos mucha gente y vivimos en una sociedad industrial, tecnológica y de libre mercado.

¿Cómo sería su sociedad ideal?
Mi pequeña utopía sería que gobernasen mentes preclaras, filósofos y gente de bien, y que unos equipos magníficos de gestores manejasen la economía, controlados por otros controladores, y que la gestión humana y social fuera democrática. “El menos malo de los sistemas de gobierno”, que dijo Churchill. En eso estamos. Y no hablemos de sistemas como el totalitarismo: es el fin del mundo. Pero esta democracia es también un quebradero de cabeza. Nos llevan de culo.

¿Antisistema?
Me definiría como otro-sistema (se ríe). Me lo acabo de inventar.

Dedica el disco a muchas personas, entre ellas gente que trabaja para atajar problemas medioambientales. Todo suma, aunque se antoja necesario un compromiso político mundial. ¿Qué podemos hacer, mientras, el resto de los mortales?
Los científicos lo dejan bien claro. Las campañas públicas que instan al reciclaje están muy bien, pero son una capa de maquillaje muy delgada. El hueso está debajo. Y a eso nadie le mete mano. Vivimos de espaldas a la naturaleza, y es un error. Somos muchos, y la demografía se seguirá disparando; los recursos energéticos cada vez son menores, y eso se acrecentará por el cambio climático. Eso provocará que el planeta quede muy afectado. Estas informaciones no salen en primera plana Eso lo copa el fútbol. Parece que los mandamases del mundo quieren exprimir el limón al máximo. Saben que se acaba y esperan hasta el último momento para cambiar de limón.

Quizás no haya otro.
Ese es mi tema, que sea tarde y no haya otro limón. La gota puede rebosar el vaso. Pienso de una forma si quieres, ingenua, pero estos señores que manejan el petróleo y las energías fósiles están acidificando los océanos, y habrá cambios inmediatos en las corrientes marinas, en la temperatura del agua y la subida de los niveles. ¡Es una catástrofe!

Y Todo es ahora ¿alude a vivir el presente?
Por supuesto. Solemos pensar, “En las próximas vacaciones haré tal”. ¿Es que ahora no estás vivo? Pues intenta que tu día laboral tenga algún rato agradable, porque este día no va a volver. Si esperas la próxima Navidad o las vacaciones, vives en un tiempo ficticio que no existe y quizá no llegará. Nadie lo sabe. Es como aquella frase de John Lennon: “La vida es lo que pasa mientras hacemos planes”. Yo lo aplico.

¿Cómo lo hace?
Intento que mis días sean estupendos. Ahora mismo estoy contigo, contento de estar aquí. Hemos hecho unas fotos, he estado tranquilo. Ha sido agradable.

Pero eso forma parte del negocio musical.
Sí, pero a la vez este día no volverá. Por lo que algo tengo que sacarle y llevarme a mi mochila. En mi día a día normal, me tomo un cortado, como ahora, paseo por el barrio, me paro a hablar con alguien, y ya en casa me pongo a tocar la guitarra. Cuando trabajaba en tareas que no me gustaban, por dignidad intentaba hacerlo lo mejor posible. Nunca me quejaba, y me daban un sueldo. Pero siempre tienes a un buen compañero con quien charlar en el almuerzo. Así el día no pasa mal. De acuerdo, eso no es lo tuyo, pero el día está bien. Es tu actitud. Eso es el “todo es ahora”.

Transmite positivismo. ¿Cómo consigue esa paz interior?
Es que si no, ¿qué? Supongo que es un cúmulo de cosas, el bagaje que llevas. Nací y me crie en un barrio de Barcelona, el Poblenou, y los barrios te enseñan mucho. Era un barrio obrero, con gente dura, sabia, de las que aprovechan su tiempo. Recuerdo de niño, en mi calle, jugar a los bolos en la calle sin asfaltar. Estábamos al final del barrio, cerca de la estación de tren de Poblenou, que algún gerifalte municipal debería purgar en los infiernos por haberla tirado. Fue la línea ferroviaria más antigua de España: Barcelona/Mataró. Se jugaba al fútbol o a bolos. Esa vida de barrio me ha enseñado mucho. Luego, pasaba los veranos en Albacete con mis primos y mis abuelos. Iba con el Sevillano, ese tren que tardaba 16 horas. Y estaba bien. La vida a 60 km/h está muy bien, a 150 km/h no. Yo lo he comprobado en carne propia. Cuanto más corro, menos vivo.

¿Por eso no hace gira ahora?
Sí, exacto. Normalmente hago gira nada más editar un disco. Pero ahora no tengo prisa. Ese bagaje me viene de niño, de ir al pueblo y estar con la gente y ver pasar las cabras y las esquilas. Esa experiencia rural me ha dado parsimonia, y eso que soy una persona muy nervios, aunque procuro respirar y saber que no por levantarse antes amanece más temprano. Hay que hacer cosas, pero estando en ellas.

¿Qué retos le quedan por cumplir como artista?
Muchísimos. El músico siempre busca la canción perfecta y nunca cree que la haya hecho. A mí me dicen que algunas canciones son muy bonitas, y lo agradezco, pero pienso que debo mejorar. Como dicen los ingleses, la hierba del vecino siempre es más verde”. Por eso, al escuchar temas de otros artistas pienso que eso sí son obras de arte y yo quisiera hacer una canción como esas.

¿Es muy autocrítico?
Bastante. Además, produzco todos mis discos. Yo me lo guiso y yo me lo como. Me lo paso muy bien, aunque no produzco para nadie más y nunca lo haré.

¿Por qué?
Porque no me gusta mandar a nadie. Igual que no me gusta que me manden.

¿Tampoco compondría para otros artistas?
Tampoco. Es algo muy personal Yo sólo he cantado canciones de Quimi (Portet), porque con tantos años en El Ultimo de la Fila llegamos a una comunicación perfecta. Éramos muy amigos. Me he reído mucho con él.

Eso no es complicado.
Cierto. Tenemos un estilo del humor parecido, pero él tiene una chispa especial Yo parezco más serio, pero soy un cachondo. De él he cantado canciones porque me he sentido identificado; yo también tengo su surrealismo y su punto de Vic. Pero no soy nadie para hacer canciones para otros. Mi lema es que mi tierra la trabajo yo y saco mis frutos. Tampoco quiero una gran producción, porque no quiero ser esclavo ni exprimirme, un error frecuente en esta sociedad. Me niego a ser esclavo de mí mismo.

Hace 13 años Portet me dijo que hacía los discos en catalán porque le apetecía en ese momento. Y confesó que vivía de renta de El Último de la Fila. Entiendo que usted no tiene ataduras con la discográfica.
(Se ríe) No. De hecho, como El Último de la Fila no estamos en iTunes ni Spotify. No queremos.

Pero Manolo García sí está.
Sí. En la empresa que distribuye mis discos, Sony, ahora son 80 empleado, pero habían sido más de 300. Y ya que estoy en esta empresa, debo hacer que ganen dinero y facilitarles la vida. Ahora las ventas digitales son una parte importante. Pero no me convence que en los últimos tiempos hemos hecho un embudo en el que los discos físicos tienen que ir desapareciendo en favor del digital Es un plan perfecto para que cuatro grupos empresariales en el mundo, las plataformas digitales, se forren. Tienen todo el capital discográfico del planeta, y el disco físico cada vez tiene menor presencia. Esto supone que miles de empleados se vayan al paro, y lo sé por casos concretos.

¿Sabe cuánto percibe por su música en Spotify?
Una mierda, una basura. Nos manipulan. El tema digital es mucho más estrambótico e incierto. Por suerte, los músicos tenemos amor al arte. No soy una persona pesetera. Soy bastante austero y puedo vivir con muy poco. Soy hijo de un barrio de obreros, y mi padre, antes de vivir en Barcelona, fue labrador. No quiero ganar más, sino que haya reparto social y no se lo lleven todo cuatro. Puedo estar encantado de pagar impuestos, como hacía Mujica, y doy el 90% de mis ingresos. Pero a cambio de que la sociedad funcione, de que no haya nadie pidiendo limosna ni pasando hambre. F3Cij o que con estos impuestos se atienda a estas necesidades. Luego ya arreglaremos el paseo de Gracia y os llevaréis el 3% y os lo confitáis, pero yo no quiero ver a nadie tirado en las calles. Porque se me cae el alma a los pies. ¿Para qué trabajamos y pagamos impuestos? En el fondo, lo que digo es muy razonable.

En la música digital se prima el consumo y se oye más que se escucha. A veces ya no se escucha un tema, sino el estribillo. ¿Lo siente así?
Es cierto. Si fueras por una calle en 1903 y vieras un coche, quedarías alucinado. Pero en el 2015 ya ni te fijas en ellos. Cuando con 17 años vi a Queen, me quedé patidifuso. Ahora tenemos una oferta lúdica que nos emborracha. Y la música ha pasado a ser una cosita gratis que se mete en una máquina. Está claro que ha sido un plan perfecto para que unos pocos se hayan forrado, intentando colárnosla por el lado moral diciéndonos a los músicos que somos poco enrollados. Serán hijos de puta.

También se niega a ceder un tema suyo para publicidad.
Jamás lo haré. Tengo mi orgullo de músico, para mí es sentimiento, y no hago canciones para vender jerséis o motos. Si otro artista decide hacerlo, jamás le criticaré. Seré tolerante. Creo que en esta vida no se debe juzgar a nadie. Sólo lo hacen los jueces. Pero pienso que el consumo nos llevará al desastre.

¿Qué es lo más importante que ha aprendido de la música?
La humildad, porque el éxito o la fama es humo, algo efímero. Tienes que volver a cautivar con cada nuevo disco. Aunque hayas hecho uno que haya gustado, nunca puedes pensar que estás por encima del bien y el mal. Tengo premios en casa de los que nadie se acuerda, ni yo mismo. Por eso hay que volver a reinventarse y vivir ahora, no ayer ni mañana.

¿Cuál es el secreto de Manolo García?
La pasión por mi tarea y haber atinado en la elección. A veces, una persona se empeña en hacer algo, pero en algún momento tiene que darse cuenta de que no lo hace suficientemente bien, o la gente que le quiere debería aclararle la idea. Tal vez le ponga muy buena voluntad, pero eso acabará siendo sólo mi hobby. Yo pensé que quería ser músico y para hacer rock y pop tengo unas facultades básicas: oído musical, sentido del ritmo, una voz correcta con la que afino y un instinto y una intuición para hacer melodías. No toco bien ningún instrumento, pero puedo tocar la batería, la guitarra y hago cuatro acordes en el teclado. Lo suficiente como para armar una canción.

Con esa maqueta es con la que acude a los músicos.
Eso es. Y ellos lo tocan de puta madre. Yo tuve ese tino con 13 años, cuando me dije: “Voy a ser músico”.

¿Quién despertó esa vocación musical?
Mis padrinos, que no tenían hijos, me criaron mucho y me llevaron al cine. La semilla empezó con las películas de Antonio Molina. Pero si yo no hubiera tenido más aptitudes básicas, no hubiera servido de nada.

¿En qué ha cambiado desde su primer disco en solitario, Arena en los bolsillos?
En lo básico, soy el mismo. Mi pasión por la música está intacta. En mis primeros discos, si el álbum tenía 14 temas, hacía 13, y el último lo componía al final. Ahora, en cambio, me exijo más y soy más consciente de que no soy un chiquillo y no puedo ir a la ligera y hacer canciones como churros. Estoy desgranando un discurso propio, expresando unas emociones que van a llegar a mucha gente, y soy consciente de la responsabilidad que tengo con el público, porque la gente me para por la calle y me pregunta cuándo sacaré un nuevo disco. Aunque en realidad no tengo ninguna, ya que el arte es libre, y es lo que hago, pues rea lizo mi tarea de una forma muy libre. No tengo la losa de pensar en si va a gustar. Hago lo que me gusta a mí.

¿Considera que tiene una vida afortunada?
Si, absolutamente. Si he ganado algo y he cambiado ha sido en que ahora tengo más parsimonia. Actualmente, para hacer un disco de 14 canciones, compongo 28. Luego elijo las que me gustan más. Del resto, a veces algún músico me las pide, pero al haberlas desechado de mi disco pienso que sería una infamia dársela cuando yo no las he querido para mí. Las que me gustan, me las quedo yo. Las que no, se van a la papelera. Para mí, son canciones de segunda y no las considero dignas de aparecer en un disco, por lo que no voy a tener la cara dura de dárselas a otro a ver si cuela.

¿Con qué se queda de su etapa en El Ultimo de la Fila?
Con las giras, que eran un campeonato de alegría, a ver quién la hacía más gorda. Recuerdo viajes en furgoneta al principio en los que Juan Carlos García se tiraba siete horas contando chistes. ¿Cómo es posible que una cabeza llegue a recordar eso? Y que el conductor tuviera que parar porque si no nos íbamos a estrellar de tanto reír. Había mucho humor, mucha intensidad, muchísima gente en los conciertos, en campos de fútbol y plazas de toros. Un subidón. Había mucha camaradería, muy buen compañerismo y amistad.

¿Qué es lo más difícil que ha tenido que afrontar en su carrera?
Soy muy positivo y nunca he visto barreras insalvables. Pero hubo un momento en El Último en el que íbamos lanzados y teníamos dos compañías. En América éramos CBS, y aquí, EMI. Iba todo tan bien que nuestras compañías decidieron lanzamos de verdad. En España, por nosotros solos ya habíamos llegado a un nivel estupendo con nuestro trabajo previo en Los Rápidos y Los Burros, pero las compañías vieron que éramos un grupo muy exportable y vendible a América y Europa. Incluso canté en italiano y en francés, de lo que me arrepentí rápidamente. En italiano me dieron un 7; en francés un 6, y en inglés, un 0. Yo soy castellano hablante y dije que nunca más cantaría en otro idioma.

Sin embargo, le da las gracias al Duque Blanco en Esta noche he soñado con David Bowie…
Sí, pero son cuatro frases en un acento horrible. Es una cosa puntual y anecdótica. Pero estas compañías pretendieron lanzamientos con inversiones muy grandes. Lo hablamos y Quimi fue quien dijo que no íbamos a explotarnos a nosotros mismos. Y eso está ahí, para nuestra pequeña historia de homínidos musicales de una parte del planeta. Decidimos que, como ya nos iba bien aquí, no queríamos más. Queríamos vivir, no sólo trabajar. Aunque pido disculpas porque, para mí, hacer lo que hago no es m1 trabajo, ya que disfruto. Cuando eres un músico de éxito, estás generando un negocio muy grande. Y no sólo vives tú, probablemente tú eres el que menos vive de eso, ya que hay un séquito en la compañía y los managers que tienen un gran negocio contigo. Me gustaría tener el don de la ubicuidad. Pero hay que vivir. Si estás siempre en aeropuertos y emisoras de radio, te puedes convertir en un cenutrio, en un ser bastante vacuo. Puedo estar 15 días hablando de mi música, pero luego necesito salir en bicicleta o mojarme cuando caiga un chaparrón a la salida del cine. No quiero otra vida.

MG_LV_20150215_5_Ilu Arte sin límites
Paralelamente a su carrera musical, Manolo García ha alimentado otra pasión: la pintura. “Es el fruto de una necesidad –afirma–, la de crear con absoluta libertad y desde la introspección, desde la disciplina solitaria y diurna, en contraposición al mundo de la música, con tanta interacción con músicos y público”. Su faceta pictórica no ha pasado de ser amateur; no ha aceptado remuneración económica por sus obras. A su primera exposición, en 1992, han seguido otras muestras en diversas ciudades, y ha ilustrado la portada de algunos de sus discos.

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Fuente: El Magazine – Edición Impresa La Vanguardia – Texto de Esteve Riga Allué y foto de Jordi Play

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