Las confesiones del Señor Garcia (o cómo ser un hombre corriente). RollingStone/Mayo 2001

Manolo García rehuye de la fama y reconoce que su único empeño está en hacer canciones y mantener con la música una larga historia de amor.

HAY TRES COSAS que deduje después de pasar una tarde entera con Manolo García. Una es que tiene un pudor extraordinario para hablar de sí mismo. Otra, que se siente desubicado en el mundo moderno y, la tercera, que es un hombre honesto. Y estas tres conclusiones se resumen a su vez en una: Manolo García tiene una inquietud tan grande que le harían falta 30o años para poder reencarnarse en pastor, explorador, aventurero, cazador o brujo. Pero, mientras tanto, y a pesar de guardarse el caprichoso secreto de no querer desvelar su edad, sólo tiene una vida. Y en la suya, que ya va para larga, le ha tocado hacer canciones y convertirse en uno de los músicos españoles más carismáticos de los últimos zo años. Hoy, el ex cantante de El Ultimo de la Fila vuelve con su segundo disco en solitario, Nunca el tiempo es perdido. El suyo, desde luego, no lo es.

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A las tres y diez, con diez minutos de retraso, llego a la libreríacafé donde he quedado con Manolo García en Barcelona. Él saluda con la mano mientras habla desde el teléfono público. Debe de ser de los pocos que no ha sucumbido al telefonino. Mientras acaba su conversación me da tiempo a fijarme en él de arriba abajo. Mide 1,75 y pesa unos 73 kilos. Lleva unos tejanos desgastados, una cazadora de cuero sobre otra vaquera, una chaqueta roja y una camiseta negra y desgastada nada de grunge, sin marca; definitivamente, demasiada ropa para un día tan caluroso. Al hombro, una mochila de cuero, versión mercadillo y unas botas tejanas de las que más tarde me cuenta que le costaron 16.000 pesetas. Eso sí, en cinco años les ha cambiado las tapas unas cuatro veces.

Manolo cuelga el teléfono y saluda sonriente. Lo cierto es que la cita, más que con una estrella de rock, parece un encuentro con un vecino con el que siempre se intercambian saludos en el ascensor. Manolo resulta tan familiar que, de inmediato, dan ganas de preguntarle cómo está su gato. Sin embargo, en cuanto aparece ese extraño elemento que acompaña a los periodistas y que hace click cuando empieza a grabar una conversación, parece que los músculos de su cuerpo se ponen en tensión y mide con precisión cada una de sus palabras, en una especie de regate imposible donde para evitar hablar de sí, lo hace en tercera persona.

Veamos. ¿Estará nervioso con tanta expectación sobre el lanzamiento se su nuevo disco? “No, nervioso no estoy. Esto es como cuando eras pequeño, que venía el médico y te decía que había que ponerte diez inyecciones… De repente venía el practicante, y decías, ‘yo, el primero; si me va a doler, que sea cuanto antes”.

Yo tomo nota, y, como estamos en una librería, me dejo llevar por las ganas de rastrear con él entre su memoria literaria.

¿Qué leías de pequeño?
Cuando era pequeño, con la paguilla que me daba mi madre iba a buscar libros de segunda mano. Leía a Salgari, a Julio Verne… y son libros que aún tengo, con el precio marcado de entonces.

¿Cuánto te daban de paga?
Es que mi familia era humilde, no había una paga semanal, sino lo que yo podía arañar buenamente. Mi padre era peón, un obrero. Y yo también era de fácil conformar… pero eso me ha enseñado cosas en la vida: a conformarme con lo que tengo.

Pues das la impresión de ser cualquier cosa menos un tipo conformista.
En lo material, totalmente. En lo otro, soy completamente disparatado: para mí el horizonte no tiene fin. En lo material, si le preguntas a cualquiera, la mayoría te dirá que les gustaría tener un coche mejor, una cadena mejor… pero, cuando lo tiene, ya quiere otra cosa.

¿Tú tienes coche?
Sí.

¿Qué coche?
No digo la marca… Eso son cosas materiales.

Algún materialismo habrá en tu vida, aunque seas tan espiritual.
Libros. Muchos. A veces compro más de los que puedo leer, tengo una lista del copón. Pero a mí me gusta, es un placer inocente y muy enriquecedor, te aporta cosas, gente que sabe más que tú te enseña cosas interesantes, y viajas gratis. Yo soy un lector enfermizo. De la vida civilizada una de las cosas que yo salvaría son los libros.

¿Has comprado alguna vez libros por Internet?
No, no me gusta nada. Yo prefiero ver a la dependienta, que me cuente algo de su vida, de sus amores. En Internet no se puede hacer eso, no hay caras, y a mí me gusta que me miren a los ojos.

Internet tiene alguna ventaja, aunque sea un paraíso para los mentirosos.
Yo odio a los mentirosos.

Y de tu criba de la sociedad civilizada, ¿salvarías también los discos?
Mira, preferiría cambiarlo por unas danzas con tambores, como hacía hace 2.000 años los hombres, tocando a los dioses, tomando infusio0 nes de no sé qué hierbas. Esa ° posibilidad para mí sería mucho más grata que la que me proporcionan los discos, pero bueno, en su defecto… un CD es de puta madre.

¿Y el cine?
Me encanta. Al mismo nivel que los libros. Ayer fui a ver Torrente 2.

¿Y te gustó?
Me pareció muy bien… me reí mucho, sí. Soy fan total, ‘qué pasa chavalote’…

Vaya, te imaginaba viendo otro cine.
No, a mí me gusta todo, menos trabajar

Uf pero si tú eres un currante
Sí, pero de lo que me gusta. Para mí la música es algo vital, algo que te mueve, que te hace sentir… es la magia de lo que no existe, que es mentira, pero nos mueve.

Vaya, ¿no decías que no te gustan las mentiras?
Sí, pero éstas son mentiras-verdades, quizá la gran mentira sea todo lo demás, la vida a la que nos vemos abocados, en la que estamos haciendo cosas alejadas de lo esencial. En lo físico, es cierto que si te alimentas mejor serás más fuerte; pero lo otro lo llenamos de un montón de cosas que no son necesarias… eso es una mentira que llenamos de otras verdades: de amor, de amigos, de amaneceres. Yo prefiero un beso a un coche

Claro, los besos saben bien cuando uno ya ha comido.
Si, pero el listón de necesidades es muy móvil: para uno es comer, para otro tener una isla y para otro poder pagar una hipoteca.

¿Tú no tienes caprichos?
Yo no tengo caprichos excéntricos

¿Y qué haces con tu dinero?
Lo que todos… Devolver lo que le debías al colega…

Vamos, que no te gusta hablar de este. ¿te parece frívolo?
Me parece bribón. Si tuviera caprichos exagerados te enterarías, pero a: es el caso. Es como cuando oyes que no sé qué condesa ha tenido un niñc que hace no sé qué caquita… creo que son cosas que está de más contarlas.

Primer aviso. Algo me dice que, de momento, conviene cambiar de tema. Las dos tazas de café vacías nos contemplan desde la mesa. Un breve silencio, y Manolo sugiere pedir una botellita de cava. Yo, que no sé si son horas, intuyo que ese cuerpo serrano igual se relaja un poco con burbujitas ascendentes. Y funciona. Para empezar, saca de su mochila un CD portátil y sus super cascos, “son los mejores, los llevo a todas partes”. Y me los da para que escuche un par de canciones de su último disco. Vaya regalito. Me gustan, me gustan.

Vayamos por orden: cuéntame cómo es tu proceso de hacer canciones.
El mío es muy simple. Acabé la gira de mi anterior disco, hace como un año y medio. Y a mí lo que siempre me ha gustado y lo hacía también. con El Ultimo, es que el día que acabo, me dedico a otros menesteres. Y entre el otro disco y éste me he pasado un año retirado. Para que lo entiendas, yo digo: ‘ya no soy músico, ahora me borro’. Hoy acabo la gira, esta noche nos despedimos y por la mañana ya no soy músico, me voy a comprar pinceles.

Claro, y te conviertes en pintor.
No, más bien en un pintamonas, en un aficionado, me gustan los colores, las texturas… con eso me olvido del concierto de dos días atrás. Pero, pasado un año, de repente, vuelvo a trabajar. Desempolvo todo, el ampli, la guitarra… enchufo los chirimbolos y empiezo a trabajar de nuevo. Así me he pasado nueve meses.

Como un parto. Pero tú siempre has confesado tu debilidad por el directo y, además, te preparas ya para tu gira…
Sí, mi idea del asunto es simple: yo soy músico de pop y rock, y hago directo. Si mi música fuera de ambiente, haría mi disco y me quedaría en casa comiendo macarrones. Pero yo entiendo que el rock y el pop, la mejor manera de disfrutarlo es en vivo. Y cuando el disco ya está listo, lo que me apetece es salir de gira.

Pero antes de salir de gira, mucho antes, cuando haces las canciones, ¿quién te escucha?
Yo hago mi primera criba, soy como Juan Palomo… y si algo no me gusta no continúo. Si los temas que van saliendo a mí me gustan, sigo. Esa es la clave, si a mí me gustan las canciones, luego podré defenderlas. Si las hago por cumplir el expediente o por vender más, se me va a ver el plumero. Y el plumero que tenga, que todos lo tenemos, intento no mostrarlo, porque ahí te quedas con el culo al aire. Yo lo único que sé hacer, y me sale de una manera natural, es hacer canciones. Luego me gustaría que a los demás les gustase. Es como cuando te gusta una chica. Uno sabe cuándo le gusta mucho alguien, pero hay un momento en que no tienes claro si le vas a gustar a la otra persona. Pues la música es lo mismo, es como una historia de amor, aunque dure un instante o toda la vida.

¿Cuál de tus últimas canciones es tu favorita, la que más te gusta?
Hay varias. Bueno, yo nunca me atreveré a decir: ‘éste es mi mejor disco’, para nada, como mucho: ‘esto lo podía haber hecho mejor’. Pero de este disco me gusta mucho Prendí la flor, es una canción que salió de tirón.

¿Cómo la escribiste?
Es que no la compuse yo, la compuso San Pedro, y él me la echó. Hay un tubo por el que, si te portas bien, él te echa cosas: te puede echar un pollo al ast, una canción o un garrotazo. Y ese día me levanté y me la echó entera de golpe. Y dije, ‘hostia, San Pedro, ayer debí de portarme muy bien cuando ayudé a aquella ancianita a cruzar el paso de cebra, porque me has dado una canción de cojones’.

Vaya, ¿eso es superstición o deformación religiosa?
No es superstición… pero yo creo en eso de que quien siembra vientos, recoge tempestades. Pero no quiero que me malinterpretes, no voy de guay, pero mejor siempre es mejor un buen rollo que uno malo.

También hay que tener temple, porque por muy buena intención que uno ponga en la vida no basta.
Es dificil, claro. Yo creo que la gente que hacemos canciones, como el que pinta o el que escribe… lo que tratamos es no tener que ir al psicólogo. Soltamos nuestras cosas y en esa actitud de hacer cosas para compartir con otros, recibimos un premio.

Pero parece que tú te vas salvando de nuestro pecado capital: la envidia. Ya sabes, en España, si triunfas, te maltratan.
Yo tengo la suerte de que la gente me trata bien, pero yo siempre intento también tratar bien a los demás.

Vamos, que tienes lo que te mereces.
Un poco sí. Al fin y al cabo, yo sólo me subo a un escenario y canto canciones. Esta es una carrera ardua, es complicada para cualquiera… y bien es cierto que luego surge la simpatía, o la antipatía, como entre los perros o los gatos.

¿Recibiste una educación religiosa?
Totalmente: católica, apostólica y romana.

Luego, ibas a misa.
Mucho, yo fui monaguillo, fui un monaguillo cojonudo, era el mejor de mi parroquia, lo decía el cura.

¿Y qué méritos hacías?
Pues era el que más iba, el que menos se escaqueaba: no había sepelio, boda o bautizo al que no fuera. Pero era todo por interés.

¿Ah, sí?
Sí, porque entonces te daban propinillas y yo estaba ahorrando para comprarme una batería; entonces cuanto más iba, más propinilla. Yo quería una batería que valía 5oo pelas, que era de quinta mano, pero la quería. Tenía 15 años y ahorraba duro a duro. Yo tenía claros mis objetivos, y uno era tocar la batería y ser un melenudo como esos que veía en la tele.

Y la compraste, claro.
Sí, empecé a dar porrazos.

Pues tendrías contentos a los vecinos.
Claro, ellos estaban hasta las narices: ‘oiga que mi marido trabaja de noche, esto es un escándalo’, lo típico de chavaletes.

Y después te dejaste el pelo largo.
Sí, muy largo.

¿Cuándo te lo cortaste?
Cuando volví de la mili pensé: ‘Joder, ya soy un hombre’, y ya no había que andarse con mariconadas, como Torrente, ja, ja…

Vale. Manolo tiene sentido del humor. De repente, empieza a contar chistes: sobre una máquina de hacer angelitos, sobre un cocodrilo en la bañera… En un momento sale en la conversación el nombre de Quimi Portet, su alter ego de El Último de la Fila, y confiesa que, “probablemente es la persona con la que más me he reído nunca”. Así se explica que, entre otras cosas, el grupo se mantuviera junto casi dos décadas. García y Portet formaban la pareja perfecta. Pero el tiempo pasa y las inquietudes de ambos han ido adquiriendo vías de expresión distintas. Eso sí, de su experiencia juntos, la conclusión es que fue, probablemente, la mejor experiencia. Pero volvamos al origen.

Necesito aclarar algo sobre tus orígenes, ¿naciste en Albacete o en Barcelona?
Yo nací y he vivido toda la vida en Barcelona, no en Albacete, pero reconozco que mi tendencia es neorrural. En general siempre he detestado las grandes urbes y, pasados los años, me parecen infernales. Mi ideal de vida sería la rural, pero por mi forma de vida no es posible, así que..

Pero, de pequeño, tendrías pueblo.
Sí, el de los abuelos, los tíos… Sí, iba a Albacete. Pero yo suscribo eso de que la patria de uno es la infancia. Creo que, en el trajín de adultos, lo que todos añoramos al final es esa cosa animal. En la cabeza yo siempre tengo una imagen que refleja esa idea simple: es una gran pradera donde hay una manada de leones, que cazan, comen, se reproducen, y que al atardecer, como en las pelis, una vez satisfechas sus necesidades básicas, se tumban a ver caer el sol. Yen esta vida tan ajetreada, parece que tener más es lo mejor, pues no; yo busco la calma, haber comido, y tumbarme a ver caer el sol. Añoro esa calma.

De esa calma, y sospecho que de tu infancia, salen muchas de tus canciones. ¿Vives en el campo?
No, yo estoy desubicado, soy un descentrado, no me sitúo… Sí hay cosas que me aportan en esta vida moderna, los libros, el cine, y gracias a ellas sobrevivo, pero para mí la ciudad es un medio hostil. Mi naturaleza ideal sería convertirme en pastor, en el fondo mi máxima aspiración en la vida sería jubilarme como pastor. Y no es una pose romántica, si veo un documental en la tele y veo a los pastores de la Patagonia, digo: ‘joder qué frío debe hacer, pero, joder, esa hierba verde acerada, esas nubes que pasan veloces’… esa necesidad de naturaleza, la siento.

Puedes viajar.
Ya lo hago, por trabajo.

¿Y viajar por placer?
No, eso requiere tiempo, dinero, llevar una vida un poco de señorito y yo no tengo vocación de señorito.

También se viaja con un macutillo y cuatro perras.
Bueno, depende de a qué edades. ¿Sabes qué pasa?, que mi parte nómada ya la tengo cubierta, estoy todo el día de viaje, para grabar, para hacer giras, ir de conciertos…

Me da la impresión de que a ti lo que te interesa es el romanticismo literario.
No, a mí me gusta todo, pero sobre todo lo que me interesa es pasar por esta vida habiendo participado en la mayor cantidad de disparates posibles, intentando, eso sí, hacer el menor daño posible y que me hagan el menor daño posible. Pero, viajar, claro que me gusta.

Da la impresión de que atrae más la idea que la posibilidad de llevarla a cabo.
Tal vez. Pero, por mi condición, paso mucho tiempo trabajando en la música, ya no se improvisa tanto. Hoy San Pedro te tira una canción, pero después de rogarle mucho. Todo esto requiere tiempo, y llega un momento en que pasas tanto tiempo con la maleta y el cepillo de dientes a cuestas que, cuando tienes unos meses, prefieres irte a casa. Lo que sí es cierto es que todo lo que he viajado ha sido para trabajar.

A los pilotos les pasa que viajan mucho y, al final, se quejan de que los hoteles son iguales en todo el mundo.
Pues algo parecido me pasa a mí. Bueno, igual un piloto encuentra turnos agradables con compañeros de viaje, pues yo también encuentro agradable a mis compañeros de viaje. Desde los músicos a la gente que se emociona y canta contigo una tarde de su vida, en un concierto…

…un concierto que, muchas veces desata mucha mitomanía, ¿te incordia eso?
Bueno, supongo que es igual que cuando yo salgo de una película que me ha encantado y me gustaría encontrarme al director y chocarle la mano. A mí esas cosas no me molestan y, si no estoy muy cansado o no tengo un concierto al día siguiente o no estoy afónico, normalmente salgo y… lo que quieran. Me gusta cuando la gente me toma confianza y te cuenta sus problemas, o yo se los cuento a ellos.

Va… no me creo que tú le cuentes tus problemas a muchos.
Pues sí, ¿que soy reservado?, pues sí, pero lo que no puedo es, por mi condición de músico que va por ahí…

Dilo, dilo, por tu condición de famoso.
Bueno, para cierta gente tal vez lo soy. Aunque confieso que esa parte me pesa. A mí sólo me interesa la parte musical… yo no soy un acontecimiento, soy un tío como mil millones más de tíos.

Parece que tu empeño es, principalmente, parecer un tío normal.
Sí, pero más que parecerlo, serlo.

Pero uno de los gajes de tu oficio es que, si haces algo para el público, te pongas como te pongas, estás sometido a la fama…
Pero yo no lo hago para ellos, lo hago para mí.

Sí, eso ahora, pero con 15 años y tu primera batería, supongo que tocarías para que otros te escucharan.
Sí, claro… éramos unos chavales, y hacíamos eso de ‘a ver si con esta canción consigo que Maripili se fije en mí y no en Jacinto’…

No me digas que empezaste a cantar para que las chicas se fijasen en ti, como decía Sabina.
No, yo no, me dedico a esto porque me apetece y me gusta, hay otros sistemas para que alguien se fije en ti…

Pero no negarás que cantar da puntos.
No, yo creo que no, y aún así, si una relación sólo se basara en eso, sería muy falsa. Y yo creo que todo lo que es fácil luego se paga doblemente; lo que aparenta ser gratuito a veces se paga con creces.

¿Has ligado más por ser cantante?
Nooo… yo no he ligado nada, yo soy amorfo, yo soy hermafrodita, yo no existo como ente social… mi parte social no existe, la he anulado. Es como el subcomandante Marcos que dice que con i8 años fue a Lacandona y cuando vio a los indios en la selva, empezó a ser él, antes no era nadie. Pues yo igual, yo soy sólo músico, la otra parte sólo existe en mí, no en vosotros.

Pero, ¿te gusta disimularte?
Bueno, para eso están las gafas de sol, es un gesto sencillo que te ayuda a sentirte un poco más tranquilo. Pero a mí me gustaría olvidarme de eso, salir a cantar y ya, y luego ser otra persona, porque no quiero que me den más importancia de la que tengo. Lo entiendo y lo acepto como puedo, igual un día tengo un rapto de mal humor, pero en general me precio de tener la condición de tipo accesible.

Habrás tenido malos días.
Como todos. Pero recuerdo otros malos días con gente, con algunos seguidores porque “fan” no me gusta por lo de “fanático”, pero me acuerdo de dos chicas en un sitio en el que yo les debí hacer un desplante y me dijeron que les había decepcionado. Nadie es perfecto. En el fondo me gustaría disculparme.

Como quien dice, Manolo acaba de regresar de Los Angeles. Allí acabó re remezclar su disco, pero las razones para viajar, más que estéticas, eran éticas. Tras unos meses de duro trabajo en España, su técnico de sonido echaba de menos a su novia de Los Ángeles. Y Manolo, viendo que el ánimo decaía con los días, le propuso acabar allí el trabajo. Será por kilómetros… No obstante, la factura del disco es impecable. Mientras damos cuenta de un poco más de cava (“yo no suelo beber, ¿eh?, pero esto me gusta”, se disculpa Manolo), vuelvo a ponerme los super cascos y escucho otro par de temas. Empiezo a pensar que esto es como un premio: las canciones me las pone de dos en dos y las escoge él. Luego no pregunta. Manolo se limita a preguntar por dónde íbamos. Yo procuro espiarle entretanto y sigo pensando que una de sus virtudes es lo familiar que resulta. Sigo el disco: suenan aires aflamencados, notas árabes, guitarras arrebatadas y la voz de Manolo, esa voz inconfundible. Nunca el tiempo es perdido, el título del álbum, parece (es, definitivamente) una declaración de intenciones.

¿Se te pasa deprisa la vida?
Demasiado… Hay tantas cosas por hacer. Igual esto se cura con la edad. A mí me gustaría vivir 30o años. Pero siempre he hecho lo que he querido, lo mío es vocación. Y más en mi caso, dedicarse a la música cuando yo empecé inmediatamente suponía que te llamaran peludo, gandul, drogata… Antes, si te dedicabas a la música, equivalía a no ser nunca una persona de bien. Yo fui músico contra la voluntad de mi padre, que me quería cortar la melena. Y yo no quería ser un borrego, no quería un oficio, quería otra cosa.

Pero fuiste a la Escuela de Artes y oficios y trabajaste en otras cosas, desde botones a ilustrador de casetes…
Sí, pero la música era algo aparte. Hoy, si sales en la tele ya eres famoso, y eso equivale a pasta, ese es un billete hacia la infelicidad. La música para mí en aquel momento era ‘no quiero ser uno más’, y como eso no me iba a dar de comer, también estudié, trabajé en otras cosas, pero los fines de semana eran sagrados. Para mí era la hostia salir del taller de carpintería donde yo trabajaba, cambiarme de ropa y salir a tocar con la furgoneta. Luego, el lunes, volvía a ser Manolito, el que barría y traía bocatas.

Eso es muy romántico, pero ¿cuándo llegó la cara menos amable del negocio?
Esa no ha llegado. Si lo dijera sería un villano. Yo estoy contento con lo que tengo, esto es lo que yo me he labrado. Si le pongo un pero es, por mí carácter, no ser Pepe Martínez, que nadie me conociera.

¿Tú no tienes mitos?
Ninguno. Me gusta la obra, no la gente que la hace. Pero no pongo pósters, ahora no tengo edad, pero con 18 años tampoco lo hacía.

Hay otra manera de admirar gente. Por ejemplo, ¿a quién invitarías a cenar a tu casa?
A mi padre, que es un tío que siempre tiene buen humor.

¿Cómo se llama?
Manolo, como yo.

¿Puedo llamarle?
Nooo, a mi padre no le meto en estos fregados, no, no.

Pues yo creo que estaría encantado…
No… Mira, invitaría a Inés Sastre, me encantaría… Pero claro, seguro que tiene novio o está casada.

Pensaba que sólo la ibas a invitar a cenar, no a pedirle matrimonio.
Es que sería lo que haría inmediatamente después (Risas). Si la tengo a dos metros, pues le soltaría todo el rollo ése de ‘me harías muy feliz, yo te haría feliz, seremos muy felices, viviremos en una isla y comeremos cocos’, ¿no?…

Tratándose de Inés, que es tan guapa…
No, en serio, sí tengo curiosidad por la gente, pero más que invitarles a cenar me gustaría estar con ellos un minuto, un día o tal vez la vida entera. Te digo unos cuantos, pero podrían ser miles: Barceló, que no es tan guapo; el subcomandante Marcos; el. teniente Blueberry, aunque sea un héroe de ficción; el indio Jerónimo; MataHari… o a Arturo PérezReverte. Me encanta la gente que tiene cosas que contar.

En alguno de esos casos, no te resultaría muy difícil, al fin y al cabo, tú también eres famoso…
Famoso, no; famosillo. Pero, insisto: esa condición no me complace. A mi me llena la sonrisa de la señorita de la tercera fila del concierto de Guadalajara…

No me lo creo, yo he estado mil veces en la tercera fila de los conciertos y los cantantes no nos ven.
Yo sí, yo miro a los ojos de la gente, y cuando veo que el de la camisa verde, a la tercera canción, ya está como loco, pienso, ‘de puta madre, qué gran oportunidad tengo de que alguien sea feliz y de que me haga feliz’, eso sí me complace.

Y componiendo, ¿piensas en gente?
No, componer es una cuestión bastante, con perdón, privada es como ir al lavabo.

Que yo sepa, ir al lavabo no es incompatible con pensar en alguien, ¿o sí?
No, es mejor leer tebeos… Bueno, hacer canciones es otra cosa. Pero no es necesario que te crees un interlocutor. A veces el detonante para ponerte a hacer algo es una película, un libro, un cuadro… Yo salí de ver Gladiador, que me gustó de la hostia, y con el rebufo me hice dos canciones.

A ver si, con el mismo rebufo, te atreves a contestar sin pensar: ¿Qué es lo que piensas cuando te miras al espejo?
¡Qué pena ser tan feo!

¿Dónde te escondes?
Yo no me escondo.

Pues, ¿dónde no te encuentra nadie?
En las canciones.

¿Te tienta la vulgaridad?
No me tienta, la rechazo; pero yo también soy muy vulgar.

¿Qué es el glamour?
Madonna.

¿Por qué pintas lo que pintas?
Porque me gustan los animales, la. naturaleza. A veces pienso que he nacido en el momento inadecuado.

¿Dónde te habría gustado nacer?
En cualquier lugar salvaje de América antes de que llegaran los blancos.

Y qué serías, ¿ el jefe de la tribu?
Jefe, nunca; si acaso, hechicero. Viven mejor, se drogan más…

¿Recuerdas alguna experiencia psicotrópica?
¿Yo? No sé lo que es eso…

¿No te gustaría tener menos pudor?
No, cada uno está en su papel.

¿Y enajenarte un poco?
Eso sí, fíjate. A veces me gustaría volverme loco, pero no momentáneamente, sino para siempre.

¿Dónde te vas de vacaciones?
Yo no voy de vacaciones nunca. La Revolución Industrial ha sido nefasta en ese sentido. Ahora somos esclavos del tiempo. El trabajo no dignifica, aborrega. Y a mí también.

¿Por eso no te vas de vacaciones?
No, yo hago un trabajo que me gusta y no me hacen falta vacaciones. Para mí las vacaciones es cambiar de actividad. Ir a Torremolinos no me interesa nada. El día que me vaya de vacaciones, me iré para toda la vida.

Han pasado más de tres horas y Manolo ha sido más que generoso, a pesar de mi insistencia en querer averiguar más de lo que se me está permitido. La tarde empieza a caer. Manolo lleva todo el día en danza, ensayando con sus músicos en el Teatre Nacional y ya se le nota el cansancio. Yo sólo me quedo con las ganas de preguntarle qué libros tenía apuntados en su listadecosasqueleer. Pero tampoco hay tiempo para comprar. Nos despedimos aceleradamente porque llega tarde a otra cita. Pero antes de salir, Manolo rebusca en su bolsillo y me regala una chapa de CocaCola.

El disco NUNCA EL TIEMPO ES PERDIDO, está editado por Ariola.

ROLLING STONE, MAYO 2001 POR PALOMA LEYRA – FOTOGRAFÍA DE JAVIER SALAS

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